MONSTRUOS, S.A.

¿Quién quiere un ogro verde teniendo un oso azul?

Existe una raza de hombres que oculta bajo barbas densas y panzas ostentosas esqueletos de niños que los llevan, acicateados por la experiencia de la vida adulta, a dar cuerpo a sus viejos sueños para el disfrute de sus sucesores. Admiro mucho a esa raza, porque me recuerda que la niñez es la época en la que tomamos forma, en la que se configuran nuestros anhelos, en la que todo goce es un éxtasis y todo dolor un suplicio. Una época de extremos.

Claro que cosas como Monstruos, S.A. no tienen nada de suplicio, sino de simple y puro placer ante el trabajo bien hecho. John Lasseter, impulsor de esa ciudad de los niños perdidos que es Pixar, lo ha vuelto a conseguir, a pesar de que en esta ocasión no figure como director (da lo mismo: se nota su mano en el producto final, ese toque de humor absurdo que nos remite a las raíces primeras de la risa). Monstruos, S.A. es mejor que Toy Story y muchísimo mejor que Toy Story 2 y que Bichos. Todavía diría más: está a años luz de cualquier producción de su competidora, Dreamworks, incluyendo a la otra obra maestra de la animación de este año, Shrek.

¿Por qué tanto entusiasmo? Pues porque me fascina que alguien me pueda clavar a la butaca (a mis años, ay) con una historia tan simple y que en otras manos sería una aventurilla pastelera e insípida. Porque por un rato me he olvidado de fijarme en la calidad del modelado, de las texturas, de los sistemas de partículas y la animación individualizada del cabello de Sully (uno es un entusiasta de esto de las 3D), para centrarse en unos personajes soberbiamente doblados por John Goodman y Billy Crystal (olvídense del chico de Cruz y Raya y de Santiago Segura: son simpáticos, pero no dan la talla), bastante más expresivos que muchas de las estrellas del Hollywood actual (¿les he contado aquello del crítico norteamericano que escribió, a propósito del estreno de Final Fantasy: «Es la primera película con actores virtuales sin contar Pearl Harbor»? Pues eso). Me he reído a gusto con las muecas de felicidad y llanto de la niña Boo, que protagoniza uno de los gags más memorables que yo recuerde, a pesar de su (poderosa) sencillez: cuando ve por primera vez al monstruo azul (Sully), le agarra la cola con cariño, con ese afán posesivo de los bebés, y le dice sonriendo: «¡Gatito!». Y Sully se las pira gritando de terror. O la aparición de cierto monstruo famoso de las montañas nevadas. O la cena en un restaurante japonés llamado Harryhausen. O la operación de las fuerzas especiales cuando un objeto del mundo «exterior» entra en el universo de Monstruópolis. Por no hablar de la originalidad del planteamiento: la explotación capitalista de los gritos de niños aterrados para generar energía, para lo que se monta una empresa, la del título, en la que trabajan los protagonistas. La lista de gags resultaría interminable. Cinco estrellas como cinco soletes, vamos.

Alberto Cairo

EEUU, 2001. T.O.: Monsters, Inc. Director: Pete Docter. Productora: Darla K. Anderson. Guionistas: Andrew Stanton y Daniel Gerson, sobre un argumento de Peter Docter, Jill Culton, Jeff Pidgeon y Ralph Eggleston. Música: Randy Newman. Voces en la versión original: John Goodman, Billy Crystal, Mary Gibbs, Steve Buscemi, James Coburn, Jennifer Tilly, Bob Peterson, John Ratzenberger y Frank Oz. Color.