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LA MIRADA DEL OBSERVADOR
LA AMENAZA DEL SOLILOQUIO FANTASMA
Fines e inicios de año son, sabido es, momentos de hacer propósitos, plantearse el sentido de la vida y trazar nuevas cartas de navegación que trasegar en futuras singladuras. Así intenté hacerlo, créanme, pues la dureza con la que he sido flagelado últimamente por el sumo lectorado habíame sumido en un mar de desconcierto, depresión y despiste generalizados. Tenía una guía, sí, mas de carácter meramente biótico —mis células insistían en tirar palante—, pero no podía quitarme de la cabeza muchas y horribles dudas. ¿Sería verdad que lo único que me gustaba era «machachar» cruel y abusiva-mente pobres peliculitas indefensas? Hombre, no, pues recuerdo que Dark City la puse altísimamente bien, pero... Ah, claro, eso es que no se me entiende ni cuando lo tengo claro, así que ya ni mentemos lo que pasa cuando hablo de cierta película poligonal que, como detectó un sagaz corresponsal indagador, terminó cortocircuitándome el tablero neuronal y cerrándome las retinas. Lo veía todo negrísimo, cuando... ¡Milagro! He hallado la luz, soy un hombre nuevo, estoy que me salgo y todo, todito se lo debo al bendito de David Pringle y a uno de los ejemplos estilísticos de cómo-no-hay-que-hacerlo con que nos deleita cada mes en Interzone: «Su mente adiestrada por la selva le había enseñado a usar su mente para el propósito para el cual había sido concebida». Si un epígono de Burroughs consiguió vender y cobrar una tarzanada que incluía tales perlas, ¿por qué voy a arredrarme yo ante mis obvias insuficiencias, limitaciones y demases? Así pues, átense los machos y cíñanse las pamelas, que vengo dispuesto a arrasar... Empecemos, sorpresa, con un binomio de títulos que me permito recomendarles, y conste que ahora tecleo sin asomo de sarcasmo ni cachondeo, porque 1) sus intenciones son mínimamente loables, 2) los resultados se encuentran a la altura de sus intenciones y la ejecución material del producto logra lo que se propusieron sus creadores a la hora de concebirlos, y 3) ambos son buenos exponentes de un cine fantástico digno, tragable y moderadamente entretenido. Hábloles de Mi gran amigo Joe y The Faculty (Walt Disney Home Video y Lauren respectivamente), y paso a exponerles los motivos en los que me baso para esgrimir las afirmaciones anteriores. Empecemos por el gigantesco gorila dirigido y escenificado por el normalmente muy fiable Ron Un-derwood, que ya nos hizo felices años ha con la curiosa Temblores, y obviemos los tradicionales mesamientos de crines y rasgamientos de sayas con que lo acogió cierta crítica, más papista que el papado, al reprocharle la blasfema caradura de osar rehacer nada menos que un clásico como El gran gorila. Han osado, sí, y quienes se quejan deberían recordar que el original era francamente penoso —su aspirante a cronista aún recuerda con pasmo el momento en que el primer Joe sostenía en ristre al piano y a la mozuela en un club nocturno mientras ésta cantaba, en todos los sentidos, que era un primor—, y es justo reconocer que se han tomado la molestia de pergeñar una historieta que, sin ser nada del otro mundo, puede asimilarse sin retortijones de ripas y, por encima de todo, que dan una auténtica lección de FX digitales, mecánicos y de toda clase: Joe, damas y caballeros, evoluciona en la pantalla ante nosotros y está allí con tal realidad, verismo y sustancia que incluso le perdonamos alguna que otra referencia cinéfila solapada y sus intentos de excitarnos la secreción lacrimal. Como ya era hora de que el pesado de Rodríguez hiciera algo que pudiera verse sin vergüenza ajena, sigamos con The Faculty y constatemos que se conforma con narrar un intento de invasión alienígena obviamente cobijado por la sombra de Don Siegel y las inevitables citillas metatextuales (da gusto lo duchos que andamos ahora en arqueología del género, pardiez, y todo gracias a Kevin Williamson), de Robert Heinlein entre otros. No es mucho, pero la plasmación vuelve a ser impecable, las monstruosidades y desga-liches se dejan ver con franco agrado (seguramente gracias a la presencia del eximio dibujante de cómics Bernie Wrightson en el equipo de diseño), y la historia fluye de forma más o menos efectiva y ágil. Vamos, que las dos pueden verse sin peligro e incluso con cierta satisfacción... Cuando el terco psicópata del que nos ocuparemos a continuación espeta que Aún sé lo que hicisteis el último verano (Columbia-Tristar) no está atribuyéndose ninguna proeza mnemotécnica, desde luego, pues se limita a afirmar que recuerda cómo fue atropellado por unos chavalitos que se dieron a la fuga tras creerlo fiambre sin que él lo estuviera, cosa que produjo el lógico cabreo en nuestro asesino munido de garfio y chubasquero. Nos hallamos ante más de lo mismo, evidentemente, sólo que todavía peor que antes: ahora tenemos a unos cuantos adolescentes atrapados en una isla turística tropical que, ay, es clausurada por la llegada del primer ciclón de la temporada y vemos, sin prisas pero sin pausas, cómo sucumben uno a uno bajo las acometidas de nuestro hosco y rencoroso liquidador. La previsibilidad, estulticia y falta de atmósfera del asunto son tan notables que, sinceramente, hubo momentos del visionado en que un servidor añoraba zarrapastrosidades similares, pero más entretenidas, de los años en que una Cannon liderada por Golam y Globus llenaba de psicopatías varias nuestras pantallas. Sólo un factor curioso presenta el engendrito, y es que en algunos momentos casi parece tratar de inaugurar una nueva variante del género a la que podríamos llamar terror episte-mológico: el saber no ocupa lugar y siempre es útil, se nos advierte, y si nuestros tontitos/as supieran cuál es la capital de Brasil no habrían ido a parar al apuro en que acaban en-claustrados; y, aunque fueran a vararse en él, si supieran que apellidarse «Benson» quiere decir que eres el-hijo-de-Ben, oh, oh, tal vez habrían estado más en guardia y no habrían perecido que es un primor. Por lo demás, silencio y hacerle un hueco en la basura... La sombra del faraón (Lauren), dirigida por Russell Mulcahy, aquel de los inmortales peleones, acumula entusiásticamente todos los tropos, disparates y extravagancias de las últimas décadas del género para servir a una causa que, sinceramente, merecía ser un poquito mejor servida. Hete aquí que se nos cuenta la historia de un egipcio, y no se trata precisamente de Sinuhé, que cometió las peores tropelías imaginables a lo largo de una voluntariosa carrera de genuflexión ante los dioses oscuros y, faltaría más, pagó por ello el precio usual en casos de tan clara raigambre lovecraftiana: el faraón, entre jarto y espeluznado, mandó al ejército y el interfecto fue ajusticiado, maldecido y embalsamado a lo bruto. Primera pista, y discúlpenme lo facilón del gracejo pero es que resulta realmente irresistible: el tal faraón tenía lo que se dice muy, muy mala sombra. Cambio de tercio, entorno y reparto (adiós, por cierto, a nuestro ínclito Chris Lee, admirablemente bien conservado para sus años) y vamos al Londres de hoy, donde la desaparición del Museo Británico de los vendjes de la momia de Talos da el pistoletazo de salida a una frenética exhibición de FX histéricos, diálogos supuestamente ingeniosos que suenan a hueco, y despiste de un reparto atrapado en una historia imposible: tenemos, y conste que no exagero ni un ápice, vendas ectoplasmáticas dotadas de poderes sin cuento, asesinatos horrendos cuyas víctimas pierden ciertos órganos del cuerpo (por cierto, los agobiados guionistas acaban olvidándose de la glándula pituitaria pregonada en la imprescindible secuencia explicatoria), un detective oriental llegado de los USA que cree olerse la tostada sin detectar que le arde en el bolsillo, muertos que levitan y traen mensajes de la víctima sacrificial acosada... No sigo, que tampoco vale la pena: el carrusel de burradas es tan amplio y enérgico que termina sumiéndote en una estoica aceptación del ahí-me-las-den-todas, y lo cierto es que recibes que es un primor. Ahora bien —y como su sufrido escudriñador ha decidido emprender una campaña de positividad y se niega a ser acusado, again, de que sólo sabe ver el lado malo de las cosas—, les propongo una interpretación salvadora del engendro en cuestión: dado que Clute, Stephenson y demás popes de la SF se han apuntado a la teoría hermenéutica de que el mundo es un megatexto a descifrar doblado de manual de instrucciones para tal tarea, ¿por qué no ver la peli del Mulcahy como un apéndice de última hora a tal empeño? Pistas segunda, tercera y etcétera para dicho intento: a medio reencarnar, Talos le suelta a una víctima de lo más rolliza que él ha escrito los tres mil años de historia que dicha víctima enseña en su cátedra; la lista de agradecimientos de los títulos de crédito menciona a «las pacientes familias» de los productores; la abigarrada retahíla de personal que ha financiado el asunto incluye a la KNB EFX, Inc., lo cual demuestra que Kurtzman, Nicotero y Bergen han conseguido hacerse con unos ahorrillos a base de materializar engendros subconscientes mil... Y, ah sí, lo olvidaba: La sombra del faraón se ha rodado nada menos que en Luxemburgo y gracias a un extraño programa de la Comunidad Económica Europea dedicado, supone uno, a elevar el disparate a la categoría de disciplina científica. Si esto no es una joya, damas y caballeros, que venga Cartier y lo vea. Y nuestro inédito de la sección llega con Universo oscuro (Dreamtime, y adelanto que a la vista de lo pésimo que es el pobre, yo aconsejaría a la editora que se dejara de aventuras mercantiles inéditas y volviera a comercializar pornos, que siempre ha sido lo suyo y al parecer le forra bastante el riñón). Hete aquí que una misión espacial tirando a chusca y pobretona (la nave, el Nautilus, sólo tiene un piloto y sanseacabó, y el control de tierra sólo tiene a un machaca, el millonario que patrocina la misión) fracasa cuando la nave es invadida por unas esporas que desencadenan a bordo una aviesa plaga de morphing rampante. El infortunado piloto vuelve a tierra hecho un asco —hasta tales extremos que se convierte nada menos que en el monstruo de Biohazard reciclado, que ya es convertirse— y va difundiendo churretes anaranjados por un pantano hasta que se lo cargan, aunque la herencia pastosa que ha esparcido por ahí invita a estremecerse ante la posibilidad de una segunda entrega. La catadura del asunto es decididamente abismal, algo que no extrañará a nadie si digo que andan involucradas en él eminencias de la serie-Z tan excelsas como Jim Wynorski y Fred Olen Ray. Ya sé que ninguno de ustedes, so ingratos, capta la magnitud del peligro que corre mi intelecto al acometer tales pesquisas excavatorias, pero tengan en cuenta que me exponen a cumbres de lógica y genio narrativo como la de que alguien, al preguntársele por qué no quemamos al monstruo con gasolina, responda con un inapelable «Porque no tenemos gasolina». Así se habla, chicarrón mío... Pues esto ha sido lo que dio de sí la cosa por hoy y, siendo moderadamente optimistas, me permito decir que entre lo inéditos y lo que va emigrando desde las salas comerciales parece que el panorama se anima un tantillo. Para la próxima, deidades varias mediante y en el supuesto de que haya logrado reunir el valor necesario para exponerme a las inevitables lapidaciones que me traerá ello, quizá les cuente qué opino de The Matrix... Hasta entonces, y permanezcan lo más sintonizados que puedan. |