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Cuando un autor lleva la escritura en la sangre
Tormenta de espadas, George R.R. Martin Mi relectura de Tormenta de espadas (inciso: como más de un lector impaciente, la leí hace un tiempo en inglés) ha concidido con la primera lectura de Olympos, de Dan Simmons. Aunque las diferencias entre ambas obras son notorias, no pude evitar pensar en ellas a la vez. Martin y Simmons tienen mucho en común. Son, por encima de todo, dos escritores que llevan la narración en la sangre. Tanto Olympos como Tormenta de espadas son novelas voluminosas, de grandes escenarios, tramas ambiciosas, acciones paralelas y cuajadas de giros argumentales, repartos plagados de personajes entrelazados en complejas relaciones de pasiones e intereses. Esta complejidad hace inútil resumir aquí el argumento. La acción arranca donde quedó al final de Choque de reyes. Las tramas transcurren en paralelo, con puntos de vista independientes que se cruzan a menudo, como en las dos novelas anteriores. Caso aparte es la línea argumental de Daenerys, que gana en interés. De su mano visitamos exóticas ciudades del continente, como Astapor y Yunkai, que evocan más al mundo antiguo de Egipto o Mesopotamia que a la Edad Media caballeresca de Poniente. (El ejército de eunucos cuyos servicios contrata Daenerys recuerda una curiosa mezcla entre los guerreros espartanos y los soldados clónicos de George Lucas. El futuro de ese ejército promete grandes emociones…) En cuanto a las tramas de Poniente, que constituyen el grueso del libro, se enriquecen con nuevos puntos de vista. Hay sorpresas y muertes, muchas muertes. A Martin no le tiembla el pulso cuando tiene que eliminar a un personaje. En ocasiones, esto resulta doloroso para el lector, que ha hecho una fuerte inversión emocional. Pero el beneficio para la tensión narrativa compensa de sobra: mientras leemos, sabemos que ningún personaje de esta saga está a salvo. Al final de este tercer libro queda la sensación de que se ha llegado a un punto de inflexión. La mayoría de las tramas desembocan en momentos de gran dramatismo que ya no permiten vuelta atrás. En este sentido, me atrevo a vaticinar que la brecha entre A Feast for Crows y Tormenta de espadas será mayor que la que existía entre esta y Choque de reyes, novelas que de alguna manera forman un solo bloque. Una pequeña objeción: como sucedía en las otras dos novelas, hacia la mitad de Tormenta de espadas tuve la sensación de que el ritmo decaía un poco. Tal vez sea la sensación de calma que precede a la tormenta. Acto seguido, la acción se acelera y las fuerzas destructivas se desatan, pues la guerra y la destrucción son las protagonistas de la novela. Predominan las imágenes de casas y granjas arrasadas, cadáveres flotando en los ríos y contaminando los campos. (Es curioso cómo los rígidos principios de Eddard Stark en la primera parte acaban causando los horrores que vemos en Choque de reyes, y más aún en Tormenta de espadas. Estos horrores le dan interés a la historia, pero no puedo evitar acordarme de ese personaje de Asimov que dice: «Que tu sentido de la moral no te impida hacer lo que está realmente bien».) ¿Cuál es el secreto de Martin para atrapar a los lectores y embarcarlos en la empresa de leer una saga cuyo final aún no se atisba? No creo que se trate de un único secreto, sino de la conjunción de muchos factores. Martin es un buen ejemplo del principio en que insisten los talleres literarios: «No lo cuentes. Muéstralo». Sus castillos y fortalezas están levantados piedra a piedra; en las ciudades del continente uno puede sentir el tacto de la arenisca bajo los dedos; el hedor de la muerte al recorrer las tierras devastadas por la guerra se infiltra en nuestras narices; el frío y la humedad de las tierras del Norte se nos meten en los huesos, y se nos abre el apetito ante los manjares y las bebidas que se sirven en los banquetes. Bueno, no en todos… pero no añadiré más por no chafar uno de los momentos con más fuerza de la saga. Los personajes son otra pieza básica. Hay muchos y variados, de modo que es difícil no encontrar alguno con el que identificarse. La nobleza de Jon Nieve, la hosca determinación de Arya, el ácido humor de Tyrion… Hay secundarios memorables, como el eunuco Belwas. Algunos «malos» son auténticos psicópatas, pero en el caso de otros llegamos a entender sus motivos, ya sea por cómo los ven otros (Sandor Clegane), o porque se nos ofrece su punto de vista (Jaime Lannister y su interesante relación de odio/respeto con Brienne). Otro elemento clave es la sabiduría con que están estructurados los capítulos. Martin abandonó durante un tiempo la escritura para trabajar como guionista de televisión. Cada capítulo recuerda al episodio de una teleserie por su longitud y su planteamiento. En cada uno hay al menos un par de vuelcos argumentales, casi siempre inesperados. Al acercarse al final de cada escena, uno se pregunta: «¿Qué conejo va a sacarse Martin de la chistera?». Y casi siempre nos sorprende, y vuelve a sorprendernos con una nueva vuelta de tuerca. Un ejemplo es la escena del duelo en el que participa Gregor Clegane, del que no comentaré más para no destripar nada. La buena noticia para los seguidores de la saga es que ya tenemos Tormenta de espadas en castellano. La mala es que la cuarta, A Feast for Crows, acaba de ser publicada en inglés y que quedan al menos tres volúmenes para terminar la serie. Aunque me pregunto: ¿Es tan mala noticia? Con estas grandes series ocurre algo curioso. Por un lado, los lectores desean saber cómo continúa la saga; por otro, quieren y a la vez temen conocer el final, como si de lo que ocurra en el último centenar de páginas del último volumen dependiera el valor de toda la saga. El propio Martin ha manifestado en entrevistas que el juicio sobre Canción de Hielo y Fuego debe aplazarse hasta que termine con ella. No sé si al final el desenlace y las explicaciones de Martin estarán a la altura de lo que han ofrecido estos tres libros de momento. Pero en literatura lo importante no es el final del camino, sino el camino en sí. Personalmente, no me preocupa si al final Martin va a «fastidiarla», como comentaba alguien en un foro, porque me está haciendo disfrutar del camino como hacía tiempo que no disfrutaba. Javier Negrete
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