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Sobrecogedora exploración del alma kitsch del nazismo
Provocación, Stanislaw Lem El poder para ser poder invoca al miedo, decía Barcia. El nazismo para ser poder invocó al asesinato, concluye Lem. El polaco regresa en Provocación al juego borgeano de las reseñas de obras imaginarias de Vacío perfecto y nos presenta sus críticas de El Genocidio, de un antropólogo alemán, y del extravagante estudio Un minuto humano. La muerte une ambos libros. El grado de maldad del hombre y su capacidad para causarle daño a sus semejantes, junto a la deshumanización (como resultado del Holocausto o de la reducción de toda la Humanidad a cifras), son sus ejes vertebradores. En ellos, Lem utiliza a los autores ficticios como álter ego y, al mismo tiempo, como fuente de autoridad. Así, puede enunciar directamente las conclusiones de sus tesis con gran capacidad de síntesis. Narrativamente, juega a relativizar y enjuiciar sus opiniones, aunque a veces se olvida de la excusa de la reseña para proseguir con su propio ensayo. La primera es un contundente estudio del nazismo. Se trata de un análisis profundo, muy intenso, dotado un ritmo atronador, muy fluido, que quiere «reabrir las heridas para evitar nuevos Holocaustos». Es una indagación histórica, sociológica y política notablemente documentada. Arranca versando sobre el Holocausto, pero pronto escarba y repasa todo el nazismo. De hecho, Lem considera que el primero es «solo la parte secundaria de un proceso», y analiza dicho proceso. El polaco universaliza: «La matanza con razonamientos totalmente falseados, enmascarada en la medida de lo posible (...) es el estigma del siglo XX», no solo el genocidio. De ese modo, reflexiona sobre la ilógica del Holocausto, apoyándose en razonamientos de toda índole, y repasa las diferentes causas por las que se ocultó. Todo se reduce a un afán de crueldad extrema: «No había, pues, ningún factor a favor de la solución sanguinaria, aparte de la propia voluntad de matar». También analiza la filosofía del nazismo, que se apoya en dos pilares: la ética del mal (por la que «el mal siempre constituye el medio para algún bien») y la estética kitsch. Asimismo extrae las lecciones históricas, enraíza el exterminio judío con un intento de deicidio («como si, al no poder matar a Dios, los alemanes mataran a su “pueblo elegido” para usurpar su sitio») y explora la necesidad actual de muerte en esta sociedad de lo espectacular, que diría Debord. De la sociedad presente trata la reseña de la segunda obra; un estudio sobre lo que está haciendo todo el mundo en un minuto. Ironiza así sobre la estadística a la vez que arremete contra la situación editorial actual y, sobre todo, contra la publicidad y su falsa felicidad. Esta es «una Nueva Utopía», un mundo idílico y arcádico que estaba claro que «nos dominaría no porque la calidad de las cosas fuese cada vez mejor, sino porque la calidad del mundo era cada vez peor». Con un tono menos noqueante pero más sugestivo, traza un análisis conciso y muy bien estructurado sobre el impacto de la sociedad de consumo en el estilo de vida y psicología humanos. Consiste en un vistazo global al mundo, incidiendo en sus injusticias, donde el autor critica el individualismo y la necesidad de autocomplacencia. Así pues, Provocación es una obra demoledora y deliciosamente editada que, como afirma el propio Lem de Un minuto humano, «solo puede deprimir a los que todavía se hacen ilusiones sobre la naturaleza humana». Alberto García-Teresa
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