Una utopía, lo que le falta a la cf

Oryx y Crake, de Margaret Atwood

Mientras la sociedad empobrece sus alternativas y el arte se balcaniza en propuestas especializadas y estériles, la cf tiene en sus manos la posibilidad de cobrar protagonismo al diseccionar nuestra realidad con los elementos de la prospectiva. La opción del género es, sin embargo, la metarreferencialidad, el aplauso al ejercicio con referencias internas, respaldado por una crítica que se deslumbra con la progresiva complicación de elementos: ideas más y más sofisticadas, y narración más y más oscura para intentar describir un futuro que, ya está claro a estas alturas, no podemos comprender, igual que un ciudadano de 1904 no comprendería nuestro mundo de hoy. La crítica especializada aprueba y desaprueba en función de criterios circenses: ¿Da el autor un salto mortal que suponga el más difícil todavía? Y eso que la alternativa es aún peor: la cf adocenada, comercial e insulsa.

La aparición de Oryx y Crake ha sido saludada como un acontecimiento por Thomas M. Disch. Significativamente, ha merecido la repulsa de parte del fandom anglosajón, debido a la insistencia de la autora en que no es cf. Si, según la perspectiva actual del género, la cf sólo puede ser lo que escriben Lois McMaster Bujold —en un extremo— o Greg Egan —en el otro—, no cabe duda: esto no es cf. Qué mala suerte que la más noble de nuestras tradiciones, la distopía, el «si esto sigue así», ya no quepa en su seno. Ha dejado de practicarse, debido a los riesgos que entraña: la presunta falta de comercialidad y el acomodamiento a opciones aceptadas como correctas por el constructo empresarial que alberga a la cf.

Margaret Atwood, a estas alturas la gran dama de la literatura canadiense, ya no necesita ser comercial. Le basta, simplemente, con dar su opinión sobre temas que la inquietan. Ya lo hizo con éxito hace dos décadas en El cuento de la criada, una obra interesante pero lastrada por cierto maniqueísmo lleno de obviedades. Sin embargo, ésta es una obra mayor, en la que también se deslizan obviedades y en la que Atwood truca los dados para ajustarse a sus tesis, pero en la que hay una narración diáfana, una intención de mensaje, unas preocupaciones comprensibles y una historia atractiva. Un libro que hace pensar sobre el mundo que nos rodea. ¿Y cuántas novelas de cf de la última década han conseguido algo así?

Para ofender aún más al fandom, resulta que el tema de fondo de Oryx y Crake es nada menos que el cuestionamiento del icono todopoderoso de la cf: el científico. No: Crake, el protagonista, no es un científico loco; nada tan superficial. Es una persona que, debido a las necesidades exhaustivas de conocimiento especializado que demanda nuestra sociedad, a las comunicaciones que sustituyen al trato personal y a los miles de tendencias que nos rodean, presenta serias carencias de desarrollo personal, una absoluta falta de empatía que, desde su posición de poder, desencadena el fin del mundo.

En la novela se simultanean dos acciones: la vida de Hombre de las Nieves, superviviente de una catástrofe cuya naturaleza se nos va aclarando progresivamente, y su juventud. Ésta tuvo lugar en un mundo de pasado mañana, en el que los elegidos viven en urbanizaciones-empresas absolutamente cerradas al exterior y donde el terrorismo biológico, la experimentación por parte de las empresas con los consumidores y mil males más han convertido la vida en un infierno continuo, aunque aceptado con rutinario cansancio por sus habitantes.

Jimmy, el joven Hombre de las Nieves, se enamoró de una niña de Extremo Oriente que dirigió la mirada hacia una cámara cuando rodaba una película pederasta. La encontrará más adelante, o a otra como ella, cuando su amigo de la infancia, el misántropo Crake, se haya convertido en el motor de un cambio evolutivo de enloquecida coherencia interna.

Atwood narra toda la historia con la precisión de una cirujana que lamenta estar llevando a cabo una amputación. Su sequedad es, por momentos, un instrumento brutal que golpea al lector con el inevitable desarrollo de la historia. Y todo ello sin descuidar elementos tan caros a la cf como la invención de máquinas y novedades, en particular una investigación en el terreno de la biología que, sin entrar en honduras, dota de verosimilitud al relato.

Podría acusarse a Atwood de ciertas tecnofobia y conservadurismo; sin embargo, los conservadores impulsan esa sociedad siniestra, al igual que los progresistas disparatan con respuestas de absurda corrección política. No hay piedad para nadie. No hay ideología en esta novela. Sólo un análisis siniestro. Una especulación inquietante. Y un guante lanzado a la cara del género que tiene las herramientas para llevar a cabo esa labor y renuncia a ella, desde hace años, para festejar las aventuras de un niño que mata marcianos en un juego que resulta ser verdad, o de un tullido estomagante que al final siempre gana.

Julián Díez