|
SOLARIS Conmovedora historia de amor Vaya por delante una advertencia: no he visto la primera versión de este filme, la de Tarkowski; por lo tanto, no puedo compararlas. Y creo que procedería de igual forma aún habiendo visto la versión soviética, ya que me parecen tremendamente injustas esas críticas de remakes que se limitan a decir que el original es mejor, y a glosar las virtudes del original en detrimento de la película que en realidad se debería estar criticando. Aunque bien es verdad que ciertos remakes se merecen tal tratamiento, y cosas peores. Tampoco voy a comparar el Solaris de Soderbergh con el Solaris de Lem, el libro. Abundo de nuevo en las razones anteriores: no me parece justo para la película, no es lo que se está comentando. Además voy a añadir una razón estrictamente personal: el libro de Lem me parece un soberano tostón. Consciente de ello, cuando escuché las primeras noticias acerca de la realización de una nueva adaptación de la novela de Lem por parte de Hollywood, y nada menos que la Fox, pensé que el camino escogido para la adaptación sería el de la trivialización. Convertirían Solaris en una película de misterio espacial, añadirían acción y efectos especiales, agilizarían la acción con un par de subtramas sacadas de la manga y, en fin, añadirían el largo catálogo de añadidos a su disposición para convertir una adaptación en algo completamente distinto del original. Tenemos ejemplos a montones. Comprobé cuán equivocado estaba aproximadamente a los cinco minutos de proyección. Soderbergh ha realizado un film lento, tenso, contenido e innegablemente dotado de una atmósfera elegante. Y uno de los mejores «desafíos a la etiqueta» de los últimos tiempos. Aunque en todas las reseñas y carteleras Solaris figurará como cinta de ciencia ficción (y de hecho esa debería ser la razón principal por la que aparece en esta revista, ¿no?), en realidad Soderbergh, Clooney y Cameron nos la han pegado con queso: Solaris es una de las películas más románticas que he visto en los últimos años. Entendámonos: cuando digo «romántica» no estoy hablando, lógicamente, de «comedia romántica». Me refiero a una película en la que el protagonista principal, la fuerza motriz de todo el metraje, es ni más ni menos que el amor. El psicólogo Kelvin recibe una llamada de auxilio de su amigo Gibarian, científico destacado en la estación espacial que orbita e investiga el planeta Solaris. Cuando acude, descubre que su amigo se ha suicidado y que en la estación ocurren fenómenos muy extraños. Tiene la ocasión de averiguarlo de primera mano en cuanto cae dormido: su esposa, Rhea, muerta en la Tierra en dramáticas circunstancias años antes aparece de nuevo a su lado. No recuerda cómo ha llegado allí, y posee recuerdos fragmentarios de su existencia en la Tierra, pero como si no fueran suyos, como si le hubieran ocurrido a otra persona. Está muy confusa y sólo recuerda lo siguiente: está enamorada de Kelvin. Y Kelvin, que se siente tremendamente responsable por la muerte de su esposa, ve en la llegada de esta copia (en ningún momento se juega con la idea de una «resurrección») una segunda oportunidad, la redención de sus errores pasados y una segunda vida al lado de la única mujer que ha amado. Kelvin se aferrará a esta posibilidad con todas sus fuerzas, irracionalmente, hasta sus últimas consecuencias, sin importarle ya ni la Tierra ni la misión ni la opinión de sus compañeros. Bajo esta premisa básica, Soderbergh ha construido uno de esos filmes antagónicos al estándar hollywoodiense con los que Hollywood nos despista de tanto en tanto. Es una película lenta, pausada, construida apoyándose firmemente en un acertado diálogo, recitado por un sólido y más que solvente elenco actoral, con un soberbio Clooney (muy alejado de su habitual repertorio de muecas) al frente y una espectacular Natasha McElhone dándole la réplica. Soderbergh nos va dando las pistas para desentrañar la historia poco a poco, mediante el uso de flash-backs que progresivamente nos van revelando las dos historias de forma paralela: qué le sucedió a la esposa de Kelvin en la Tierra en el pasado y cuál es el destino final de Kelvin y la falsa Rhea en Solaris. El uso de la fotografía es especialmente acertado en los flash-backs. En los recuerdos de Kelvin predominan los colores cálidos, leitmotiv que no es propio de las imágenes en la Tierra, como nos demuestran los primeros momentos del filme: sólo los recuerdos de Kelvin confieren esa calidez a las imágenes. Esto contrasta con la fría palidez azul de la estación, enmarcada de tanto en tanto con los colores espectaculares de la atmósfera del propio Solaris: se intuye al planeta como algo vivo y poderoso, una inteligencia que se niega a ser investigada y pasa a la «ofensiva», de tal manera que uno no tiene muy claro quién está investigando a quién en la estación espacial. Como dice Gibarian en uno de los momentos de la película, «Solaris no ofrece respuestas: sólo opciones». Absolutamente nada se le aclara al espectador, nada se da por hecho y en ningún momento se ningunea la inteligencia del respetable mediante explicaciones forzadas. Soderbergh ha preferido que cada cual extraiga sus propias conclusiones, que sean el propio ritmo y el lenguaje fílmico los que aclaren (o no) los puntos más oscuros del argumento. En resumidas cuentas, Solaris no es una película cómoda. No es, en absoluto, la típica película de ciencia ficción,aunque sí es una historia que los aficionados al género encontrarán de su agrado: evocadora, emotiva y plena de conflictos que, para variar, no se resuelven a puñetazos. Carlos Manuel Pérez EEUU, 2002. T.O.: Solaris. Director: Steven Soderbergh. Productores: James Cameron, Jon Landau y Rae Sanchini. Guionista: Steven Soderbergh, sobre la novela de Stanislaw Lem. Fotografía: Steven Soderbergh. Música: Cliff Martínez. Intérpretes: George Clooney, Natascha McElhone, Viola Davis, Jeremy Davies, Ulrich Tukur, John Cho, Morgan Rusler, Shane Skelton y Donna Kimball. Color. |