Metáfora del colonialismo en clave de novela de aventuras

Tú, el inmortal, de Roger Zelazny

Roger Zelazny tuvo la mala suerte de ganar el premio Hugo de 1966 con su primera novela, Tú, el inmortal (TeI, en lo sucesivo); al menos, la mala suerte de ganarlo ex aequo con Dune, de Frank Herbert, pues la repercusión de esta última obra eclipsó el más que merecido reconocimiento de la de Zelazny. ¿Acaso se debe a que Dune es mejor que TeI? Ni mucho menos; Dune es una novela tan mal escrita como todas las de su autor, mientras que TeI puede considerarse una pequeña obra maestra de la literatura de género. Pero Dune creó una mitología, y su rollo mesiánico le da gustito a ese pequeño adolescente frustrado que todos llevamos dentro. No obstante, TeI sirvió para cimentar el prestigio de Zelazny, cuya carrera culminaría con la indiscutible obra maestra El señor de la luz (1967), para despeñarse poco después por el barranco de la fantasía épica más comercial.

El argumento de la novela es aparentemente sencillo. Tras una guerra nuclear que prácticamente aniquila el planeta, los humanos supervivientes son salvados por la inesperada llegada de unos extraterrestres, los veganos, que, tras repoblar la Tierra, ejercen sobre ella un protectorado entre paternalista y despectivo. En este contexto, el inmortal Conrad Nomikós, antiguo líder de la resistencia antivegana, recibe el encargo de guiar al escritor extraterrestre Cort Myshtigo en una visita a las ruinas de la civilización humana. Durante ese periplo, Conrad debe proteger la vida de Myshtigo; por un lado, de los intentos de asesinato de la resistencia antivegana y, por otro, de las criaturas mutantes que pueblan las zonas radiactivas.

En primera instancia, TeI es una novela de aventuras (no en vano, el protagonista se llama Conrad). Eso es lo que le echan en cara sus detractores, como si la aventura no fuese un género sobradamente ennoblecido por autores como Robert Louis Stevenson, Jack London y Pío Baroja, por ejemplo. De hecho, se trata de una divertidísima novela de aventuras dotada de un ritmo vertiginoso y trufada con un tonificante humor sarcástico. No obstante, hay un curioso aspecto del texto en el que nadie parece haber reparado: el tono y tratamiento de TeI está más cerca de la novela de espías inglesa que de la épica aventurera. Los diálogos, ácidos y secos como ráfagas de ametralladora; los personajes extravagantes, ambiguos y tramposos (Peluca Roja, Hasan, Dos Santos, Moreby, el propio Conrad); el componente conspirativo de la trama..., todo recuerda a John Le Carré, Graham Greene o incluso Ian Fleming. Y es que TeI también es una novela política, un fruto de la guerra fría.

Otra lectura del texto, claro está, reside en la evocación de las mitologías en clave de ciencia ficción que Zelazny comenzó con esta novela, y que culminó con la ya citada El señor de la luz, para finalizar con la fallida Criaturas de luz y tinieblas. Conrad es una mezcla de Hércules y Odiseo (con más del primero que del segundo), y los mutantes que habitan en las zonas radioactivas adoptan formas de la mitología griega. Sin embargo, no creo que la mitología sea el eje de TeI (sí lo es en El señor de la luz), sino sólo un escenario, además de una metáfora acerca del tema central de la novela. Que no es otro que el colonialismo. En concreto, el colonialismo diplomático, económico y cultural que caracteriza a los EE.UU.

Zelazny es (fue), junto con Thomas M. Disch y Ursula K. Le Guin, el más europeo de los escritores norteamericanos de ciencia ficción. Durante su juventud realizó un viaje por Europa y visitó, entre otros países, sí, Grecia, y creo que fue en ese viaje donde se fraguó TeI, porque la Europa de principios de los sesenta, todavía muy afectada por el desastre de la guerra (igual que la Tierra en la novela), se encontraba bajo el protectorado de los EE.UU. (igual que sucede con el de los veganos). Pero veamos las similitudes.

En la novela, los veganos salvan a los terrestres de una guerra, como los estadounidenses a los europeos. El colonialismo vegano es diplomático y económico, igual que lo era el colonialismo yanqui (hasta Irak, claro). Los veganos desdeñan el presente terrestre, pero admiran su pasado cultural, lo mismo que les pasa a los yanquis con Europa. Los terrestres emigran a los planetas veganos, igual que muchos europeos de posguerra a los EE.UU. Los veganos se follan a las terrestres, de la misma manera que los soldados de las bases yanquis se follaban a las europeas. Existe en la Tierra un arraigado movimiento antivegano, el regresismo... Vegano, vete a casa, Yankee, go home.

Creo que Iván Fernández se equivoca cuando en el (por lo demás, brillante) ensayo sobre la novela, sostiene que el modelo usado por Zelazny para configurar TeI fue el independentismo sionista. No: el modelo fue la Europa de posguerra y el colonialismo diplomático estadounidense. Y ahí está la paradoja: Myshtigo, el vegano (el estadounidense), es escritor, como Zelazny. Ergo, Myshtigo es Zelazny, lo cual no deja de ser curioso, porque, pese a mostrar al final cierta grandeza, se trata de un personaje realmente antipático.

No olvidemos, por otro lado, que la novela está narrada en primera persona por Conrad, lo cual implica que el punto de vista que adopta Zelazny no es el del colonizador, sino el del colonizado. Es decir, Zelazny se pone en la piel de un europeo para intentar analizar la política exterior de los EE. UU. y las relaciones entre ambos continentes. Y lo hace con gran lucidez y sentido crítico, aunque en mi opinión peca de cierta ingenuidad, al proponer un final optimista que el paso del tiempo y el actual gobierno Bush se han encargado de refutar. Los imperios se cimientan sobre la fuerza, no sobre la colaboración.

Aunque, en el fondo, nada de esto importa. El sustrato ideológico contribuye a «densificar» la novela, pero lo fundamental de TeI es que se trata de un apasionante relato de aventuras, lleno de personajes extraordinarios y narrado con vigor, sabiduría y pasión. Y algo muy importante: TeI nos ofrece un puñado de escenas literalmente imborrables. Tras su lectura, resulta imposible olvidar la locura de Conrad cuando se entera de la muerte de Casandra, o la pelea entre Hasan y el Hombre Muerto, o la inesperada —y sangrienta— aparición de Bortan, el perro mutante del protagonista, o el enfrentamiento entre Hasan y Conrad, quizá el mejor duelo que ha dado la ciencia ficción, junto con “Arena”, de Fredric Brown.

Todo eso (y mucho más que me dejo en el tóner de la impresora) hace de Tú, el inmortal una obra maestra, probablemente la mejor novela de aventuras jamás escrita por un autor de ciencia ficción. Así que un consejo: si no la has leído, cómprala y disfrútala. Y si ya la has leído, haz como yo y vuelve a leerla.

César Mallorquí