SOUTH PARK

Tú eres un cabrón hijoputa

No: no se alarme por el título anterior, lector que tan amablemente sostiene (en el sentido más físico, y en el otro) esta revista. Ni por un momento ha pasado por nuestra mente —algo perversa, eso sí, como admiradores que somos del género fantástico— la idea de ofenderle. Entre otras cosas, en Stalker cuidamos las formas; no le llamaríamos de tú con tan inconsciente liberalidad. La referencia al termino «cabrón hijoputa» (¡y qué gusto da encontrar una traducción no literal, hartos ya de tanto «bastardo» y «paramédico» como oímos en nuestras salas de proyección!) viene a cuento por ser hilo conductor —y cancioncilla peligrosamente pegadiza— de toda una película construida en torno al lenguaje soez, el chiste escatológico y la falta de respeto a todo lo (presuntamente) respetable.

Dicho lo anterior, el lector ya algo veterano podría pensar que nos encontramos ante una reedición naif de aquellas películas de Jaimito con que nos obsequiaba nuestra muy única televisión en los albores del destape. Lejos de esto —del mero chiste de «¡ha dicho culo! ¡ha dicho culo!»— South Park se adhiere a una de las tradiciones más imperecederas de la comedia: Aristófanes hacía salir a escena a sus actores portando enormes falos de madera, y ahora esas obras son teatro clásico y cultura de la subvencionable. ¿Dónde está la diferencia? Pues que en un caso la provocación muere en su propio vacío, apto quizá para escandalizar a un niño de guardería (de las de antes) o a alguna Asociación de Padres (de las de ahora), mientras que en el otro es una herramienta de disección que levanta los tejidos muertos de una sociedad y deja al descubierto sus vísceras defectuosas, sus complejos y su hipocresía.

No hay que olvidar que en la cultura anglosajona wasp la palabra gruesa no está, ni de lejos, tan integrada en el lenguaje coloquial como pueda estarlo en la nuestra. En un entorno en el que el termino «mamada» pesa mas para elegir a un presidente que las palabras «bombardeo», «IPC» o «salario base», el que unos niñitos, carne de Club Disney, remodelen su lenguaje en lo que —para algunos oídos— podría ser puro argot carcelario es seguramente más provocador que la más dura crítica social, tipo Ken Loach o asimilados. South Park lo aprovecha, y lo aprovecha bien, para hacer trizas todos los tabúes de la «corrección política». Uno tras otro, se van desgranando chistes impensables: sobre mujeres, gays, judíos, … no hay grupo social que no sea tocado por una misma e imparcial furia iconoclasta. Y cuando las barreras de lo impronunciable han caído entre los restos de palomitas, aún hay tiempo para arremeter contra hipocresías más profundas (impagable la referencia a la operación «escudo humano», asignada al único batallón negro de la mayoritariamente blanca comunidad Southparkeña). Desde el Imperio de American Beauty y la libertad ideológica vigilada, llega aire fresco para ventilar las habitaciones cerradas del pensamiento único. Para algunos, quizá sea un huracán.

Alejandro Salamanca

EEUU, 1999. T.O.: South Park: Bigger, Longer & Uncut. Director: Trey Parker. Productores: T. Parker y M. Stone. Guionistas: T. Parker, M. Stone y Pam Brady. Música: Marc Shaiman. Canciones y letras: T. Parker. Intérpretes: Dibujos animados. Color.