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LA BIBLIOTECA FANTÁSTICA
ASALTANDO EL QUIOSCO
Si echamos la vista atrás tres o cuatro años, acudirá a nuestra memoria una situación sin precedentes y que —ojalá me equivoque— ya parece irrepetible: los estantes de novedades rebosando de libros aún calentitos pregonando en sus portadas temas tan variopintos como el cine japonés de monstruos, el porno, el peplum, las reinas de la serie B o las películas de «marcianos». Las manifestaciones más subterráneas de la cultura salían a flote, encontrando cronistas y editores dispuestos a cantar sus excelencias y a ilustrar en sus recovecos a un público lector hasta entonces resignado a informarse exclusivamente en textos de referencia anglosajones. Este boom reivindicativo del subgénero tropezó con la triste realidad de que el núcleo «duro» de los aficionados —aquel capaz de exprimir su cartera sin contemplaciones ante cualquier guía o ensayo que halague sus preferencias— no forma en nuestro país una masa suficientemente amplia para mantener saneadas las cuentas de resultados de tantas colecciones nuevas, y algunas de las pioneras, como Serie B de Midons, acabaron por sumirse en un sueño que se presume eterno, mientras otras —Dr. Vértigo, de Glénat— se replanteaban su política y dejaban que el tiempo se dilatara más y más entre cada nuevo título. Por el contrario, algunos recién llegados al negocio editorial no creen imposible captar ese público que abarrota las salas de proyección pero no compra material impreso y se han lanzado a la arriesgada aventura de atraer su atención a través de revistas con todo el lujo del color y el papel satinado. Si tenemos en cuenta la triste suerte de tentativas anteriores, como Blade Runner Magazine, la edición española de SFX o Fantastic Magazine —que acabó reconvertido en revista para quinceañeras— sólo podemos descubrirnos y admirar su atrevimiento. Nos ocuparemos en este número, por tanto, de tres de esas iniciativas, que no dejan de contener sus gotas de extravagancia. Quizás la más llamativa es la nueva intentona de distribuir en España una edición de la revista norteamericana Fangoria. Esta publicación especializada, sobre todo, en el cine de terror, ya había llegado anteriormente a nuestros quioscos de la mano de Ediciones Zeta; pero, aunque en aquel entonces arrancó con una buena acogida, las ventas fueron decreciendo número a número hasta el punto de hacer inviable su continuidad a la altura del treinta y cinco. Ahora, el relevo lo ha tomado Megamultimedia, una pequeña empresa situada en Málaga, lejos de los tradicionales centros editores, y que parece encontrarse cómoda en el terreno de los contenidos marginales. Ambas versiones de Fangoria tienen en común su aprovechamiento de los fotolitos americanos y el conceder muy poco espacio a las colaboraciones autóctonas —¡Cómo añoramos muchos aquellas socarronas críticas literarias de Albert Solé!—, por lo que difícilmente encontraremos un verdadero feedback con el lector/espectador. Además, la revista original siempre se ha caracterizado por no ejercer demasiada discriminación al elegir sus contenidos, dedicando idéntica atención —y elogios— al más ínfimo producto carne de videoclub como a la última sensación de la temporada. Difícilmente la recomendaría a nadie que buscara una guía crítica, pero sí a aquellos fanáticos de los datos de rodaje y a la filmografía más excéntrica, sobre todo si sienten debilidad por la vertiente más gore del género fantástico. Megamultimedia también es la patrocinadora de Draculina. Tenemos aquí un raro híbrido que conjuga la afición al fantástico más casposo con el erotismo, regalándonos entrevistas con aspirantes a actrices y reinas del grito apoyadas en un muy elocuente material gráfico sobre sus virtudes anatómicas, a buen seguro principal reclamo para el comprador. Más allá, la publicación no nos ofrece gran cosa... En un mercado tan amplio como el norteamericano, donde toda rareza encuentra una base consumidora suficiente para sostenerse, aunque sea sólo al nivel de las small press, no podemos extrañarnos que una revista de tal naturaleza lleve años en el mercado y no muestre síntomas de desfallecer ¿Y en España? ¿Hay suficientes freaks capaces de rascarse los bolsillos ante muchachas de buen ver que utilizan como única vestimenta un liguero negro y una dentadura postiza a modo de vampíricos colmillos? Yo lo dudo mucho, pero el tiempo es el que da y quita razones. A la caza de un público menos excéntrico, pero igualmente especializado y endogámico, tenemos Star Wars Magazine, de nuevo mera traducción de una revista concebida y escrita al otro lado del charco, a mayor gloria de George Lucas y sus sagas cinematográficas. Hay que decir que ésta es, con diferencia, la mejor editada de las tres publicaciones comentadas: papel e impresión excelente, magníficas ilustraciones y fotografías, una maquetación alegre y elegante... Todo un lujo que exige un único requisito para conquistar al lector: que éste sea un incondicional de La guerra de las galaxias y nunca le sobre, en su ánimo completista, añadir una anécdota más o conocer las opiniones de cualquier secundario olvidado entre los infieles. ¿Que no le interesa saber cómo son los taxis aéreos de Coruscant o qué sentimientos albergaba Pernilla August al empezar a interpretar a la madre de Anakin Skywalker? Entonces Star Wars Magazine no está hecha para usted y mejor será que busque otros pastos de lectura, pero habrá de reconocer conmigo que tal aluvión de revistas especializadas en torno al fantástico resulta interesante e inédito. Lo malo sería que, como con la gripe, la fiebre durara un par de días y luego desapareciera sin dejar ningún rastro... Ay, a los perros viejos no nos queda ni el consuelo del optimismo. |