EL DESENTERRADOR (III):
MARJORIE BOWEN

Víctor Jiménez

A los catorce años, Graham Greene decidió que quería ser escritor. Lo hizo tras leer una apabullante fantasía histórica titulada La víbora de Milán. Según sus palabras: «Era como si se me hubiera proporcionado un tema de una vez y para siempre. [...] La naturaleza humana no es una mezcla de negro y blanco, sino de negro y gris». Lo curioso es que la autora del libro en cuestión, Marjorie Bowen, no era en la época en que lo escribió más que otra quinceañera. De ella quiero hablarles aquí.

La vida de Gabrielle Margaret Vere Campbell (1885-1952), como en realidad se llamaba, es tan patética, fascinante, heroica y absurda como la de muchas de las protagonistas de sus novelas y cuentos. Sus padres habían renegado de su estricta educación luterana y frecuentaban los ambientes bohemios de la escena londinense. La madre, Josephine, era una seductora neurótica con ínfulas de genio de la pluma, y seguramente acabó por echar de casa a su marido alcohólico, que murió en la calle poco después de que Margaret publicara su primera obra.

La familia (que también incluía a una hermana pequeña —la preferida de mamá— y una chacha medio loca) sobrevivía como podía en medio de una miseria atroz, y la infancia de Margaret, menospreciada por una madre a la que inexplicablemente adoraba, se convirtió en un rosario de penalidades y castigos. Dejada de la mano de Dios y autodidacta casi por completo, consiguió de algún modo convertirse en una experta en ciertas épocas históricas e incluso aprender latín. Como válvula de escape a su sofocante existencia comenzó a escribir La víbora de Milán a los dieciséis años. Aunque el libro quedó terminado un año o dos después, fue rechazado por once editores (escandalizados de que una niña pudiese escribir de forma tan siniestra) hasta ver la luz el 29 de agosto de 1906. El éxito entre el publico fue avasallador; sólo ese año se reimprimió en seis ocasiones.

A partir de entonces Margaret escribió sin descanso, convirtiéndose en el sustento económico exclusivo de la familia. En 1912, y a pesar de las maquinaciones y esfuerzos de la derrochadora Josephine, que temía perder la gallina de los huevos de oro, consiguió casarse con un atractivo pretendiente siciliano, Zefferino Emilio Constanza, empleado (supuestamente con perspectivas) de una empresa minera. Fue un matrimonio sin amor concebido como la única salida posible a una vida familiar desquiciada.

El remedio fue peor que la enfermedad. Zefferino, que en un principio era el responsable de mantenerlos a ambos (el dinero de ella seguía reservado para la madre), contrajo la tuberculosis y fue despedido del trabajo. Volvieron las penurias, agravadas por la disminución en la venta de libros tras el estallido de la guerra. Sicilia se convirtió para Margaret en una absoluta pesadilla, que alcanzó cotas surrealistas el día en que dio a luz a su primera hija: la supersticiosa comadrona, escandalizada ante una terrible imprudencia de la parturienta (se había tocado la cara con las manos, nada menos, lo que según la tradición podía implicar que la niña naciera con el rostro desfigurado), ordenó que la ataran de pies y manos a la cama hasta que el parto terminó. Estuvo a punto de morir desangrada.

Tras los sucesos anteriores, Zefferino comprendió que Italia no era el lugar adecuado para su familia y, decidido a convertirse en granjero, volvió a Inglaterra con ellos. Todo salió mal. En el clima húmedo de Kent la salud de Zefferino empeoró rápidamente, y el bebé murió de meningitis con sólo cinco meses de edad. El siciliano regresó a su país pero Marjorie se quedó en casa, digiriendo su angustia y vertiéndola en unas tramas agrias y cenicientas que hacían las delicias de sus fieles seguidores, con un nuevo embarazo como única ilusión a la que aferrarse. (O satisfacían las inclinaciones morbosas.)

A continuación viene una alucinante vuelta de tuerca. Zefferino agoniza en la más completa soledad, abandonado por todos sus parientes por miedo al contagio. Y Margaret, que nunca amó a su marido, víctima de un disparatado sentido del deber, deja al niño recién nacido en manos de la vieja chacha, cruza Europa jugándose el tipo y cuida durante meses a un enfermo que, tiránico hasta el extremo, con un reloj en una mano y una campanilla en la otra, le impide estar más de quince minutos seguidos lejos del lecho. Por fin, entre tanto nubarrón, un rayo de luz parece asomar en su existencia atribulada en la persona del galante aunque entrado en años doctor que atiende a Zefferino. Se enamora perdidamente de él y juntos imaginan planes imposibles para el futuro. Cuando el esposo muere por fin en 1916, Margaret regresa llena de esperanza, dispuesta a casarse al año siguiente con su adorado doctor. En realidad, ella no ha sido más que una aventura postrera para éste que, ya aquejado de los primeros síntomas de una parálisis irreversible, tiene al menos la decencia de no hacerla pasar por el trance de su agonía y le comunica por carta que no volverán a verse.

Aunque parezca mentira, Margaret se casó de hecho al año siguiente. El elegido fue un tal Arthur Long, al que desde el principio dejó las cosas claras: se trataba de que el niño tuviera un padre; su corazón sería siempre para el viejo médico. Por supuesto, la elección fue desafortunada. Hilary, el segundo hijo que Marjorie tuvo con él, lo describe así: «Tendría que haber sido un sostén para mi madre pero se convirtió en una carga insoportable. Era pendenciero y celoso, no daba un palo al agua y no traía ni una libra a casa. Quizás tenía alguna virtud enterrada en lo más profundo de su ser, pero si es así yo no me enteré».

No queda mucho que contar. Marjorie continuó trabajando año tras año como una posesa, cuidando con abnegación absoluta de sus tres hijos y del inútil del marido, y sosteniendo económicamente a su madre y su hermana hasta que la primera murió y la segunda se largó sin dejar rastro. Cuando murió en 1952 tenía en su haber más de ciento cincuenta títulos; alguno más apareció a título póstumo.

Hasta aquí la mujer; conozcamos ahora su obra. Bowen cultivó principalmente tres géneros, que en sus libros se solapan a menudo: el romance histórico, la novela de misterio y el cuento (amén de algunas narraciones de mayor extensión) de horror.

Hoy en día se la recuerda casi exclusivamente por los primeros; de hecho, Hugh Walpole la llamó «la novelista histórica más grande de su generación». Sus libros de misterio, escritos casi siempre bajo el seudónimo de Joseph Shearing y ambientados por lo general en la época victoriana, se inspiraban con frecuencia en famosos crímenes de esos tiempos. Por desgracia son poco apreciados ya, pero en su momento disfrutaron de apasionadas cohortes de seguidores a ambos lados del Atlántico (el que hasta 1942 se ignorase la verdadera identidad del enigmático autor no hizo sino añadir más morbo al asunto) y cuatro de ellos fueron llevados a la gran pantalla.

Lo que a nosotros nos interesa sobre todo es su aportación al cuento de miedo. A veces, la distancia que media entre la calidad objetiva de la obra de un autor y el conocimiento que tiene de ella el público es muy grande. En el caso de Bowen es, sencillamente, abismal. Para que se hagan una idea de la gravedad de la situación lean la frase con la que Jessica Amanda Salmonson inicia su comentario a The Last Bouquet: Some Twilight Tales, la obra que seleccionó como su favorita del género para Horror: the 100 Best Books: «Entre los especialistas se comenta a menudo que el escritor de terror número uno del siglo es Marjorie Bowen».

Resulta que Bowen es la creadora, y tal vez única (en todo caso suprema) practicante de un originalísimo subgénero que podríamos llamar el «romance sobrenatural». Se trata de terrores crepusculares y agridulces, por los que desfilan una panoplia de personajes de pasado acaso glorioso pero tétrico presente, que a pesar del lastre insoportable de su miseria espiritual se esfuerzan por afrontar con dignidad un destino inevitable. Por lo general, sus protagonistas más fascinantes son mujeres, unas veces femmes fatales depravadas y perversas (retorcidamente inspiradas en su madre), otras sufridas heroínas abrumadas por cargas espantosas que no han buscado pero que no saben, y tal vez ni pretenden, eludir (los tintes autobiográficos son obvios aquí). No esperen sorprendentes giros finales: las historias avanzan implacablemente, paso a paso, y cada frase es un clavo incrustado artísticamente en la tapa del ataúd del protagonista culpable, que a veces hasta colabora y da unos cuantos martillazos con su propia mano.

Describiendo la «malvada, siniestra, espectral, extraña, funesta, terrible, implacable y malévola» obra de «Shearing», a quién por entonces nadie asociaba con Marjorie Bowen, la crítica Sally Benson escribió: «El lector de sus libros queda casi desconcertado por la agradable ligereza de los diálogos, las campanillas con sus cordones de seda lila, los vestidos de blanquinegro tafetán a rayas, las chaquetillas de terciopelo color ciruela y rebordes en el mismo tono, los sombreros con sus lazos cayendo hacia atrás, inclinados de lado sobre las cejas arqueadas. Pero bajo la superficie de este estanque de belleza las cañas hunden sus ramas podridas en el fango, y el mirto roe sus orillas». En efecto, la prosa recargada y brillante de Bowen desprende un aroma decadente, muy a lo fin de siècle, impregnado, eso sí, de una melancolía, sensualidad y hondura espiritual que le dan un carácter único.

A estas alturas ya tendrían que estar esperando ansiosos mi particular Marjorie Bowen: una guía de lectura. Deben empezar con sus cuentos, desde luego. Aunque las ediciones originales son inencontrables y, en cualquier caso, disparatadamente caras. La crema de su producción puede encontrarse en dos antologías modernas que no intersecan entre sí. La primera, Kecksies and Other Twilight Tales, contiene joyas del calibre de “The Sign-Painter and the Crystal Fishes”, “The House by the Poppy Field”, “Florence Flannery” y la que da título al libro. Fue editada por Arkham House en 1976 y aún permanece milagrosamente en catálogo a menos de 17 euros. La segunda, Twilight and Other Supernatural Romances, es de Ash-Tree Press y apareció en 1998. Con ésta hay que espabilar porque está ya agotada, aunque un escaso número de libreros la mantienen aún a la venta en www.bookfinder.com a su precio de salida, unos 50 euros. Les aseguro que vale la pena pagar ese dinero, pues además de luminarias como “Dark Ann”, “The Last Bouquet”, “Twilight” o “Julia Roseingrave”, el libro incluye una introducción verdaderamente «cinco estrellas» de Salmonson. (De la que por cierto fueron suprimidas, por deseo de Hilary Long, las partes más escabrosas de la biografía de su madre. Esta porción censurada puede leerse en la página web de Salmonson, www.violetbooks.com/bowen.html, en la que pueden contemplar además una fotografía de Marjorie, una mujer de belleza serena y enigmática... ¡como no podía ser de otro modo!) Ash-Tree Press ha anunciado una nueva antología para un próximo futuro, a la que habrá que estar muy atentos.

Tal vez quieran subir nota. En ese caso les recomiendo alguno de los libros firmados bajo el seudónimo de Joseph Shearing, por ejemplo So Evil My Love (también publicado como For Her to See), la sorprendente historia de una hipócrita misionera arrastrada al crimen y al desastre por un apuesto delincuente al que ni siquiera ama del todo. Ya de Marjorie Bowen merece también especial atención una de sus primeras novelas, el thriller diabólico Black Magic (incluido en Fantasy: the 100 Best Books y, según el experto Edward Wakenknecht, nada menos que «el gótico que acabó con todos los góticos»), con un ambiguo protagonista que no teme vender su alma al diablo para conseguir la gloria terrenal y, sobre todo, el amor de un atractivo pero lerdo caballero. Si aspiran a matrícula échenle un vistazo si pueden a La víbora de Milán (The Viper of Milan), del que existe una traducción de 1972 de la editorial Mensajero (ignoro de qué calidad) disponible en la Biblioteca Nacional y diversas bibliotecas públicas. Al igual que Black Magic, tiene los defectos obvios de las obras primerizas y es a ratos francamente espesa, pero ya anuncia la formidable escritora que luego sería Bowen. Su infame héroe, el duque Gian Galeazzo Visconti, capaz de pervertir primero a sus nobles enemigos para aplastarlos después, es ciertamente una precoz y singular hazaña creativa. Deberían poder adquirir cualquiera de las tres obras citadas por menos de 20 euros.

Voy terminando. Es posible que los rigores melodramáticos a los que Bowen somete a sus personajes parezcan en ocasiones al lector moderno algo pasados de rosca. No se equivoquen. Para la autora son plausibles. Estamos hablando de alguien que ha sufrido en carne propia horrores tan delirantes como los que inventa, que incluso vivió durante un tiempo en una célebre casa encantada en la que vio realmente fantasmas; de una depresiva crónica que, en manos de un especialista «adecuado», podría haber pasado la mayor parte de su vida atiborrada a pastillas y balanceándose feliz en una mecedora con un hilillo de baba cayéndole del labio. En “The Lady Clodagh”, la protagonista es una viuda rica a punto de ingresar en un convento. Sin embargo ha de regresar para salvar sus tierras de un vecino ambicioso, del que se enamora ciegamente y que acaba por arrebatarle todo, incluso la vida de su único hijo. Cuando Clodagh está al borde de la muerte le hace llegar a su amado un último mensaje, que éste lee con un cierto desasosiego, pues con toda seguridad habrá de ser una espantosa maldición. «Sus compadres ya lo echaban de menos; sus mujerzuelas y aduladores lo jaleaban desde el piso de abajo con sus bromas y chanzas, intentando convencerlo para que regresara a la fiesta. Clodagh había escrito: “Toda la alegría y felicidad que he conocido en mi vida te la debo a ti”. Y así quedó atrapado».

Déjense también ustedes atrapar por la incomparable Marjorie Bowen.