Saludable gamberrismo

Nana, de Chuck Palanhiuk

Hay chistes salvajes, incluso repugnantes, que pese a su brutalidad nos hacen reír a carcajadas, a condición de que quien nos los cuente sea ese amigo algo gamberro y especializado en relatar con gracia la mayor de las barbaridades. Cada vez que veo una fotografía de Chuck Palahniuk (1961) me da por sospechar que el autor norteamericano es «uno de esos» y cada vez que leo algo suyo confirmo que, en efecto, lo es. Nana (Lullaby, 2002), al igual que antes lo hiciera Asfixia (Choke, 2001) o, mucho antes, la muy conocida —sobre todo por su versión cinematográfica— El Club de la Lucha (Fight Club, 1996), es un ejercicio de estilo erigido en defensa de un tipo de literatura más difícil de elaborar de lo que en principio parece y que no renuncia a la inteligencia ni al más negro sentido del humor, por muy trascendente que sea la crítica social, económica o de poder que pretenda transmitir de fondo.

Como sucediera en sus novelas anteriores, los personajes de Palahniuk son sufridores natos, tanto mental como físicamente, hasta el punto de que en ocasiones da la impresión de que al autor le importa un bledo lo que les pueda ocurrir. Se limita a contarnos sus aventuras y desventuras con magistral indiferencia, de manera que los protagonistas de la acción adquieren cuerpo por sí solos y deambulan por los escenarios siguiendo sus propios impulsos y necesidades, libres de ataduras con su creador. La presencia de éste sólo se pone de manifiesto en el tan fino como macabro humor con que se regodea en algunas circunstancias concretas.

El póker de protagonistas está compuesto en esta ocasión por dos parejas. Por un lado están el atormentado e indeciso Carl Streator, de profesión periodista y de afición constructor de casitas en miniatura, y la sofisticada Helen Hoover Boyle, dueña de una agencia inmobiliaria especializada en vender a buen precio casas encantadas que recompra poco después a sus decepcionados nuevos dueños para volver a repetir la jugada en cuanto se le presenta la ocasión. Por otro lado tenemos a la secretaria personal de Helen, la extravagante y seudomística Mona, y a su novio, un ecologista apodado Ostra que en teoría está de vuelta de todo pero que esconde una ambición tremebunda. Todos ellos se ven envueltos en una trama fantástica al comprobar que una canción de cuna, una nana, incluida en una edición limitada de cuentos y poemas para niños, tiene el poder de matar a cuantos la escuchan. Su uso indiscriminado por parte de los padres ignorantes explica el porqué de la llamada «muerte súbita» —una causa real y dramática de fallecimiento de los bebés hoy en día y que la Ciencia aún se ha mostrado incapaz de explicar—, pero lo cierto es que la nana sirve para matar a todo tipo de personas, no sólo a los niños de pecho. La cuestión se va complicando cuando descubren que la nana sólo es uno de los muchísimos hechizos que contiene un viejo y poderoso grimorio que por supuesto se convierte de inmediato en objeto de búsqueda, pese a que se encuentra más cerca de ellos de lo que en principio podían pensar.

Sólo puedo añadir que me leí la novela en un «dígalo ya, feito está», como diría un gallego. En estos tiempos en los que los autores de género —como el resto de autores en general— caen con tanta frecuencia en la tentación de relatar en seiscientas páginas o más lo que resulta perfectamente resumible en trescientas, siempre resulta de agradecer que una historia no se alargue más de lo que realmente precisa. O que se quede incluso un poco corta, de modo que la sensación final se pueda describir con un «Qué lastima, ya se terminó, me hubiera gustado que durara unas cincuenta o cien páginas más». El estilo ágil, conciso y a menudo brutal de Palahniuk, unido al hecho de que la novela se divida en dos partes entrelazadas la una con la otra pero bien diferenciadas por la utilización de la tipografía y la forma de contar del narrador —por lo demás, siempre en primera persona— ayuda a devorar la obra, con curiosidad al principio y con auténtico placer hacia el final.

Como epílogo a esta reseña, destacaré la dedicatoria de Palahniuk, que dice textualmente: «Dedico este libro a (...), que leyeron mis cosas cuando nadie las leía». Me recordó a aquella canción titulada “Insurrección”, de El Último de la Fila, que se preguntaba «¿Dónde estabas entonces, cuanto tanto te necesité?» y me hizo gracia porque pensé que podría ser suscrita por más de un autor de por estos pagos nuestros.

Pedro Pablo García May