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SPIDER-MAN ¡Súbete por las paredes! La relación entre cine y cómic es sumamente llamativa. Ambos medios conforman la historia de la cultura popular del siglo XX, y siguen un lenguaje cuyas declinaciones son muy similares, por lo que no resulta extraño que rebosen los vasos comunicantes entre uno y otro. No sólo se adaptan las aventuras de los personajes más señeros del cómic, sino que los grandes clásicos del cine fantástico son llevados a la novela gráfica. La traslación de un personaje de cómic a la pantalla presenta un desafío nada desdeñable: hay que añadir movimiento y sonido a una serie de viñetas. Ahí radica la dificultad a la hora de llevar la empresa a buen puerto. Es sabido que el origen de las adaptaciones de cómic al cine se encuentra en el serial, el llamado «cine de pipas». Centrémonos en algunos ejemplos para analizar a los héroes de papel dentro del celuloide. Superman (Richard Donner) constituyó un hito en su época, pero su academicismo formal lastraba el conjunto. La excelente Batman (Tim Burton) impuso una estética tenebrista que de la que se hallan ecos en la grandiosa X-Men. Con todo, cuando Burton glosa las aventuras del hombre murciélago, las adorna más con oropeles cinéfilos que de tebeo. (De hecho, el director reconoce no ser un aficionado al cómic.) Hay que esperar al siglo XXI para ver el más perfecto maridaje entre ambos medios gracias a... ¡Sam Raimi y su Spider-Man! De todos es sabido que el proyecto fue acariciado durante años por James Cameron. Este lumbreras del cine de alto presupuesto nos hubiera ofrecido un producto limpio, de buena factura, espectacular, pero... Tuvo que llegar un amante del riesgo como Raimi para abordar el film como si de una serie B se tratara, con el desparpajo e irreverencia necesarios para amalgamar en la batidora todos los elementos a ritmo de anfetamina. Basta indagar en la propia vida del tío Sam para comprender por qué resultaba idóneo para este proyecto. De niño se sentía fascinado por lo fantástico y lo macabro, pero su madre sólo le permitía ver comedia; de ahí que su enfoque, cuando se adentra en el fantástico, sea heterodoxo a la fuerza. Raimi creció entre comedias de Jerry Lewis y la impagable compañía de los cartoon, en los que encontró la esencia del cine, su dinamismo extremo, la cámara que se mueve como una libélula... Por otro lado, podemos recurrir a la comparación. Siempre se ha tendido a asociar las películas de superhéroes con el arte pop (cuando no kistch). Tal vez por ello el Batman de 1989 trataba de dignificar un estilo habitualmente «desenfadado» por la vía dramática. Pues bien, Sam Raimi parece salir por la tangente. Tras unos excelentes genéricos (la partitura del ya imprescindible Danny Elfman), que remiten a la estética atómica de X-Men, se sucede toda suerte de juegos coloristas, líneas de diálogo agradecidamente tontorronas y una continua desdramatización que nos hace simpatizar con Peter Parker (un Tobey Maguire especialmente inspirado). En definitiva, este juguete lujoso se resiste a ser clasificado como entretenimiento caro, y parece derivar hacia la vertiente «bizarre para todos los públicos», tal y como se aprecia en la caracterización del Duende Verde, más propia de un serial catódico nipón tipo Bioman, o en los paseos por red y peleas del arácnido que, dentro de sus imperfecciones técnicas, rebosan encanto naíf y diversión de cine de barrio. Quien haya visto algún film de Raimi se hará una idea cabal del peligroso ritmo que tiene la cinta. (Más arriba se hacía alusión a las anfetaminas.) Spider-Man alcanza sus mejores momentos cuando el cineasta, sabedor del ritmo frenético de la cinta, se toma sus pausas, y Peter declara su amor a Mary Jane (una deliciosa Kirsten Dunst), mientras tía May espía, fingiendo dormir. ¡El primer plano de Peter, describiendo sus flaquezas y sentimientos, se sostiene minutos y minutos! Puede que muchos me tachen de blasfemo, pero Spider-Man parece aquello que los chicos de la Troma siempre han tratado de hacer, aunque con mucho menos talento, aunándolo con un espíritu juguetón no muy distante de aquellos telefilmes de los setenta. David G. Panadero |