|
Una ópera prima brillante Rakhat, de Mary D. Rusell Esta primera novela de Mary D. Russell (publicada fuera de una colección especializada pese a haber ganado diversos premios) narra una expedición de primer contacto, encabezada por los jesuitas y dirigida al planeta Rakhat, que ha sido descubierto merced a la recepción de un hermoso canto extraterrestre. Del viaje tan sólo sobrevive el padre Emilio Sandoz, quien además regresa a la Tierra hundido física y moralmente. La sospecha de que ha cometido graves faltas en su misión motivará una ardua investigación de la Compañía para descubrir la verdad de lo sucedido. Todo ello aparece ya en el primer capítulo. Rakhat pertenece a esa clase de novelas en que desde el principio sabemos qué ha ocurrido. Sólo nos falta averiguar cómo y por qué. Con bastante maestría, sobre todo si consideramos que se trata de una opera prima, la autora va desarrollando la narración en dos líneas temporales que se alternan capítulo a capítulo. Por un lado asistimos al interrogatorio del padre Sandoz, en el que se nos destilan pequeños atisbos de lo que ha ocurrido, que consiguen alimentar la curiosidad del lector. Por otro lado, el relato vuelve atrás para explicar las motivaciones de Sandoz y del resto de personajes que lo acompañaron a Rakhat, así como el propio viaje. La autora, Mary Doria Russell, es profesional de la antropología y aficionada a la lingüística. Ambas disciplinas centran su interés en Rakhat. Sin entrar en detalles, la especulación lingüística es convincente. La antropológica tiene sentido desde el momento en que los habitantes del planeta Rakhat son humanoides, acaso más parecidos a nosotros de lo que cabría esperar en otro mundo. (Pero, ¿es tan fácil o tan útil crear extraterrestres literarios realmente extraños?) Hay también una reflexión sobre la religión que emparenta esta novela con otras como Cántico por Leibowitz o Un caso de conciencia. A Sandoz le mueve el mismo impulso que llevó en el pasado a los jesuitas y a otros misioneros a arriesgar sus vidas y su propia cordura por llevar su fe a otros pueblos. ¿Qué ha ocurrido en Rakhat para que se tambaleen las convicciones de un hombre al que se adiestró para soportarlo casi todo? Ése es el enigma que se va desvelando poco a poco en la novela. Caben algunas objeciones. Parece que muchos narradores actuales se olvidan de utilizar el trazo rápido, la sugerencia, y se empeñan en describirnos todos sus personajes con currículum completo. Eso ralentiza la acción en Rakhat, aunque, por suerte, Mary D. Russell va tomándole el pulso a la narración conforme avanza. Por otro lado, las relaciones entre los personajes están tratadas como si se los sometiera a una permanente terapia de grupo: chocan en aparentes conflictos, para luego descubrir que comprenden los traumas ajenos (y así superan los suyos), que los demás son unas personas estupendas y que, en fin, se quieren mucho. Todos son tolerantes, dialogantes, respetuosos, se emocionan, se abrazan. Además, esta parte de interés humano se sazona con diálogos que en la vida real podrían resultar divertidos, pero no así en un texto literario. El abuso de estos diálogos llenos de buenos sentimientos llega a ser estragante. (Se trata de un problema común en muchas novelas que recibimos últimamente del otro lado del charco; v.g. La máquina de la verdad.) Por suerte, el final del libro deja un buen sabor de boca. Es un desenlace rápido, duro, sin concesiones, que alcanza un alto nivel de tensión y calidad literaria y justifica plenamente su lectura. Javier Negrete |