Días del futuro pasado

Mundo espejo, de William Gibson

En el primer lustro de los ochenta, William Gibson previó el futuro. Su serie de cuentos del Sprawl, que culminaría en formato largo con la seminal y germinal Neuromante, constituía un adelanto de lo que le esperaba al mundo en un futuro ultra cercano. Tras los cuentos y novelas del Sprawl, Gibson inició un viaje temporal en sentido inverso, en dirección al presente. Mientras la realidad cotidiana avanzaba, retrocedía la ficción contenida en sus nuevas creaciones literarias. Por tanto, era inevitable que ambas se encontrasen, como ocurrió en esta Pattern Recognition que ahora nos llega, trocada incorrectamente en su versión española como Mundo espejo.

Aunque se suponía lo contrario, la huida hacia el presente no ha alejado a Gibson de la ciencia ficción. Su capacidad visionaria para encontrar la extrañeza en lo que nos rodea, realizada con el poderío estilístico habitual en él, nos transmite la misma sensación de futuro que en novelas anteriores. Su forma de describir el presente le produce al lector la impresión de que ya vive en el futuro. La realidad tecnológica va por delante del hombre, crea nuevas actitudes sociales (como en el Japón actual, rendido al consumismo que vio Yasuo Tanaka en los ochenta) y propicia formas de pensar modernas edificadas sobre los desechos de las viejas fórmulas (como en la nueva Rusia). Así representa Gibson a esos países, en los que sitúa a su protagonista Casey (auto homenaje evidente) Pollard, cazadora de tendencias que se gana la vida gracias a un don peculiar: Casey es capaz de reconocer las pautas que anuncian cambios en la moda —de nuevo nos hallamos ante el punto nodal gibsoniano— y distinguir si una nueva idea lanzada al mercado tendrá éxito o no. Como contrapartida, padece una extraña fobia a las marcas, una patología que la conduce a episodios repentinos de pánico ante la visión de populares iconos publicitarios (por ejemplo, el orondo muñeco de Michelín).

Casey es uno de los mayores aciertos de la novela. Provoca una formidable respuesta empática en el lector y, a pesar de su disfuncionalidad, despierta simpatía inmediata en todo aquel que haya sufrido el acoso de la publicidad y el marketing actuales, es decir en cualquier persona. La trama principal se asienta sobre la principal afición de Casey: el metraje, trozos de una película anónima que aparecen esporádicamente en distintos sitios de Internet. La obsesión por el metraje ha creado una corriente de seguidores a lo largo de toda la Red, y Casey es contratada por un magnate empresarial para encontrar a los creadores de lo que él considera la campaña de marketing de mayor éxito del nuevo siglo. A través de esa búsqueda, Gibson sitúa al lector en el mundo futurista actual. Lo hace mediante su estilo trabajado, detallista, hábil en la construcción atípica de las frases, inmediato gracias al uso que hace del tiempo narrativo en presente, que junto a la referencia continua a marcas entronca con el mejor Brett Easton Ellis, aunque sin su escabrosidad. Todo ello confiere una pátina de autenticidad necesaria sin la cual Mundo espejo perdería gran parte de su enfoque realista. En ese mismo afán, se incluyen referencias al 11 de septiembre, que carecen de gratuidad y aportan una sensación de tremendismo sin tener que echar mano de la ficción.

Es la obra más redonda de Gibson desde Neuromante. Sus novelas se han caracterizado normalmente por concederle una mayor importancia a la singladura que al desenlace. Los libros de Gibson se disfrutan por su original estilo literario, por su forma vanguardista de contar y ver nuestra realidad, y por el simple hecho de circunnavegar junto a él parajes tecnológicos extraños y decadentes. Pero en esta ocasión, además, hay una culminación significativa que nos empuja a reflexionar sobre la importancia del arte en nuestra cultura posmoderna y la transformación a la que la han sometido la tecnología actual —con Internet a la cabeza— y la «nueva economía». La novela evalúa la importancia de la Red en nuestras vidas y en cómo está cambiando la cultura mundial, creando nuevas escalas de valores y formas de vida. Gibson se ha acercado al presente para mostrarnos la transformación de la conciencia actual.

Mundo espejo representa todo un éxito para Gibson. Será llevada al cine próximamente, parece que con un presupuesto elevado. La crítica generalista norteamericana la ha cubierto de elogios, sin saber realmente dónde situarla: thriller tecnológico, mainstream vanguardista, obra pynchoniana o No Logo en clave de ficción... Epígrafes para todos los gustos. Gibson no es etiquetable, y su ficción sigue creciendo. Cabría preguntarse si quienes le negaron a Neuromante la pertenencia a la ciencia ficción por las lagunas informáticas del autor calificarán Mundo espejo como hard por su rigurosa descripción de Internet y su funcionamiento.

La editorial Minotauro, que ha editado en exclusiva toda la obra de Gibson en castellano, cambia por primera vez de traductor. Esto no es motivo de queja. Sí lo es el cambio de título, menos apropiado que el original. Pattern Recognition hace referencia a la habilidad de la protagonista, cuya profesión es el consabido reconocimiento de pautas o patrones. Sólo ve habla del Reino Unido, donde transcurre un tercio de la acción y que para ella es una distorsión especular de los EE.UU., y no del mundo, como pretende el texto de contraportada. No está prohibido cambiar un título cuando procede, pero sí es reprochable hacerlo innecesariamente, por criterios comerciales, como viene haciendo Minotauro en los últimos tiempos.

Santiago L. Moreno