Fantasía heroica para lectores maduros

Waylander y Los dominios del lobo, de David Gemmell

En la introducción a Waylander del primer tomo recopilatorio inglés del ciclo de Drenai, Gemmell responde una de esas preguntas que le formulan todos los escritores: «¿De dónde saca la inspiración?». Y lo hace de una manera tan poco romántica que uno se pregunta si no hubiera sido mejor quedarse con la duda. Gemmell era el editor de un pequeño periódico local que estaba a punto de hundirse por la presión de un duro competidor. La lucha de David contra Goliat fue trasladada más o menos fielmente a un universo de fantasía heroica (incluso cita los personajes nombre por nombre) y se convirtió en la novela que nos ocupa.

Gemmell, que a esas alturas ya era un escritor de éxito (Waylander es la tercera novela del ciclo de los Drenai: la publicación española sigue la cronología interna de las obras y no su orden de publicación) e impartía conferencias para aspirantes a escritores, cuenta que la novela nació de una frase (la primera del libro) que había citado en una de esas charlas como ejemplo de cómo no comenzar una novela.

Después de unos antecedentes tan pocos estimulantes, ¿con qué nos encontramos? Pues con una novela de fantasía heroica sin pretensiones y que cumple sus objetivos con total solvencia. Ni más ni menos. Si el lector quiere una de esas obras que nos cambian la manera de ver el mundo tras su lectura, mejor que busque en otro lado. Si pretende pasar un buen rato y trocar sus preocupaciones por las del protagonista, difícilmente encontrará una novela más adecuada. Eso sí, con una carga moral mucho más explícita de lo habitual en el género. Gemmell no escribe para adolescentes. En sus obras no vamos a encontrar al jovencito huérfano que sin él saberlo está destinado a recuperar el trono que le fue arrebatado a sus padres y/o a salvar el mundo, tan común en la fantasía «onanista» que ocupa la mayor parte de las estanterías dedicadas a la literatura fantástica de las librerías. Sus protagonistas son guerreros de mediana edad que ya están de vuelta de todo, cansados y desencantados, pero con un imperativo moral que los lleva a dejar de lado su bienestar (relativo) y sacrificarse una vez más por el bien común, tal vez como una forma de redimirse de sus pecados. Sí, a mi también me recuerda al Clint Eastwood de Sin perdón.

Se puede acusar de rancia o fascista a la fantasía heroica como género, y sin duda Waylander participa de estos problemas. Vamos, que podría ser lectura de cabecera de Bush Jr. si algún día se decide a leer algo que no sea la Biblia. Pero, tomada con la distancia que precisa este tipo de obras, nos encontramos ante una buena historia de salvación a través del sacrificio, con aires épicos que, si bien en algún momento nos pueden resultar demasiado forzados (Gemmell se pasa a la hora de hacer que sus protagonistas se enfrenten a enemigos muy superiores en número), en sus mejores pasajes nos acercan a obras mayores como Lone Wolf & Cub. Como éste, Waylander es un asesino a sueldo, después de que su familia haya sido asesinada en una de las constantes escaramuzas entre reinos que asolan su mundo. Tras matar al rey de los drenai (los buenos) y provocar una guerra abierta entre estos y los vagrianos (los malos), se ve envuelto a su pesar en una búsqueda que puede modificar el sentido de la confrontación. Sin ánimo de estropear la emoción de la lectura, digamos que, a través de esta búsqueda, el personaje hace una especie de borrón y cuenta nueva espiritual y se gana una nueva oportunidad.

La segunda novela del ciclo, Los dominios del lobo, es por un lado una decepción y por otro una obra más redonda. Vemos al protagonista «jubilado» y cuidando de su hija Miriel, pero, como era de esperar, la tranquilidad de que Waylander ha disfrutado durante los años que transcurren entre ambas novelas se ve rota cuando un antiguo amigo pone precio a su cabeza y éste tiene que usar de nuevo su ballesta para solucionar sus problemas y, de paso, los de Drenai. Otra historia que hemos leído muchas veces anteriormente —de ahí la decepción—, pero que en manos de Gemmell adquiere nueva fuerza a través de un impecable diseño de personajes, en especial el de Miriel. Ésta no sólo es la catalizadora de la trama, sino que (citando de nuevo la introducción a la edición inglesa) nació como personaje tras la observación «voyeurística» de una vecina del autor y fue el condimento que le faltaba para escribir esta continuación, tan esperada por los seguidores del asesino recalcitrante

Si hay algo que redime a Gemmell de sus pecados es el inteligente tratamiento de sus personajes. En Waylander, el dualismo que crea entre Dakeyras y el sacerdote Dardalion: mientras que el protagonista pasa de ser asesino a héroe (del Mal al Bien), el sacerdote pasa de abrazar una fe ultrapacifista a convertirse en un poderoso guerrero (del Bien al Mal). Ambos llegan al final de la novela con el mismo nivel de moralidad, tras cumplir su cometido en la vida, en un perfecto yin-yang que los humaniza y acerca al lector. En Los dominios del lobo el autor, aprovechando la familiaridad del lector con Drenai y Dakeyras, se centra en la creación de los secundarios, a quienes dota de facetas que en la novela anterior solamente los protagonistas merecían.

Son estos detalles, más que sus tramas tan comunes, o su estilo, funcional pero nada espectacular, los que elevan al ciclo de Drenai por encima de la competencia y nos muestran un grado de madurez que hace a su autor digno de figurar en las estanterías de cualquier lector amante del género.

Òscar Buenafuente