Maniobra comercial, resultado irregular

Luz de otros días, de Arthur C. Clarke y Stephen Baxter

La escritura de libros en colaboración es un fenómeno bastante habitual en la cf. En ocasiones da lugar a textos destacables, como Mercaderes del espacio, y en otras responde más al deseo comercial de un autor de éxito de cubrir su cuota anual de publicaciones con la ayuda de un «compañero» que es, más bien, un mercenario. Asimov, por ejemplo, canibalizó el extraordinario talento de Robert Silverberg en novelas que están firmadas por ambos, pero en las que el Buen Doctor se limitaba a aportar un esbozo de argumento y Silverberg, el trabajo duro. Luz de otros días parece pertenecer a esta última variante de colaboración, aunque posee algún punto a su favor que la aleja un pelín de la mediocridad a la que, en un principio, parecía predispuesta.

El argumento es sencillo y lineal: en el futuro, la ciencia encuentra una nueva aplicación de los agujeros de gusano. Partiendo del control de esta nueva tecnología, un millonario megalómano con pasado oscuro impulsa la invención de las «gusanocámaras» —el chiste sólo tiene sentido en inglés: «wormcam»— con el deseo de revolucionar el mundo de los medios de comunicación de masas ofreciendo la noticias exactamente en el momento en que se producen. Cuando otras empresas competidoras reproducen la tecnología de la wormcam, se desata el caos.

El resultado de esta narración basada en un material de tan difícil manejo es muy, muy irregular. Por una parte, las conjeturas que desarrollan alrededor del impacto de las wormcams son curiosas: el resultado de la aplicación masiva del invento es que cualquiera, en cualquier lugar de cualquier tiempo, puede ver cualquier cosa cuando se le antoje: la idea de intimidad se tambalea, las mismas nociones de pasado y recuerdo se ponen en entredicho, puesto que el ansia de conocimiento de los seres humanos conduce a todo el mundo a una revisión exhaustiva de la memoria colectiva, con las previsibles consecuencias nocivas para los cimientos de la civilización, desde las religiones hasta las revoluciones políticas que hicieron avanzar el curso de la historia. Sin embargo, el relato se tambalea por culpa de un estilo que se pretende sencillo, pero que es simplemente torpe y pobre (al que no ayuda, por cierto, una traducción al castellano horrible y una edición cargada de erratas). Claro que, bien pensado, en esta maniobra comercialoide, ni Baxter ni Clarke pretendían crear una novela memorable, sino un best-seller de consumo rápido, lleno de «ideas» (aceptemos la terminología del ala reaccionaria de la cf), pero sin «forma» alguna. Es un libro legítimo, pero está fuera de lugar dentro de la obra de dos autores de tanto renombre.

Alberto Cairo