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Irónica y certera vivisección del alma humana R.U.R. / La fábrica de Absoluto, de Karel Capek Karel Capek no es desconocido en nuestro país, pero con frecuencia se lo recuerda sólo por el logro más circunstancial de su carrera: la acuñación para la mitología moderna, la cf, del término «robot», por sugerencia de su hermano mayor Josef. Su carrera fue brillante y dignificó la literatura checa escrita en checo. Su obra fue prolífica y multidisciplinar: cronista, editor, director teatral y animador cultural. Al respecto, los viernes por la tarde se celebraban en el jardín de su casa las reuniones del PENclub nacional, en las que destacaba la presencia del primer presidente de la nueva Checoslovaquia, Tomas Masaryk. (La relación entre Capek y Masaryk fue muy estrecha, y se tradujo en la publicación de una biografía del presidente checoslovaco y dos libros de conversaciones entre ambos.) Sin embargo, Capek no obtuvo el merecido reconocimiento a causa de las ampollas que sus convicciones democráticas levantaban en una Europa que no se atrevía ni a toser a Hitler. De haberse avenido a las «recomendaciones» de la Academia Sueca, tutelada por el Reich, hoy estaríamos hablando de todo un Nobel. Hay que aplaudir a Minotauro por esta doble reedición. No obstante, flaco favor se hace cuando un texto, que a veces huele a traducción inglesa, no depura expresiones ya obsoletas. Pero esto no empaña la lectura, llena de vitalidad y frescura, de uno de los fabuladores más incisivos y amenos del siglo XX. Karel Capek escribió Robots Universales Rossum al inicio de su carrera. Dos años después de su estreno, ya había recorrido todas las bambalinas desde Praga hasta Broadway. El retrato de una sociedad anonadada por un desarrollo que parecía no conocer límites no tardó en plasmarse en una nueva mitología, una de cuyas manifestaciones más fascinantes y pervertidas fue el Metrópolis de Fritz Lang. Más allá de la anécdota léxica, R.U.R. resulta ser un drama efectivo en su dinamismo, pero tremendamente ingenuo en la exposición de ideas. Elena Glory, hija de un prestigioso catedrático, visita las fábricas de Robots Universales Rossum en medio del Pacífico (por aquel entonces, el último rincón virgen donde aún cabía soñar en alguna isla del doctor Moreau) reclamando derechos para los robots; derechos que los empleados de R.U.R., con su director general Henry Domin al frente, demostrarán innecesarios... al menos, hasta que los robots descubran la fuerza de la sindicación. La identificación de los «androides» con la alienada clase obrera de la industrialización salvaje es evidente; pero es en los diálogos entre humanos donde se revela la incipiente deshumanización que, a todos los niveles, empezaba a padecer la sociedad occidental, condenada a derivar entre los valores aferrados a la tradición y los nuevos que orbitan alrededor del capitalismo desaforado. Como en toda distopía, el curso de los acontecimientos conduce hacia la catástrofe, rematada aquí con un inteligente desenlace cíclico que lleva el rumor del río de Heráclito que fluye eternamente. La fábrica de Absoluto resulta más sutil y mejor hilvanada que R.U.R. Aquí la invención de un carburador, basado en el imposible motor perpetuo de tercera especie, genera como subproducto una serie de manifestaciones divinas, cuya intensidad dependerá de la potencia de la máquina, y que, incidentalmente, conducirán al desastre. Si en R.U.R. era un invento humano, el robot, el que encarna la desmedida ambición de la Humanidad, sellando su suerte, en La fábrica de Absoluto el símbolo por excelencia del progreso, el motor, reintroducirá a Dios en el mundo; el hombre, para variar, blandirá su nombre para autoflagelarse. La injerencia divina en asuntos terrenales (según el ingeniero Marek: «[Dios] no sabía que las leyes económicas dominan el mundo, que son más fuertes que las leyes divinas. (...) No, Bondy: el comercio y la industria no son obras de Dios») revelará los pies de barro del progreso en una suerte de anticipación del crack del 29; pero también sacará a relucir el fanatismo, el fundamentalismo, el nacionalismo y el racismo, respuestas organizadas del miedo al extraño fácilmente manipulable por líderes políticos y religiosos que no dudaran en enarbolar cualquier nombre divino (y cuantos más, mejor) en busca del beneficio inmediato. La mediocridad de los líderes es un tema sobre el que Capek volverá, ya a las puertas de la Segunda Guerra Mundial, en La guerra de las salamandras. El estilo engañosamente sencillo hace que su ironía sea aún más demoledora, eludiendo los arquetipos: sus personajes, preñados de contradicciones, pasiones e intereses contrapuestos, son sobre todo verosímiles. Y el certero análisis, aún vigente tras ochenta años, de la condición humana universal a todos los niveles, subraya la genialidad del checo. Álex Vidal
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