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Obra menor, mayor tocho Por no mencionar al perro, de Connie Willis Habrá que aceptar ya como ley insoslayable que Connie Willis se mueve bastante mejor en las distancias cortas. Por no mencionar al perro, una novela que ha arrasado con Hugo y Nebula como ya lo hiciera El libro del día del juicio final, comparte con esta otra novela de gran extensión defectos y virtudes. La principal de éstas, el acabado pulido, la firmeza formal y auténticos rasgos de genio en sus mejores momentos; el mayor de aquellos, la gran cantidad de páginas de dudosa contribución al relato que se acumulan en detrimento del resultado final. Y Willis no es una escritora que pueda permitirse sumar páginas simplemente por el placer de su estilo, sobre todo porque no sostiene por igual el tono cómico a lo largo de todas esas páginas. La historia se entronca con otras narraciones de viajes por el tiempo de la autora, y nos narra las peripecias de Ned Henry, un personaje que se va complicando más y más en una serie de paradojas temporales en la búsqueda de un objetivo final absurdo: conseguir un cacharro inútil, el tocón del pájaro del obispo, que la mecenas de la reconstrucción de la catedral de Coventry, Lady Dunworthy, considera fundamental para la reinauguración del lugar que ha financiado... así como para mantener las subvenciones con las que las investigaciones de viajes por el tiempo son posibles. Con el fin de descansar, Henry viaja a la época victoriana y se ve enredado en una trama compleja, pero que Willis dibuja con claridad. Sin embargo, las desventuras de Henry se prolongan y se prolongan; el homenaje a Tres hombres en una barca de Jerome K. Jerome, por ejemplo, dura casi más que el original sin ser tan eficaz. Especialmente porque Willis utiliza exhaustivamente dos formas de humor, la reiteración y los personajes despistados, que garantizan ingentes cantidades de páginas. Aunque llegan después escenas de primer nivel, como una sesión espiritista realmente desopilante. Especialmente simpático es el retrato de algunos personajes. La demencial Lady Dunworthy, pese a que resulte completamente increíble en su pasmosa necedad, tiene actuaciones memorables. Y la conversión de un viajero del tiempo en un remedo del Jeeves de P.G. Woodehouse consigue ser incluso convincente. Como hace con este escritor, Willis va poniendo en juego, uno tras otro, todos sus temas favoritos: las catedrales, los animales domésticos, el caos de la organización universitaria, la estupidez contemporánea, los viajes en el tiempo, las novelas policíacas de principios de siglo, la II Guerra Mundial, la Edad Media, los romances a la manera de las comedias de los cuarenta... y llega finalmente a una conclusión que cierra el libro de una forma incuestionablemente sensata, pero que se estira una vez más en ochenta páginas (no es una exageración) de explicaciones para conseguir atar todos y cada uno de los cabos planteados. No es posible sino un veredicto positivo sobre esta novela optimista, plena de instantes de genuino placer para el lector. Pero uno, inevitablemente, se ve obligado a reflexionar sobre el estado de la ciencia ficción norteamericana (o, más bien, de sus premios) cuando este entretenimiento menor, simpático compendio de los gustos de una encantadora señora de Denver y con 200 páginas rigurosamente prescindibles, resulta estar considerado como la mejor novela del pasado año. Julián Díez |