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EL SEÑOR DE LOS ANILLOS: LA COMUNIDAD DEL ANILLO Otro episodio uno Como ya sucediera con el Episodio Uno, el estreno de El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo viene precedido en buena medida de un bombardeo mediático que ahoga en buena parte cualquier posible análisis de la película, problema que se acrecienta por tratarse de un trasvase de medios y no de una historia original. Dicho de otra forma: el abajo firmante no es capaz de separar el libro de la versión cinematográfica, no sabe si sin conocer los entresijos de la historia y de lo que está pasando en la pantalla (y de lo que vendrá en sucesivas nuevas entregas) la película pueda tener enganche al no ser un producto puramente cinematográfico, sino casi una experiencia místicorreligiosa para muchos. Dicho lo cual, la peli no decepciona. No es la octava maravilla del mundo, pero tampoco es la bazofia de la que algunos medios la han acusado en desproporcionado rebote antiglobalización. Es correcta, apasionante en ocasiones, entretenida casi todo el rato, con un diseño de producción apabullante. Dado el material de partida y su dificultad intrínseca de adaptación, no se podía hacer mejor. Cualquier pretensión de «literalidad» hacia el libro era empresa imposible, y las escasas licencias que se han tomado no me parecen descabelladas, sino bastante clarificadoras. Puestos a ponerle pegas, tal vez lo que más me repela sea el respeto al canon estético. Debe ser, lo reconozco, porque yo leí el libro cuando el actual bombardeo visual ni siquiera se intuía, y siempre me gustó aquella idea del viejo Tolkien de que los libros no deberían tener ilustraciones para no coartar la imaginación de quien los lee. Aquí, me temo, el peso de Alan Lee ha sido decisivo en la adaptación, barriendo para casa —sin duda estaba en su derecho—, pero por desgracia eso conlleva que el público entendido no se sorprenda visualmente, porque no se juega a mostrar algo nuevo, sino al reconocimiento. (Me temo que el público no entendido se sorprendió más con La amenaza fantasma, de donde parecen inspirados más de uno y más de dos planos.) Personajes y paisajes (y hay momentos sublimes, por supuesto) son demasiado de recortable. Algo parecido sucedió, no sé si recuerdan ustedes, con la adaptación que de la vida y pasión de Cristo hizo Zeffirelli: más que una película, era un cromo continuado. Aquí (a mí) me pasa más o menos lo mismo. Me habría gustado ver una adaptación plástica algo más personal. En ese sentido, la película pertenece más a Alan Lee que a Peter Jackson. Con algún tropiezo en su ritmo narrativo (casi hay dos partes claramente diferenciadas y, de haberse tratado de una miniserie televisiva, el final del primer capítulo hubiera quedado a punto de caramelo cuando la riada se lleva a los jinetes negros), convencen poco las escenas de acción: la coreografía es en ocasiones confusa, demasiado pegada la cámara a los cuerpos, nada que ver con las claras evoluciones de los —ejem— caballeros Jedi del mencionado e inevitable Episodio Uno. La música, aceptable la mayoría de las veces, carece de un leitmotiv reconocible, posiblemente un intento de huir de las fanfarrias de John Williams pero que hace un flaco favor a la historia y su implantación como icono sonoro, además de estético y literario. Las cancioncillas de mi ex adorada Enya sólo sirven para ampliar el tono monjil y cuasicristiano con que son presentados los miembros de la Comunidad (¡si hasta parece que Aragorn se santigua cuando la palma Boromir!), y es una pena que no se haya recuperado aquel bello y movido tema de Sally Oldfield donde, además, se cantaba el poema característico («Three rings for the Elven king», etcétera) que —oh, extrañeces— no se recita como tal en toda la película. Eso de repetir tres veces tres la escenita donde le cortan la mano a Sauron resulta un poco... ¿abusivo? Con todo, la caracterización de los personajes es quizá lo que más flojea: prácticamente hasta los últimos minutos de la cinta no llegamos a sentir empatía y cariño hacia ellos. Boromir como tal no es presentado por su nombre hasta que a Frodo se le cae el anillo en la nieve, siendo hasta ese momento el otro humano con barba que puede confundirse con el humano de apodo un tanto ridículo (¿nadie ha sido capaz de decirle nunca a los Tolkien o a los encargados de Minotauro que «Trancos» tiene un doble sentido muy muy muy feo?). El difícil pulso con que está narrada la historia se estiliza conforme se va llegando al final, por lo que es de esperar que en el clímax de la tercera película podamos encontrarnos con algunos de los mejores momentos épicos que jamás haya ofrecido el cine. Lo malo, jolín ya, es tener que esperar dos años. Rafael Marín EEUU-Nueva Zelanda, 2001. T.O.: The Lord of the Rings: The Fellowship of the Ring. Director: Peter Jackson. Productores: Peter Jackson, Barrie M. Osborne, Tim Sanders y Fran Walsh. Guionistas: Fran Walsh, Philippa Boyens y Peter Jackson, sobre la novela de J.R.R. Tolkien. Fotografía: Andrew Lesnie. Música: Howard Shore. Intérpretes: Elijah Wood, Ian McKellen, Viggo Mortensen, Sean Astin, Liv Tyler, Billy Boyd, Dominic Monaghan, Ian Holm, Orlando Bloom, Christopher Lee, Cate Blanchett, Sean Gean, John Rhys-Davies y Hugo Weaving. Color. |