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Ramillete imprescindible Playa terminal, de J.G. Ballard Sin necesidad de imperios galácticos ni enormes artefactos pseudocientíficos, Ballard es sin duda uno de los autores que mejor ha captado el tan traido «sentido de la maravilla» (o «del asombro», como propuso Rafael Marín). Playa terminal es una colección de cuentos que el lector transita de sorpresa en sorpresa, sorprendiéndose ante la variedad de temas y escenarios. Como conflicto de fondo, sin embargo, se encuentra constantemente el mismo: la aguda contraposición ballardiana entre civilización y salvajismo, tecnología y primitivismo, satélites artificiales y jungla. “El gigante ahogado”, primer relato del volumen, es una fábula que puede entenderse casi como una alegoría sobre el descubrimiento del cadaver de un coloso varado en una playa, y el destino de su enorme cuerpo. En “Problema de reingreso”, un texto casi detectivesco, es donde se hace patente la yuxtaposición a la que me refería antes: dos funcionarios de la ONU deben buscar, en plena selva amazónica, al primer hombre que llegó a la luna... y se estrelló al volver. “Final de partida” da un giro total de ambientación para encerrarnos en una casa clausurada junto con un intelectual, condenado por el Partido, que debe convivir con su verdugo. Él no conoce la fecha y hora de su ejecución, pero su verdugo sí. Donde el lenguaje de los anteriores relatos era escueto, en “El hombre iluminado” se hace preciosista para describir el curioso paisaje creado por una rara enfermedad «temporal» que recubre los objetos con formas prismáticas iridiscentes, y que se extiende cada vez más... “El delta en el crepúsculo” nos devuelve al escenario exótico de una excavación arqueológica en México, donde al ambiente malsano del lugar se unen las alucinaciones del jefe de la expedición. “La jaula de los reptiles” es una parábola desasosegante sobre la psicología de las masas y los impulsos atávicos que se desatan cuando un satélite sobrevuela una playa atestada. “Playa terminal” narra las desventuras de un inesperado squatter en un atolón de pruebas nucleares. “Ocaso”, el impresionante final de una Tierra vacía y desprovista de océanos en la que un joven decide quedarse cuando evacúan el planeta. Un pez (¡vivo!) encontrado en una charca traerá un atisbo de esperanza, rápidamente truncada. “Las danzas del volcán” es quizá el cuento más prescindible del volumen, en el que los ritos ancestrales para conjurar las erupciones se unen a la fascinación suicida de un occidental por el volcán. “Bilenio”, por su parte, sería enormemente divertido si no fuera tan claustrofóbico: en un futuro próximo agobiado por la superpoblación, en las ciudades atestadas se asigna un habitáculo a cada persona (no más de cuatro metros cuadrados) que se reduce por ley cada vez más. “La Gioconda del mediodía crepuscular” es el enrevesado título de un escalofriante relato sobre un hombre, ciego temporalmente, que experimenta unas ensoñaciones que guardan una perturbadora relación con la realidad. Y “El Leonardo perdido” cierra el volumen con una vuelta al tono detectivesco para narrar las pesquisas de dos galeristas en torno al robo (y sus sorprendentes motivos) de una Crucifixión de Leonardo. En suma, una excelente colección de relatos que merece la pena desde cualquier punto de vista y que ningún aficionado a la cf debería dejar escapar. Luis Prado |