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TARZÁN Diarrea de sentimientos Supongo que sería absurdo lamentar la escasa fidelidad hacia la obra de Burroughs que ofrece esta última producción Disney, porque todas las adaptaciones previas han pecado de lo mismo, aunque aquí más bien cabe apuntar cierto desconocimiento por parte de los guionistas; si no, ¿a qué viene que el malo se llame Clayton, que es el nombre de Tarzán? Sin embargo, no es esto lo peor. Lo peor es todo el resto. Ya todos sabemos que la Walt Disney Pro-ductions es un emporio industrial, que lo que busca es la compensación económica al máximo; la calidad es algo no ya secundario, sino por completo superfluo. Sí, técnicamente el film es impecable, faltaría más, dados los tiempos que corren, pero a todo le falta pasión, viveza, credibilidad. En los créditos finales figura que el guión —llámemoslo así eufemísticamente— parte de un argumento desarrollado por cerca de diez personas. Es decir, Fulanito se encarga de tal escena, Menganito de esta otra... Y así quedan los resultados. El film supone una concatenación de escenas sin ninguna armazón estilística, parece más bien una sucesión de sketches con los mismos personajes, pero no hay una narrativa concreta. Por lo demás, esa sucesión de escenas ofrece la misma secuencia estructural: se inicia con un conato de argumento, donde la finalidad es una situación concreta, para después abandonarla y ofrecer una mareante escena de acción, con una teórica steady-cam paseándose con Tarzán entre los árboles. Después, una interrupción y vuelta a empezar. El resultado es que Tarzán se asemeja más a una montaña rusa —ora velocidad desorbintante, ora paralización brusca— que a una película de verdad. De los personajes, mejor pasar. Sólo decir que da vergüenza ajena que un actorazo del nivel de Nigel Hawthorne deba pasar la humillación de poner voz al profesor Porter, personajillo cómico de la peor raigambre Disney. O que Jane, por actitudes y físico, esté más cerca de un simio que el mismo Tarzán. Por su parte, las canciones de Phil Collins —¿o habría que decir la canción?: todas parecen la misma— están empotradas en la trama de manera forzada: en pleno naufragio, con los padres de Tarzán en el mar tratando de salvarse ellos y al bebito, suena una cancioncita alegre; una vez llegados a la costa, en plena jungla africana, construyéndose un precario refugio, brota otra cancioncita alegre, como si estuvieran en realidad de camping. En fin, se trata de la típica basurilla comercial, que se basa más en las apariencias que en los resultados, y que fuerza a que los papás lleven a la chiquillería a verla a los cines —y después, a comprarla en video, y después, a consumir la serie de televisión sobre Tarzan Kids— que en absoluto busca crear algo parecido al arte. Que guste a los niños, puede comprenderse; que se la califique como perteneciente a la Historia del Cine, es una absoluta tomadura de pelo. Cine es Dreyer, cine es Welles, cine es Mizoguchi; esto es, simple y llanamente, basurilla comercial. Carlos Díaz Maroto |