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EL FONTANERO DE KUBRICK
(Extracto) Durante casi dos décadas Stanley Kubrick estuvo intermitentemente obsesionado con un proyecto para una película de ciencia ficción que presentaba a un niño robot, conocida originalmente como Supertoys y finalmente llamada A.I. (por Artificial Intelligence, inteligencia artificial). La inspiración vino de un relato corto del autor británico Brian Aldiss titulado “Los superjuguetes duran todo el verano”, publicado por primera vez en un número especial de Harper’s Bazaar en 1969, el año no sólo del primer alunizaje, sino también del estreno de 2001: Una odisea del espacio. En 1969 yo era un joven profesor que enseñaba literatura en un par de universidades de Tokio. Cómo admiré, mientras veía la película desde un asiento estrecho en un cine japonés, la pura amplitud del Hilton Orbital de Kubrick y de la nave espacial Discovery rumbo a Júpiter, por no mencionar la magnitud de su visión y la de Arthur C. Clarke. Siete años después me convertí en escritor de ciencia ficción a tiempo completo. A comienzos de 1990, estando en mi casa en un pueblecito inglés a sesenta millas al norte de Londres, sonó el teléfono. El ayudante de Stanley Kubrick, Tony Frewin, se presentó y me dijo que Stanley quería hablar conmigo. ¿Por qué conmigo? Supe que Tony había telefoneado a varios agentes especializados en libros de ciencia ficción para preguntarles a quién consideraban un escritor con muchas ideas brillantes, y varias de mis recopilaciones de cuentos, como Slow Birds y Evil Water, fueron debidamente entregadas a Stanley. Tony me ofreció un chófer para conducirme (y devolverme) a la mansión de las afueras de St. Albans, a treinta y dos kilómetros al norte de Londres, donde Stanley vivía desde hacía años en un retiro enigmático, muy lejos de Hollywood. Casualmente, St. Albans, la ciudad romana de Verulamium que Boadicea quemó hasta los cimientos, es mi ciudad natal, aunque me criaron en el noroeste de Inglaterra. Como preparación para mi visita, debía leer un relato que se me enviaría enseguida mediante un mensajero. (Como descubriría, el interés de Stanley en un proyecto podía desaparecer durante años, pero tan pronto como reaparecía, las cosas debían suceder instantáneamente.) Incapaz de obtener ninguna otra pista acerca del tema de mi visita y sintiendo un cierto escalofrío, del estilo que se siente al entrar en la guarida del león, preferí conducir hasta allí en mi propio coche. Unas horas más tarde el mensajero llegó y me entregó un paquete que contenía nueve páginas de papel de fax con el texto de “Los superjuguetes duran todo el verano”, descolorido como si hubiera sido sacado de un viejo archivo. Sabía, por los cotilleos de las revistas, que el escritor norirlandés Bob Shaw había estado trabajando recientemente con Stanley en «un proyecto de ciencia ficción» que debía ser éste. Bob era el inventor del «cristal lento», que permite a sus propietarios mirar nostálgicamente a través de sus ventanas y ver visiones del pasado, y se había mudado del Ulster, sacudido por los tumultos, al noroeste de Inglaterra, a 240 kilómetros en tren de St. Albans. La historia de Aldiss, que era o muy contradictoria o muy ambigua, dependiendo del punto de vista, resultó estar situada en una sociedad futura superpoblada. Para controlar los nacimientos, sólo se permite el embarazo si se obtiene un permiso en la lotería semanal del Ministerio de Población. Durante varios años Monica, que no tiene hijos, ha ansiado ganar el permiso. Como sustituto tiene un niño sintético, David, junto con su osito de peluche robótico. David, patéticamente desconcertado, se preocupa por si es real y si su mamá lo quiere, mientras que el osito de peluche interactivo y simplón le ayuda con torpes consejos. Adecuadamente informado acerca de cómo encontrar la mansión, unos días después salí de una de las carreteras principales a las afueras de St. Albans y entré en una zona verde privada que albergaba un primoroso pueblo en miniatura de casas construidas originalmente para los trabajadores de la finca por el dueño, el millonario y propietario de caballos de carreras Jim Joel. Stanley había comprado la mansión, de entre cincuenta y cien habitaciones (las estimaciones varían), y el terreno circundante. Continué por un sendero de ochocientos metros atravesando explanadas de cercados y pastos hasta que llegué a una modesta verja de seguridad. Pulsando el botón de un intercomunicador en un poste, me identifiqué ante Tony. La verja se abrió y me dejó pasar. Conduje pasando plantíos de arbustos hasta una casa de huéspedes, el feudo de Tony junto al paseo, y hasta un patio cubierto de grava con un bloque de establos vacíos frente a la fachada de la mansión. Autor de One Hundred Years of Science Fiction Illustration, publicado en 1974, Tony había trabajado con Stanley en 2001 y después se convirtió en su ayudante personal. Resultó ser un tipo amistoso y divertido, de gustos amplios y rebuscados, que detestaba a Edith Sitwell (que casualmente está enterrada en el pueblo vecino del mío). Mi recuerdo de ese primer encuentro con Stanley se entremezcla con el de muchos otros, pero la impresión que permanece (pues su apariencia nunca cambiaba) es la de una figura excéntrica y desaliñada, de párpados oscurecidos tras las gafas, calvicie incipiente y barba desarreglada, vestida con pantalones amplios, una chaqueta con muchos bolsillos y bolígrafos, y viejas zapatillas de deporte raídas, con un humor seco peculiar y afable, de una tremenda capacidad intelectual que podía oscilar de forma desconcertante de un tema a otro muy diferente. Nunca dominé la topografía de ni siquiera una parte del piso bajo de la casa, pero sus cuevas laberínticas incluían un cine en miniatura donde Stanley podía estudiar los últimos estrenos en privado y a oscuras, un cuarto de ordenadores enorme y sepulcral donde dos gatos que nunca veían la luz del día se deslizaban como apariciones, un cuarto de control de subtítulos (como yo lo llamaba; más tarde volveré sobre esto), una sala de billar sin mesa de billar y llena de libros y sillones donde Stanley y yo nos sentaríamos a lanzarnos ideas durante horas incontables, con excursiones ocasionales a dos cuartos de baño situados en un pasillo oscuro, y la enorme cocina, mucho más alegre, que daba al patio y al jardín, donde compartí el primero de muchos almuerzos con Stanley antes de trasladarnos a la sala de billar. Ese primer almuerzo consistió en comida china para llevar, traída desde el cercano Harpenden por el chófer italiano de Stanley, Emilio d’Alessandro, a quien llegaría a conocer bien, y que se convertiría en mi guía de las peculiaridades de Stanley y el apoyo de mi cordura en varias ocasiones, de la misma forma que Tony me informaría de ciertas reglas de la casa diseñadas para conservar la felicidad de Stanley, como no mencionar nunca La naranja mecánica salvo si el propio Stanley sacaba el tema a relucir. Y cuando no era necesario que yo supiera qué estaba tramando Stanley, entonces Tony tampoco lo sabía, aunque lo supiera perfectamente. En nuestro primer encuentro, Stanley habló brevemente de algunos de mis cuentos. Como yo no había visto La chaqueta metálica, estrenada tres años antes pero que aún no se encontraba a la venta en los videoclubes, sino que sólo se alquilaba (una de las obsesiones de Stanley era ser extremadamente cuidadoso con la gestión económica de sus películas), me dio una cinta de video. También un ejemplar de Pinocho, de Carlo Collodi, acerca de ese muñeco que anhela ser un niño real pero que acaba metido en apuros, y un libro sobre inteligencia artificial de Hans Moravec, Mind Children. La película iba a ser una versión picaresca y robótica de Pinocho, partiendo del cuento de Aldiss, pero la trama se había empantanado. Aldiss había trabajado en un desarrollo del cuento en 1982, y también recientemente, según parecía. (Después, Tony me dijo que Aldiss fue despedido por enviar por fax «basura banal».) Entonces se contrató a Bob Shaw, pero sólo sobrevivió seis semanas. La trama se había ramificado: Nueva York inundada por el calentamiento global y el comienzo de una nueva era glacial, pero Stanley no quería que yo viese nada del material de mis predecesores, aparte del relato seminal. En su lugar, quería que escribiese un cuento original de 12.000 palabras, haciendo lo que yo quisiera con la historia de Aldiss y las principales ideas existentes hasta la fecha —No te preocupes por él. El cuento me pertenece —respondió Stanley con ligereza, cuando mencioné que, casualmente, Aldiss me odiaba. (—El cabrón no sólo me despidió, sino que además contrató a mi enemigo —declaró Aldiss a un fanzine, muy ofendido. Dándose cuenta de su indiscreción, a continuación intimidó al director de la revista para que recuperase los ejemplares y volviese a imprimir la página en cuestión.) En el curso de nuestra conversación, Stanley descubrió que yo apoyaba al Partido Laborista, entonces en su undécimo año en la oposición, y especialmente a figuras de extrema izquierda como Tony Benn y Ken Livingstone (aficionado a los tritones y a la ciencia ficción, y al que había entrevistado en una Convención Mundial de ciencia ficción en Brighton), y que incluso me había presentado como candidato laborista. Stanley acogió con incredulidad mis opiniones políticas. —Si los laboristas llegan al poder —juró—, me iré del país. —Temía quedar arruinado por las políticas de aumento de impuestos a los ricos, aunque finalmente nunca abandonó Inglaterra, sin duda porque el Nuevo Laborismo elegido en 1997 ya no se parecía demasiado a un partido socialista. Así que en marzo de 1990 me contrataron por 20.000 dólares para escribir 12.000 palabras. Tres semanas después envié el resultado por correo, y Stanley pidió verme de nuevo. Mis ilusiones de haber diseñado una trama utilizable se desvanecieron a los pocos minutos de llegar a la mansión para compartir otra comida china para llevar. Mi cuento no servía para el proyecto (adiós, cuento, ahí y entonces, para no ver nunca la luz del día) pero a Stanley le gustaba la forma en que lo había escrito. ¿Querría yo trabajar con él en el desarrollo de la historia semanalmente? Warner Brothers me telefonearía para hacerme una oferta. Warner Brothers efectivamente telefoneó a la mañana siguiente, pero en lugar de proponerme un sueldo como me había esperado, de improviso me preguntó cuánto quería que se me pagase cada semana. —No sabemos cómo evaluarle. ¿Es usted de los bajos? ¿De los altos? ¿De los medianos? —De hecho, mido un metro setenta. |