THE RING. LA SEÑAL

Remake domesticado, sustos de verdad

Hace tres años, la película japonesa Ringu, del director Hideo Nakata, distribuida tarde, mal y nunca en nuestro país, lograba a pesar de todo un cierto culto entre los amantes del terror. La principal baza que jugaba para conseguirlo era una trama en que interactuaban de forma inteligente las leyendas urbanas, la tecnología y las historias de fantasmas: la tradición del género adaptada a la sociedad de hoy.

El remake americano sigue —a grandes rasgos, fielmente— el original nipón. No sería exagerado calificarlo de fotocopia, aunque naturalmente introduce pequeños cambios para que el producto resulte más comercial y más adaptado al consumidor de cine de Hollywood. Los protagonistas del film japonés, de rostros más cotidianos, son sustituídos por la típica pareja de cuerpos perfectos a lo Barbie y Ken: Naomi Watts, la bellísima australiana descubierta para el gran público por David Lynch en Mulholland Drive, y el guaperas Martin Henderson. También se añaden efectos especiales y más espectacularidad en algunas secuencias, como la de la muerte del caballo y, por supuesto, cuenta con algún plano gore más explícito que el original, aunque no por ello The Ring deja de estar basada en la atmósfera y no en la acción ni en la casquería. Tal vez la película americana adolezca de una puesta en escena un tanto televisiva, de planos breves y que abusa mucho del primer plano; Esto último sí, representa una ventaja a la hora de dotar de intensidad a las escenas más angustiosas.

Por lo demás, el mayor acierto en ambas versiones es el mismo: una vibrante escena inicial de lo más terrorífico en la que una adolescente se muere literalmente de miedo. Con este arranque en quinta, el interés del espectador hacia la historia queda más que garantizado, aunque, como es habitual, la indagación posterior sobre unos hechos en principio sugerentes e inexplicables desemboca en los lugares comunes del género: el inevitable fantasma víctima de una muerte violenta de la que quiere vengarse, como en El último escalón y Lo que la verdad esconde, por citar nada más que dos ejemplos recientes.

Llegado este momento, la película americana ofrece un posible final feliz cerrado, probablemente por si a los espectadores de los famosos pases previos al estreno habituales en los EE.UU. no les gustaba la conclusión por la que se optó finalmente, algo más arriesgada y más parecida a la del film japonés. La historia sigue y pega una interesante vuelta de tuerca: el fantasma deja de ser un buscador de justicia y se convierte en la encarnación del mal. En este punto surge la diferencia más llamativa entre el film americano y el original. En la versión japonesa el mal era combatido con lo que podríamos calificar como «el bien», una alianza entre varias personas que se ayudarían mutuamente formando un círculo; de ahí un título original (The Ring, el anillo) que no tiene tanto sentido en la versión americana, aunque sí bastante más que La señal, como se ha llamado en España, por razones difíciles de comprender. El film de Hollywood opta por una solución mucho más individualista: la protagonista libra a uno de sus seres queridos de un terrible destino sin que parezca importarle que otra persona vaya a sufrirlo. Al margen de otras consideraciones sociológicas o pseudosociológicas, este final más abrupto y menos optimista resulta comercialmente más sugestivo de cara a una posible y hasta podríamos decir que probable secuela, que también tuvo, por cierto, la versión nipona.

José Antonio López

EEUU, 2002. T.O.: The Ring. Director: Gore Verbinski. Productores: Lauire MacDonald y Walter F. Parkes. Guionista: Ehren Kruger, sobre la novela de Kôji Suzuki. Fotografía: Bojan Bazelli. Música: Hans Zimmer. Intérpretes: Naomi Watts, Martin Henderson, David Dorfman, Brian Cox, Jane Alexander, Lindsay Frost, Amber Tamblyn y Rachael Bella . Color.