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EL ATAQUE DE LOS CLONES Siempre es un placer conocer a un jedi Tres años después de la decepción que supuso para muchos de nosotros el estreno de La amenaza fantasma, George Lucas y su troupe de magos vuelve por sus fueros en su crónica del ascenso y caída de una República y un aprendiz de brujo llamado Anakin Skywalker. Han pasado diez años desde los sucesos relatados (?) en la película anterior y los acontecimientos que todos imaginábamos desde 1977 empiezan a encajar. Y parece que, aunque la fe nos ha fallado a muchos desde la deslavazada narración del Episodio I, Lucas tiene muy claro de dónde viene y adónde quiere llegar en su saga galáctica. Como era de esperar, El ataque de los clones es un festín de efectos visuales, la creación continuada de un mundo de fantasía tras otro. La película bebe de la estética de autores fantásticos como Moebius (véase el álbum El Incal o su prodigiosa The Long Tomorrow para comprobar que la logradísima secuencia de persecuciones y caídas en Coruscant bebe de ahí y no de Blade Runner). También bebe de clásicos como Alma Tadema (en los idílicos paisajes latinos de Naboo). Bebe, por último, del cine que Lucas ama y en el que se inspira, incluyendo la conclusión del homenaje a Centauros del desierto que se inició en la película anterior; a las películas de James Bond en la investigación por parte de Obi Wan Kenobi; a la autorreferencia cinematográfica en el homenaje (propio o de su equipo) al cartel de American Graffiti encarnada en la camarera robot del burger galáctico; o la intervención Duval ex machina de los clones del título en una secuencia aérea que remite a la película de Francis Ford Coppola que tendría que haber dirigido el propio Lucas. Súmense además las referencias al propio universo cuyo futuro ya conocemos, y muy ciego habría que estar para no admitir que Lucas ha hecho una película para fans, casi un bocatto di cardinale para buenos gourmets, entregando lo que éstos demandan y, en más de una ocasión, llegando allá donde los fans no podían haber imaginado. Son los detalles en segundo plano los que enriquecen una narración que (como en toda la saga de Star Wars, reconozcámoslo de una vez) siempre se ha caracterizado por su simpleza adolescente, por su transvase kitsch de elementos del tebeo y la serie B: el sillón donde Palpatine se sienta y que es el mismo sillón donde luego va a sentarse cuando ya se ha convertido en emperador; el Guardia Rojo personal que ha sustituído a la Guardia Azul del Senado; los símbolos de lo que luego va a ser el Imperio en las naves de los propios caballeros Jedi... y, ya en segundo término, los cameos de Sebulba, los hombres-morsa, los jawas y su camión gigantesco, el futuro speeder de Luke en la cacharrería de la granja de humedad, el golpe que Jango Fett se da en la cabeza con la puerta de su nave, paralelo al que su clon convertido en stormtrooper se dará en el Episodio IV... La película funciona sacando tajada incluso de lo que podríamos considerar defectos narrativos. Es cierto que las secuencias amorosas entre el enardecido Anakin y la bellísima Padme adolecen de una falta de diálogos conseguidos... pero no podemos olvidar que Anakin es un adolescente impetuoso y antisocial, un inmaduro que tiene en sus manos o en su mente un poder que no controla y no tiene parangón, incapaz de reflexión en todo momento. En ninguna parte se nos ha dicho que el futuro Darth Vader tuviera que ser un poeta. La traducción y el doblaje, además, provocan algún molesto equívoco inexistente en la versión original. Por otro lado, Lucas no olvida en ningún momento lo que está contando, y por encima de la historia de amor esbozada en tres rapidísimas pinceladas subyace una lección política que, en su simpleza, denuncia la simpleza de las actitudes fascistas. El diálogo entre Anakin y Padme respecto a la solución para el sistema, y la propuesta del futuro Señor de Sith indican ya claramente que la semilla no del Lado Oscuro, sino del nazismo incipiente que va a desembocar en el Imperio está ya en su interior, y que no va a hacer falta la muerte de Shmi Skywalker para que, de un modo u otro, Anakin de el paso (¿de gigante o de enano?) que lo convierta en Darth Vader. El otro gran golpe maestro de la historia nos da con la realidad en las narices. La intervención del denostado Jar Jar Binks en esta película, apenas unos minutos, se convierte en clave absoluta para explicar la trama de corruptelas políticas que tan soberanamente teje Palpatine (y hay que hacer ver que son muchos los espectadores —e incluso críticos «oficiales»— que aún no se han dado cuenta de que el futuro Emperador y el sibilino Palpatine son la misma persona). Jar Jar se convierte así en el gungan de paja, en la piedra angular de toda la hexalogía, justificando su existencia en apenas un minuto de pantalla. Es Palpatine, sobriamente interpretado por un palidísimo Ian McDiarmid, quien se revela ahora como centro en la sombra de las seis películas, y es Palpatine y su elaborado plan para conseguir poder absoluto lo que casi justifica la existencia de una pirueta tan sobre vacío como fue La amenaza fantasma. Palpatine, nos lo muestran las escenas, juega a varias barajas, corrompiendo y sobornando, seduciendo y no manchándose nunca las manos. Es el equivalente galáctico de Ricardo III, y su discurso ante el atónito Senado imperial es de antología. También, con apenas un par de líneas, se nos cuenta cómo Palpatine está detrás de la incertidumbre y la impaciencia de Anakin, cómo halaga sus oídos diciéndole que puede ser el Jedi más grande de todos, cómo le impele a hacer caso a sus sentimientos... mientras que Obi Wan, su desbordado maestro y mentor, intenta en todo momento (en vano, como vemos al final) que discierna entre emociones y responsabilidades. Tarde o temprano, alguien debería recontar la saga galáctica desde el punto de vista de Palpatine, cuyo misterio se hace cada vez más grande... y cuya resolución va a convertirse en el mayor handicap que tendrá George Lucas para resolver su historia en el Episodio III. Subyace además la idea, quizá incluida a posteriori pero con gran acierto, de que en las enormes dimensiones de la Galaxia se nos está contando una historia familiar, una tragedia de tintes épicos donde todos se conocen o, mejor, donde todos están relacionados por lazos afectivos. No sólo en la obvia y futura relación de los Skywalker, sino entre los propios caballeros Jedi, que al ser testigos de la caída de su Orden son también testigos del deterioro de su propia familia. Star Wars se va revelando como una historia que pasa de padres a hijos, de maestros a alumnos y a los alumnos de éstos cuando se han convertido en maestros. Descubrir que Yoda fue maestro de Dooku y que éste lo ha sido de Qui Gon Jin, maestro a su vez de Obi Wan, que lo será de Anakin y más tarde de Luke, refuerza la débil línea que separa el amor del odio, la tragedia de la alegría, lo cósmico de lo íntimo. El siempre genial Yoda es el único que de momento parece consciente de todo lo que se va a perder o ya se ha perdido con ese ascenso del Lado Oscuro que nubla sus poderes y permite a Darth Sidious campar a sus anchas por la misma capital de la República galáctica. En algún momento se dice, muy de pasada, un dato importantísimo: alguien está asesinando a los Jedi más allá del plan para crear un ejército de clones, y tras la escaramuza final, apenas vemos en pie una docena de ellos. El Lado Oscuro ya tiene ganada las guerras clon antes de que éstas hayan empezado siquiera. George Lucas había anunciado hace años el paralelismo que quería lograr entre esta primera trilogía y la anterior (que es, menudo lío para mis hijos, la que viene luego). Lo que a primera vista, descreídos que somos, pudiera parecernos falta de inspiración o ganas de repetir los esquemas por pura comodidad comercial, se va revelando como importante estructura narrativa: si Star Wars fuera un poema épico (¿y acaso alguien duda que lo es?) y nosotros los espectadores-oyentes de la canción de gesta, es el paralelismo entre escenas lo que cuadraría la rima. Una vez más, Lucas nos obliga, con cada película que presenta, a cambiar la perspectiva de todo el corpus anterior. Una vez más, los indudables aciertos de esta nueva entrega revalidan la épica y la poesía y la ternura y el humor y la genialidad de la segunda trilogía. El paralelismo buscado entre Anakin y Luke, padre e hijo, adquiere características de pura epopeya, y en sus similitudes y, sobre todo, en sus diferencias se encuentra la razón de ser de toda la trama, de toda la épica que es Star Wars. A iguales estímulos, padre e hijo reaccionan de manera diferente, y la nobleza y la racionalidad de Luke, y su victoria final, reivindican y revalidan esa historia de superación y heroísmo (Luke no sólo reivindica a Anakin, sino también el fracaso de Kenobi) que es el tema central de la canción que nos están cantando con lentísimo cuentagotas. Atención al trabajo interpretativo del joven Hayden Christensen, quien parece componer su personaje a partir de Clint Eastwood y su lenguaje corporal. La sombra de Darth Vader se cierne sobre él más allá de sus escarceos vanidosos o sus feromonas desatadas: hay desprecio en sus modales cuando regresa con su madre muerta y no es capaz de entregársela a su esposo, pasando de largo; hay ira contenida contra Obi Wan, que supone el principio de la realidad contra el principio del placer que él busca y Palpatine potencia; hay odio no disimulado en la portentosa escena de la revelación de su genocidio... y cómo rubrica John Williams ese su primer paso hacia el abismo del Lado Oscuro (¡qué inteligente es George Lucas al cortar ahí la escena, con la música, cuando en el guión original el diálogo entre Anakin y Padme continuaba unas líneas ya innecesarias!). La sombra de Darth Vader, decía, se cierne sobre él no sólo en el paralelismo que la música hace con el ya olvidado peón Darth Maul cuando surca en la motojet los terrenos rojizos de Tatooine, sino cuando (en contraposición a lo que hará luego Luke) sale de la granja de humedad y no se detiene a contemplar la puesta de los soles (ya les decía que Anakin no es un poeta, ni tiene la necesidad de Luke de soñar con otros mundos): Anakin se vuelve y vemos su sombra proyectada sobre la casa, remedando uno de los carteles de La amenaza fantasma, donde esa sombra era ya, sin ambiguedades, la silueta de Darth Vader que aquí insinúa su peinado. El aparente final feliz demuestra que la película continúa tejiendo su red de engaños. La música de Williams y los acordes de la marcha imperial (y la mirada de tristeza de un Bail Organa/Jimmy Smits a quien esperamos ver con más profusión en la próxima entrega) que está anunciando el final de la República con la llegada del ejército de clones que en teoría va a protegerla es cine puro, imagen que narra prescindiendo de todo lo demás. La boda también se cierra con una escena intrigante, con ese brazo protésico que anuncia que Anakin ya se ha iniciado o está ocultando que es Darth Vader. ¿Quién puede negar que Anakin, tras la masacre que realiza sobre los incursores tusken a la manera de lo que no fue capaz de hacer John Wayne, no está ya sumergido de lleno en ese Lado Oscuro que nubla la visión a los Jedi? Y, ya puestos, dentro de tres años, cuando todo se precipite y el telón del tercer acto caiga... ¿se atreverá Lucas a repetir el paralelismo que parece estar pidiendo a gritos la relación entre Anakin y Palpatine? ¿Revelará en algún momento el futuro emperador de la galaxia, manipulador de mentes y de hombres, señor de los midiclorianos, esa frase tan terrible, tan definitoria de «Yo soy tu padre»? Rafael Marín |