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Las tribulaciones de un Orfeo posmoderno Malignos, de Richard Calder Demasiados años. Demasiados ha tardado Richard Calder en aparecer publicado en castellano. Autor de novelas morbosas, sugerentes y oscuras, dueño de una prosa francamente atípica que mezcla el exotismo y el humor, la sensualidad y la inteligencia, el puro divertimento del lenguaje con el ansia de provocación, su obra no nos era conocida más que como un rumor: «Hay un tipo, un inglés que vive en Tailandia, que escribe unos libros extraños; al leerlos, cualquiera diría que esté mal de la cabeza». La publicación de su primera novela, Chicas muertas, hizo el suficiente ruido como para que incluso en nuestro muy limitado mercado, donde sólo los premios son pasaporte seguro a la estantería, se oyese hablar de él. Han sido necesarios demasiados años, digo, pero por fin Calder hace aparición, y no con su primera novela, sino con una más reciente Malignos; presumiblemente, por resultar menos chocante para el lector desprevenido. Resumirla es relativamente sencillo: en un futuro más o menos lejano, la Humanidad ha librado una larga guerra con los malignos, una raza de seres humanoides de aspecto demoníaco y origen incierto que habita en las profundidades de la Tierra. Los malignos, seres poseedores de una tecnología avanzada pero en decadencia, y recluidos a la fuerza bajo la superficie, han intentado durante siglos escapar para así reclamar una parte del mundo; pero han sido rechazados y derrotados y ahora se contentan con rumiar su odio y su desprecio. El capitán Richard Pike, habitante de la Isla Oscura (es decir, Inglaterra), fue héroe de guerra y espadachín de renombre y su hoja Espíritu Santo aún despierta el terror de sus enemigos. Pero Pike ha tenido que trasladar su residencia a las lejanas Pilipinas, ya que ni siquiera su fama puede librarlo de la maledicencia y el desprecio de sus compatriotas, porque es culpable de un atentado contra las buenas costumbres: está enamorado de Gala, una malignos. La suerte de ella no es mejor: espía de la Humanidad durante la guerra, su presencia entre los hombres es apenas tolerada, pero no sin recelos, y su entrada al submundo de donde procede está prohibida bajo pena de muerte, o algo peor. Así que cuando Pike recibe el encargo de adentrarse en los territorios infernales no ve la misión con agrado. Pero tampoco tiene más alternativas y emprende junto con su amada el peligroso periplo hacia las tierras inferiores. El viaje se ve truncado casi en seguida, poniendo en peligro la vida y cordura de Gala, y empujando a Pike a dirigirse por sí solo a la secretísima Pandemonium, la oculta capital de los malignos, de la que se rumorea que está en el mismo centro de la Tierra y que jamás ha sido pisada por un humano libre: un recorrido de millares de kilómetros en territorio enemigo, entre criaturas poderosas e impredecibles, enemigas juradas de la Humanidad, con la única compañía de su espada y de un aventurero improbable, con el objetivo de encontrar un remedio que ni siquiera es seguro que exista. En el viaje descubre muchas cosas, no sólo sobre los malignos, sino, más importante, sobre sí mismo. Y algunas no serán agradables. Sí, de acuerdo: es Orfeo rescatando a Eurídice una vez más. Pero lo es en la personalísima forma de narrar de Calder y el lector difícilmente podrá sustraerse a la fascinación del azulado inframundo y sus criaturas aladas, a sus pasiones extremas y misterios inconfesables, a la textura y color y sabor de la prosa calderiana, a la comezón de la curiosidad, a la desazón que algunas veces nos causa su descarnada forma de sacar a la luz las más negras pasiones y los más turbios deseos. Lo confieso, Calder me abre el apetito. Juanma Barranquero
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