Complejo retrato de personajes

Muerte de la luz, de George R.R. Martin

Por fin, tras una larga espera, aparece la reedición de una de las novelas más aclamadas y queridas de la cf del último cuarto del siglo pasado: Muerte de la luz, de 1977. El estadounidense George R.R. Martin nos presenta una historia de reencuentro y triángulo amoroso «a cuatro bandas» inserta en un universo vasto e intrincado. Un universo poblado por multitud de razas y especies en constante choque cultural; tal es la riqueza de las civilizaciones retratadas, esbozadas o aludidas. Este enfrentamiento generalizado se concreta en los personajes de la obra, cuya tensión se ve alimentada, a su vez, por el conflicto sentimental (tanto amoroso como racial). En ese sentido, es especialmente destacable el estudio sociológico y psicológico de la sociedad kavalar, una sociedad patriarcal hondamente jerarquizada, sostenida por lazos profundos y alianzas sociopolíticas y emocionales, y una rígida moralidad y sentido del honor.

Siguiendo esa idea, nos encontramos con uno de los pilares de la novela. Se trata del análisis del perspectivismo y relativismo cultural, al que el propio Martin está sometido. Martín describe las sociedades como narrador omnisciente desde su óptica occidental, analiza subjetivamente hechos culturales no interiorizados por su propia civilización. Además, en la obra se descubre una desmitificación de las tradiciones y las costumbres perpetuadas sin sentido (como la religión o el honor). El conflicto se plantea desde dentro de la civilización, a través de personajes que conviven con esas realidades, con lo que se busca eludir ese relativismo cultural para hacer de la condena algo objetivo.

Asimismo, el libro es una dura crítica al integrismo, al fanatismo, al racismo y los estereotipos raciales. Presenta unas situaciones durísimas donde la degradación humana y la xenofobia se llevan hasta el extremo.

Por otro lado, Muerte de la luz también contiene un profundo estudio de las complejas relaciones personales entre los distintos personajes (analizadas en mayor o menor medida según el papel que jueguen en la trama); complejas por lo desconcertantes y extrañas que nos resultan y por ese choque cultural continuo en la obra. Los personajes retratados son ricos y contradictorios a pesar de la aparente esquematización y los estereotipos con que se nos presentan al principio, adquiriendo progresivamente mayor profundidad psicológica. Esas contradicciones, que serán empleadas como recurso narrativo para sorprendernos, refuerzan aún más la condena del racismo.

La pareja humana protagonista se siente presa de situaciones, personas y lazos que los desbordan y luchan por volver a tener el control de sus vidas. La figura de Gwen es especialmente importante; como mujer humana, la condición de sumisión y opresión adquiere mayor contraste. En ese sentido, la novela podría leerse como una crítica feminista o bien como una exaltación de la libertad individual.

La obra está muy bien construida. Contiene una correcta alternancia entre tensión-distensión/reflexión que consigue estirar los conflictos y mantener el ritmo narrativo. Como la novela decimonónica, que utilizaba una historia de amor para retratar, más o menos críticamente, la sociedad de su época, Martin emplea la historia de amor para mostrarnos su amplio universo, aunque supliendo al mismo tiempo las deficiencias de aquéllas. Sin embargo, en la segunda parte (que podríamos situar a partir de la mitad del libro) se centra más en la acción aunque supeditándola siempre a esa crítica a las tradiciones previamente mencionadas.

En el fondo, Muerte de la luz es un canto a la fidelidad y a la lealtad honestas y libremente aceptadas, no impuestas; a los lazos creados entre los hombres por afinidad o afecto. Es un llamamiento para que busquemos, sin prejuicios, en el interior de los que nos rodean y hallemos su verdadera esencia y, a su vez, una reflexión sobre la dignidad humana. Una obra, en definitiva, que puede venir ideológicamente muy bien en estos días inciertos.

Alberto García-Teresa