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EL SEÑOR DE LOS ANILLOS. LAS DOS TORRES Cazando orcos Les comentaba hace ni-se-sabe-cuántos-Stalkers que, tras el estreno de El señor de los anillos: La comunidad del Anillo, el buen pulso narrativo y la fidelidad a la novela original presagiaban que las sucesivas entregas mostrarían las escenas épicas más audaces jamás vistas en el séptimo arte. No sólo no me equivocaba, sino que ahora la gran duda es cómo va a ser capaz Peter Jackson de superarse a sí mismo después de la apabullante puesta en escena de Las dos torres. Hay de todo (casi todo excelente) en esta nueva visita a la Tierra Media y su particular guerra civil. Jackson retoma a los personajes que apenas dejara esbozados en el capítulo anterior y, con tres o cuatro pinceladas, abunda en las características psicológicas necesarias para su espectáculo. Cierto, quienes defienden fidelidad absoluta a la novela (¿por qué esa exigencia de respeto a Tolkien y no a Cervantes o tantos otros, me pregunto?) farfullan ahora contra las distintas motivaciones de unos y otros, de si Faramir es diferente (y sin duda más rico) en letra impresa, o de si los elfos no acuden a ser masacrados en el Abismo de Helm. Poco importa (y, estoy seguro, la visión definitiva de las tres películas en la inevitable «versión extendida» en DVD nos hará ver que las piezas encajarán de otra manera muy distinta). Jackson tiene el tren eléctrico más espectacular del mundo y desbroja la novela de cuantos episodios colaterales pudieran lastrar su narrativa para ofrecer tres horas de acción a raudales que s e pasan volando. El cine, en buena hora, ha podido más que el respeto cuasi tabú a la letra impresa que pudiera haber tenido la adaptación del primer tercio de la historia. El gato (o mejor, el pez) al agua se lo lleva un actor infográfico que demuestra que no sólo hay que disponer de una perfección de movimientos y un lenguaje corporal propio para calar hondo en el espectador. Más redondo que Yoda, el inefable Jar-Jar Binks o el reciente elfo de Harry Potter, el dolorido y doblegado Gollum es sin duda la estrella de la función, tanto por lo bien hecho que está como por la enorme cantidad de humanidad, tristeza, locura y soledad que ya de por sí son características del personaje literario original. Incluso uno de los defectos achacables a la película, el aparente poco espíritu que Elijah Wood parece prestar a Frodo y su proceso de degradación física y moral, queda perfectamente explicado en esas miradas que ambos comparten, en cómo Frodo ve sus propios ojos, su propia fisonomía, y por ende su propio futuro reflejado en el sufrimiento de Gollum. Donde Sam no comprende, Frodo sufre y se proyecta. Frodo sabe que algún día será Gollum, y eso lo aterra y hace tender un puente hacia el inefable Smeagol. La capacidad de síntesis del cine resuelve en tres gestos y cuatro miradas toda una lección literaria. La batalla final remite al western, con indios postmodernos y séptimos de caballería que acuden en el último momento (aunque hay que aceptar la magia de Gandalf para justificar que no se estrellen contra ese muro de lanzas velazqueñas que plantan los orcos, oigan). Todo es apabullante en el ataque de los orcos, desde el sonido de la lluvia que cae contra las armaduras al barro que se pega hasta en el paladar de los contrincantes, pasando por los tres o cuatro momentos de camaradería y humor entre Legolas y Gimli, que se convierten en contrapunto jocoso y heroico a la vez, amigos de recia masculinidad que remiten al cine de Ford o Hawks. La situación de tensión absoluta y salvación imposible de esa fortaleza irreal y mágica remite también a los cómics de Príncipe Valiente: no me cabe ninguna duda de que Peter Jackson o alguien de su equipo es un enamorado de la saga de Hal Foster: la batalla en el puente entre Aragorn, Gimli y el centenar de orcos es un claro reflejo de la batalla en el puente entre el príncipe exiliado y la banda de vikingos, y el asedio a Helm y la desesperación de caballeros y mujeres ante el avance de la barbarie orca parafrasea la batalla de Andelkrag ante los hunos de Atila. Cierto que hay algún momento mejorable (que, insisto, sin duda serán «corregidos» cuando en Navidad veamos la versión extendida en DVD): la aventura de Pippin y Merry no parece tener la misma importancia temática que las otras dos escenas paralelas, y la batalla de los ents no tiene la misma fuerza —ni se le dedican los mismos minutos— que la otra gran batalla de la que somos testigos. La lucha entre los ents y las fuerzas de Saruman (aquí descrito claramente como un tecnócrata rendido a la revolución industrial) me recordó, perdónneme ustedes, a la lucha de los ewoks contra las tropas imperiales en Endor: la desproporción de fuerzas era igual de grande y tampoco me la creí. Algún día habría que recontar los muchos paralelismos existentes entre la saga de Tolkien y la de Lucas, por cierto. Quizás porque los hobbits tienen poca chicha más allá de la caminata y el enfrentamiento interior de Frodo y la pesadez de Sam (que todavía, como en el libro, no ha demostrado su enorme grandeza), Jackson se decanta claramente por Aragorn como héroe de la película y, posiblemente, de la trilogía, a la espera del momento máximo de destrucción del Anillo. De entre todas las escenas, mi favorita es aquella donde me parece ver una maldad por parte del director. ¿O no les parece a ustedes que los humanos que van a unirse a las fuerzas de Sauron con sus olifantes y estandartes tienen un claro, clarísimo aspecto árabe? Rafael Marín EEUU-Nueva Zelanda, 2002. T.O.: The Lord of the Rings: The Two Towers. Director: Peter Jackson. Productores: Peter Jackson, Barrie M. Osborne, Tim Sanders y Fran Walsh. Guionista: Fran Walsh, Philippa Boyens y Peter Jackson, sobre la novela de J.R.R. Tolkien. Fotografía: Andrew Lesnie. Música: Howard Shore. Intérpretes: Elijah Wood, Ian McKellen, Viggo Mortensen, Sean Astin, Liv Tyler, Billy Boyd, Dominic Monaghan, Orlando Bloom, Christopher Lee, Cate Blanchett, John Rhys-Davies, Miranda Otto, Bernard Hill, Brad Dourif, Andy Serkis y Hugo Weaving. Color. |