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EVASIÓN EN LA GRANJA La generación de animadores británicos que sorprendió en los años 80, comienza a ver como sus nombres tienen un sitio en el nuevo Olimpo del género creado en Hollywood a partir del éxito de La sirenita (The Little Mermaid, 1989), la película de Disney que rompió el límite comercial y artístico que habitualmente se otorgaba a este tipo de producciones, abriendo el cine de animación hacia una audiencia masiva y provocando también el interés de un público más amplio hacia el cortometraje, formato habitual de la especialidad. Pero antes de todo ello, Aardman Animations, la compañía fundada en 1972 por Peter Lord y David Sproxton, ya era popular en Gran Bretaña a través de la pequeña pantalla, consiguiendo modernizar la vieja técnica de la animación fotograma a fotograma aplicada especialmente a modelos de plastilina. El éxito del videoclip de la canción Sledgehammer de Peter Gabriel supuso el comienzo de la fama internacional de la compañía que se consolidaría definitivamente gracias a Creature Comforts (1989) de Nick Park, que llegaría a conseguir el Oscar de Hollywood al mejor corto de animación. Tras el éxito de Creature Comforts, Nick Park se convirtió en el líder indiscutible de Aardman, a lo que contribuyó el boom que provocó una extraña pareja de personajes concebidos por el autor: el despistado inventor Wallace y su fiel e inteligente perro Gromit. A Grand Day Out (1989) fue la primera aparición del dúo en la pantalla, pero el éxito masivo llegaría con The Wrong Trousers (1993) y A Close Shave (1995) dos obras maestras de la animación llenas de fino humor, personajes irresistiblemente cómicos y excelentes secuencias de acción que ganarían también el Oscar de la categoría. Desde ese momento, Aardman se convirtió en una megafactoría de animación fiel a su estilo, abierta a nuevos talentos y con gran influencia en el campo de la televisión, la publicidad y el videoclip. A consecuencia de la guerra abierta en la industria de la animación de Hollywood entre el gigante Disney y Dreamworks, la nueva major creada por Steven Spielberg, David Geffen y Jerry Katzenberg, las necesidades de encontrar nuevos filones que atrajeran a los espectadores fueron apabullantes. Disney había conseguido resultados brillantes en el campo de la stop-motion con Pesadilla antes de Navidad (A Nightmare before Christmas, 1993) , aunque su apuesta más innovadora surgió de la implantación en formato de largometraje del dibujo infográfico, empresa que emprendió aliándose con la firma Pixar, liderada por Jonh Lasseter y que, hasta ahora, ha generado tres filmes prácticamente redondos como son Toy Story (1996), Bichos (Bugs, 1998) y Toy Story 2 (1999). Katzenberg y los suyos reaccionaron aliándose con Pacific Data y creando la brillante Hormigaz (Antz, 1998) pero el estudio necesitaba una apuesta más sugerente e innovadora, por lo que el exdirectivo de Disney volvió a seguir la pista de Aardman, a la que ya había tentado en su mandato en la compañía reina de la animación. Cuando la joven compañía y los responsables de Aardman llegaron a un acuerdo éstos presentaron un corto piloto sobre la idea que al final se convertiría en Chicken Run, dejando muy claro que no iban realizar un largometraje sobre Wallace y Gromit, sino una historia completamente nueva, con personajes diferentes aunque con el peculiar look de la casa y enteramente basado en la animación stop motion. Park y Lord crearon una historia que es un claro homenaje a un clásico indiscutible del cine de acción, La gran evasión, uno de los films favoritos del dúo. Tim Farrington, el director artístico habitual de Aardman, fue el encargado de llevar a buen término los escenarios en miniatura necesarios para el rodaje: una granja que imita las barracas de un campo de concentración nazi, donde los pollos protagonistas planean una fuga histórica para evitar convertirse en pasteles prefabricados. Farrington volvió a utilizar el estilo estético de la posguerra que ya había ilustrado los cortometrajes protagonizados por Wallace y Gromit, sobre todo en lo que respecta al uso de determinados artilugios mecánicos muy propios de los años cincuenta. En Chicken Run encontramos todas las tipologías habituales de los filmes de evasiones, desde el líder (aquí una gallina llamada Ginger) hasta el héroe a la fuerza (Rocky, el gallo al que pone la voz Mel Gibson) pasando por secundarios de peso (el viejo gallo Fowler o el dúo de ratas contrabandistas) hasta llegar a la pareja de villanos, los Tweedys, pareja en la que destaca el elemento femenino, una especie de Cruela de Vil con tendencia al exterminio de plumíferos. En tiempos de Dinosaur, el espectacular artificio digital de Disney, Chicken Run apuesta por lo artesanal, sin renunciar al lógico empleo de los efectos digitales para el embellecimiento de fondos y paisajes. El resultado de todo ello es simplemente asombroso, sobre todo en las secuencias de acción del filme, donde había que coordinar a multitud de personajes y gadgets. Es ejemplar en este sentido la secuencia en la que Ginger es introducida en la máquina de fabricar pasteles y es rescatada por Rocky, en todo un ejercicio de planificación que no envidia a las trepidantes escenas de En busca del arca perdida o producciones similares. La perfección técnica del equipo de Aardman llega a un extremo de paroxismo en el clímax final, cuando los plumíferos protagonistas consiguen al fin escapar mediante la construcción de un curioso aeroplano movido a pedales y logran llegar a la tierra prometida de los pollos en libertad; secuencias rodadas mediante un modélico dominio del suspense, la acción y la sucesión temporal propia del cine de animación más clásico. Y es que Chicken Run se sitúa a distancia de otras propuestas actuales del cine de animación demasiado empeñadas en parecer películas de imagen real (ver sino la citada Dinosaur o Titan A.E.) o de dar una visión ácida y alternativa de la realidad social y/o política (South Park). La película de Aardman y Lord es animación en estado puro, quizá despojada de la poesía y sentido de lo maravilloso que tenía Pesadilla antes de Navidad o, en menos grado, James y el melocotón gigante, pero dotada de un sentido de la abstracción genérica que la eleva a las cimas donde Lassetter y sus creaciones digitales parecían dominar en solitario en los últimos años. Chicken Run es un ejemplo de que la técnica stop motion no ha muerto tras la espectacular imposición de los efectos digitales, sino que continúa viva y capaz de atraer a los espectadores a las salas de cine, evitando la reclusión en campos más limitados como el cortometraje o la publicidad. El maestro de este tipo de composición, Ray Harryhausen, demostró su entusiasmo tras su visita al plató de rodaje de Chicken Run y habló de «la pervivencia de una técnica que va más allá del resultado de las imágenes. La animación fotograma a fotograma es magia, algo imperecedero que necesitan muchas de las películas que vemos en la actualidad». Harryhausen fue el mentor de uno de los principales miembros del equipo de Chicken Run, el animador Merlin Crossingham, que colaboró con el mítico especialista en su último trabajo, un spot publicitario de snacks con dinosaurio incluido. Crossingam afirma que «el trabajo para este primer largometraje de Park y Lord fue tremendamente complicado por la cantidad de secuencias de acción que tiene el filme, así como por la especial coreografía de muchos momentos, más complicados de conseguir que si fuera un auténtico musical». Efectivamente, la película de Park y Lord no tiene las típicas canciones de las producciones Disney, pero sus personajes se mueven y organizan en muchas ocasiones con la misma disciplina que exige una danza o una coreografía. Nick Park recuerda que «el trabajo que ha requerido esta película sólo se puede medir teniendo en cuenta que las dos últimas entregas de Wallace y Gromit tenían una duración de media hora, mientras que este filme es de más de 75 minutos, lo que supone que al final del rodaje hemos invertido treinta veces más tiempo que, por ejemplo, en At Close Shave». Uno de los retos a los que debieron enfrentarse los creadores del filme fue el problema de la escala, pues los personajes humanos y los pollos tienen diferente tamaño. Al respecto, Lord afirma «que este tema constituyó una auténtica pesadilla, pues si construyes modelos de plastilina de gran tamaño, estos pierden credibilidad y los detalles de sus rostros pasan a ser simples grumos de material. Al final decidimos utilizar dos escalas de tamaño para los pollos, según compartan la escena con los humanos o no. El resultado es magnífico y las imperfecciones que se puedan percibir son conscientes. No estamos trabajando con un software de precisión como en Toy Story o Bichos, sino con animadores humanos y modelos de plastilina. Queremos un resultado artesanal, lejos de la fría perfección». Los propósitos de Lord se han cumplido con Chicken Run, pues estamos ante un producto mucho más barato y humilde que sus competidoras veraniegas, pero mil veces más vigoroso e inteligente. El sutil sentido del humor británico que se percibe en cualquier de sus fotogramas (sobre todo en determinados personajes como la gallina sumisa Babs, que no para de hacer media cosiendo una soga cuando las cosas parece que van a salir mal), la negra ironía de algún fotograma (los huesos de una gallina asada en la mesa de los Tweedy), las innumerables referencias y chistes cinéfilos del metraje (desde las citadas La gran evasión o En busca del arca perdida hasta Traidor en el infierno ) o la soberbia planificación del filme hacen de este primer largometraje de Aardman todo un hito del cine de animación que puede competir con dignidad con lo último en tecnología digital o tradicional y, sobre todo, salir ganando del enfrentamiento. La respuesta comercial en Estados Unidos ha sido sorprendente, pues la película ha recaudado ya 97 millones de dólares en dos meses escasos de exhibición y será uno de los privilegiados productos de animación que traspasarán la frontera de los 100 millones de dólares en el mercado norteamericano, una cifra que hasta hace pocos años estaba reservada exclusivamente a las producciones de Disney. Este éxito comercial esta basado en la inteligente campaña de marketing realizada por Dreamworks en su lanzamiento americano, aprovechando frases de filmes ultracomerciales en cartel para hacer chistes al respecto. Así, el lema promocional de Gladiator, «El general que se convirtió en esclavo. El esclavo que se convirtió en héroe» pasa a ser en manos de los pollos de Aardman «El huevo que se convirtió en gallina. La gallina que se convirtió en héroe». Igualmente, siguiendo los pasos de Misión imposible 2, se decía al final de los spots televisivos «este huevo se autodestruirá en cinco segundos». No cabe duda de que la firma capitaneada por Spielberg ha creído desde el primer momento en la viabilidad comercial de Aardman en la gran pantalla y en formato de largometraje y ha hecho que Chicken Run sea una realidad rentable y artísticamente laureada. No hay que decir que la respuesta en Inglaterra ante el estreno del filme no ha podido ser más entusiasta, pues ha llegado a superar en este país las cifras de la triunfal secuela de Misión imposible del tándem Woo-Cruise y parece no tener rival durante la estación veraniega, pudiendo llegar a hacer sombra a cualquier producto animado o de imagen real que llegue de los Estados Unidos y convirtiéndose en el producto británico más comercial del año 2000. En el resto de Europa se espera igualmente que Chicken Run constituya un hit a la altura de productos de género mucho más ambiciosos, algo que no sería de extrañar tras el éxito sorpresa en España en el presente verano de la excelente versión cinematográfica de South Park, que tras haber estado retenida un año por Warner lleva camino de ser una de las películas de las vacaciones para desesperación de ciertos padres aterrorizados por el lenguaje y la escatología del producto. Y es que el cine de animación, tras haber demostrado durante las últimas temporadas que encierra más calidad e innovación que el resto de las propuestas que nos llegan, ha dejado de ser un producto casi marginal para alcanzar la salas con fluidez, como demuestran los estrenos veraniegos de películas que, en otras épocas, hubieran sido pasto del directo a vídeo, como El hombre que hacía milagros o Historia de una gaviota (y del gato que le enseñó a volar). Los excelentes resultados comerciales de Chicken Run provocarán sin duda la aparición de nuevos proyectos basados en el stop-motion, los modelos de plastilina y la animación no tradicional. De momento, Dreamworks y Aardman se disponen a colaborar de nuevo en una segunda producción basada en la fábula de la liebre y la tortuga, que no será dirigida por Park ni Lord, pues éstos prefieren concentrarse en la preparación de un largometraje de sus personajes más populares: Wallace y Gromit. Aardman conserva de este modo su personalidad, amplia su proyecto a la gran pantalla y no se somete tampoco a un proceso de sumisión ante una major norteamericana. Chicken Run, al igual que las producciones de Pixar para Disney, demuestra que es posible la colaboración entre creadores independientes y grandes compañías, y que los resultados de la misma pueden ser satisfactorios. Con estos pactos y la excelente respuesta del público de todas las edades ante la animación, el género parece tener una vida garantizada en todos sus frentes, situación que sin duda favorecerá la aparición de nuevos valores motivados por el crecimiento de la industria y la posibilidad de poder realizar trabajos con una cobertura presupuestaria y promocional importante. Chicken Run, como Toy Story o South Park, es algo más que un excelente producto de animación o una gran película, es un síntoma de la excelente evolución artística y empresarial del cine de animación, un sector que parecía vivir una eterna crisis a comienzos de los años 80 y que productores como Spielberg, mentores como Katzenberg o genios del calibre de Lasseter o Park han renovado y convertido en la parcela más innovadora, fértil y sorprendente del actual cine de consumo a gran escala. |