UN NARRADOR LLAMADO CHARLIER
Ángel Olivera

UN TRABAJADOR INFATIGABLE

Visto desde fuera, resulta curioso que uno de los pilares del tebeo francés, y uno de los más franceses de los autores franceses, valga la redundancia, no fuese francés, sino belga. Jean Michel Charlier nació en Lieja en octubre de 1924. Aficionado a los tebeos desde los cinco años, y admirador, cómo no, de Hergé, empezó a trabajar profesionalmente en los cómics a los veinte años, cuando cursaba la carrera de derecho. Carrera que llegó a acabar e incluso, fugazmente y sin ningún entusiasmo, a practicar. Nuestro hombre, pese a las presiones familiares, tenía muy claro sin embargo cómo quería ganarse la vida: dibujando cómics. En efecto, el que llegaría a ser uno de los mejores y más reputados guionistas de todos los tiempos, empezó su andadura profesional como dibujante.

Nos encontramos en 1944, y en la Bélgica recién liberada por las tropas americanas se produce un boom de revistas de cómics, con la aparición de nuevos títulos y la reaparición de otros que habían estado condenados durante años al silencio por la penuria de la guerra o por la censura de las fuerzas de ocupación. El joven Jean Michel, que dedicaba los ratos libres a dibujar cómics para las revistas estudiantiles, llama la atención de Georges Troisfontaine, colaborador de la recién resucitada Spirou, quien le propone que ilustre los artículos sobre modelismo que él escribe para la revista. Así, Charlier comienza a dibujar semana a semana un «rincón del modelismo» y a continuación un «curso de aviación», sin tener ni la más mínima idea sobre el tema. Todo ello sin interrumpir sus estudios, que, como ya he dicho, no le sirvieron al final para nada; el atribulado padre de Jean Michel tardaría años en confesar a sus amistades que su hijo no se ganaba el pan ejerciendo de abogado, sino dibujando tebeos.

Es en esa época cuando conoce a Victor Hubinon, recién salido de Bellas Artes, con quien forma equipo y con el que realiza su primera historia: L´Agonie du Bismarck, publicada por episodios en Spirou en 1946. El tema, un episodio aeronaval basado en hechos reales de la recién acabada guerra mundial, les prepara para la creación, al año siguiente, de la que iba a ser, con el tiempo, una de las series de aventuras más célebres y de mayor éxito del cómic francobelga, Buck Danny, ideada por Charlier tras la lectura de los reportajes sobre los Tigres Volantes —célebre escuadrilla de cazas norteamericanos que operó en China durante la Segunda Guerra Mundial— que aparecían en las revistas para los soldados norteamericanos destacados en Bélgica. Troisfontaine escribe las primeras once páginas,[1] pero a partir de entonces los guiones correrán por cuenta de Charlier. Sin embargo, en esos primeros —y primerizos— episodios, referidos a la aún muy reciente Guerra del Pacífico, Charlier se ocupa también de dibujar los barcos y los aviones, así como los fondos, encargándose Hubinon de los personajes. Esto es así porque el precio que les pagan en esa época por página es tan miserable que no le permite subsistir sólo escribiendo el guión, de forma que ambos colegas se reparten el trabajo.[2]

Un buen día, Troisfontaine crea la agencia World Press, se traslada a Bruselas y arrastra consigo a nuestros muchachos y a otros muchos que habían de convertirse en la créme de la créme del comic belga: Albert Weinberg (a la sazón entintador de Hubinon), Jean Graton, Eddy Paape, Jijé... Charlier, Hubinon, Weinberg y algunos más comparten un piso que les sirve de estudio y dormitorio, en el que trabajan como presidiarios desde las nueve de la mañana a las tres de la madrugada. Sus reducidos ingresos apenas les dejan suficiente para pagar a una asistenta. Cocinan por turnos, no hay apenas mobiliario y Charlier y Hubinon comparten el mismo diván; uno duerme sobre el somier y el otro sobre el colchón. Weinberg padece de insomnio y baja a menudo al jardín por las noches, lo que hace sospechar a los vecinos que se dedica a enterrar los cadáveres de las personas que asesinan; considerados como bichos raros, las denuncias se suceden y reciben continuas visitas de la policía.

Esta vida de locos dura tres años, y en ese tiempo Charlier acaba desengañándose de sus posibilidades como dibujante. Es Jijé quien lo convence de consagrarse exclusivamente a los guiones. Ello le obliga, lógicamente, a multiplicar su producción, escribiendo relatos y cómics de diversa extensión, en su mayoría de temática histórica: En 1948, Tarawa, atoll sanglant, con Hubinon y Weinberg, para Le Moustique, crónica de la célebre batalla de la Guerra del Pacífico. En 1949, Surcouf, roi des corsaires, también con Hubinon, larga biografía del famoso corsario al servicio de Napoleón, publicada en Spirou, luego recopilada en tres álbumes, que prefigura una de las futuras obras maestras del mismo tándem: Barbe-Rouge. En 1950, otra vez con Hubinon, es el turno de Tiger Joe, réplica francófona de Jungle Jim, para la revista La Libre Junior. En 1951, de nuevo para Spirou, escribe Les histoires de l´oncle Paul, una serie de relatos de pocas páginas que recrean acontecimientos reales e históricos, dibujados en su mayoría por Eddie Paape, con quien también realizará, a partir de ese mismo año, varios episodios de Jean Valhardi, detective creado por Jean Doisy y Jijé, único caso en el que retoma una serie creada por otro.

Un golpe de suerte libera al fin a Charlier y a Hubinon de la miseria: Dupuis, director de Spirou, decide publicar en álbumes las tres primeras historias de Buck Danny.[3] Eso le supone a Charlier suficiente dinero como para pagarse por primera vez un billete de tren a casa y luego para comprarse un coche... aunque no para echarle gasolina. Su padre, al verlo aparecer con tanto dinero encima, lo mira asustado, creyendo que ha atracado un banco; al menos, así lo cuenta Charlier en una entrevista realizada muchos años después.

Nuestro hombre llega entonces a la conclusión de que le es imposible continuar escribiendo de forma creíble las aventuras de un piloto como Buck Danny si él mismo no sabe pilotar. Ni corto ni perezoso, se gasta sus escasos ahorros en sacarse el carnet de piloto, y Hubinon lo sigue en la aventura. No tienen un franco en el bolsillo, así que deciden convertirse en pilotos profesionales, única manera de poder seguir volando. Compran un viejo avión, desecho de la guerra, en Inglaterra, y con él realizan acrobacias aéreas, arrastran paneles publicitarios y arrojan paquetes de periódicos en paracaídas, todo ello durante tres días a la semana, mientras el resto del tiempo lo dedican a los tebeos. Charlier llega aún más lejos y, aprovechando la escasez de pilotos a causa de la guerra de Corea, en la que Bélgica participa, trabaja un año como piloto comercial para Sabena. Así las cosas, parece indudable que nuestro heróico guionista seguía prefiriendo los cómics pese al sueldo mucho más saneado que, suponemos, percibía como piloto. Muchos otros ni se lo hubieran pensado; por suerte para nosotros, dejó Sabena y siguió escribiendo cómics.

Charlier es nombrado por Troisfontaine director artístico de World Press, lo que no le impide seguir creando nuevas series año tras año: Kim Devil, en 1953, para Spirou, dibujada por Forton; la policiaca Joe La Tornade, en 1955, y de nuevo con Hubinon, para Le Moustique... Toca prácticamente todas las temáticas posibles del género de aventuras.

Un año antes, en 1954, a petición de Michel Tacq, más conocido como Mitacq, crea para él su primera serie protagonizada por adolescentes, un grupo de boy scouts conocidos como La patrouille des Castors, también en Spirou. En ella, Charlier trasciende el en principio poco prometedor punto de partida apostando por el misterio, el suspense y la aventura, creando uno de los mejores clásicos de aventuras juveniles del mundo del cómic. La serie ha de convertirse en uno de sus cómics de mayor éxito, a lo largo de todo el cuarto de siglo siguiente, durante el que escribió sus guiones.

Es en esa época cuando conoce a dos de los colegas que más van a representar durante muchos años en su vida profesional: René Goscinny y Albert Uderzo. El primero acude desde Estados Unidos y se presenta en World Press, donde Troisfontaine, de forma irresponsable, le había prometido trabajo; éste pide a Charlier que lo reciba y se lo quite de encima, pero nuestro hombre advierte el potencial creativo de Goscinny y consigue que le den trabajo en International Press, la agencia del cuñado de Troisfontaine, con lo que empieza la carrera profesional del futuro creador de Astérix.

Entretanto, Charlier se ha casado en 1953 con Christine Lagarigue y al año siguiente nace su hijo Philippe. Cansado de Bruselas, fija su residencia en París, donde habrá de vivir el resto de su vida. Necesita más dinero para sacar adelante a su familia, pero, a pesar del éxito de sus muchas series, sigue estando, como todos los profesionales del sector, espantosamente mal pagado. Los editores siguen siendo los propietarios de los personajes; no existe concepto alguno sobre los derechos de autor, la página es pagada a precio de risa... De acuerdo con Uderzo y Goscinny, convocan a todos sus colegas a una reunión en una cafetería de Bruselas, donde redactan una carta dirigida a los editores con una veintena de reivindicaciones destinadas a mejorar su situación. El documento es firmado por la totalidad de los autores célebres de la época. A las seis de la tarde concluye la reunión. A las nueve de la mañana del día siguiente, Charlier, Goscinny y Uderzo son despedidos sin contemplaciones.[4] Uno de los firmantes de la carta ha ido con el chivatazo a los editores, y los tres «subversivos» se ven en la calle.

Es una época muy difícil para Charlier, pues lleva su trabajo adelantado hasta tal punto que los editores tienen mucho material suyo acumulado para su publicación y no lo necesitan. Los tres autores están en la lista negra; Charlier tiene que dedicarse a diversos oficios para sobrevivir: venta a domicilio, relaciones públicas...

Los tres amigos consiguen salir del bache asociándose con Jean Hébrard, antiguo director comercial de World Press, con quien crean Edifrance, una agencia de publicidad, y Edipresse, una agencia de prensa. En 1955, Charlier pasa, con Goscinny, a ser redactor jefe de Pistolin, revista financiada por una marca de chocolatinas, donde crea con dibujos de Uderzo uno de sus pocos personajes humorísticos, Belloy, que viene a demostrar que el humor no era exactamente su fuerte, pero que es el origen de una fructífera colaboración que culminará pocos años después con la creación de Michel Tanguy.

En Spirou siguen necesitándole para continuar Buck Danny y Les Castors. Resquemores aparte, Charlier reanuda los guiones de ambas series, que, lejos de caer en la rutina, aumentan de calidad e interés, tanto en guión como en dibujo, episodio tras episodio. En 1958, con Paape, comienza, también en Spirou las aventuras del joven periodista Marc Dacier, una especie de Tintín puesto al día, serie que se prolongará ininterrumpidamente durante toda una década.

Edifrance intenta hacer algo nuevo: un suplemento de cómics para los periódicos, Le Supplement Illustré, del que se llega a realizar un número cero, en el que participan autores del peso de Franquin, Morris y Peyo, y en el que Charlier incluye el comienzo de dos series, ambas con dibujo de Uderzo: “Clairette”, de temática más o menos romántica, su única obra protagonizada por una mujer; y “Banjo 3 ne repond plus”, antecedente directo de Michel Tanguy. Desgraciadamente, el proyecto no cuaja y Banjo no tiene continuidad; Clairette, mientras, seguirá su andadura, no muy larga por otra parte, en las páginas de Paris-Flirt.

El fracaso no quita a nuestros tres personajes las ganas de seguir intentando realizar algo a su medida. Un tal François Cloteaux contacta con ellos: quiere lanzar al mercado una revista y cuenta con financiación, pero precisa un equipo creativo que saque el proyecto adelante. Clouteaux será el primer redactor jefe de la nueva publicación, aportando personalmente una cuarta parte del capital inicial; unos impresores de Montluçon invierten otro cuarto, la emisora Radio-Luxemburg contribuye con una aportación similar y además lanza una espectacular campaña publicitaria a través de las ondas; Charlier, Goscinny y Uderzo encabezan el elenco artístico, y aportan, con mil sacrificios, el cuarto restante.

Ha nacido una leyenda. El primer número de Pilote sale a la luz el 29 de octubre de 1959, incluyendo en su interior, entre otros, las primeras páginas de Astérix, de Goscinny y Uderzo, así como las de nada menos que tres nuevas series creadas y escritas por Charlier tras muchos años de perfeccionar su oficio y en plena madurez artística: “Jacques Le Gall”, con Mitacq, otra serie de boy scouts, en la misma tónica que Les Castors, aunque esta vez con un solo héroe protagonizando una serie de aventuras trepidantes aún mejor dibujadas y resueltas que las del grupo en cuestión; “Michel Tanguy”, con Uderzo, adaptación de los parámetros de Buck Danny al ejército del aire francés; y por último, “Barbe-Rouge”, con Hubinon.

La revista es un éxito fulminante y arrollador: Del primer número, que apenas cuenta con una docena de páginas de cómics, se venden más de 300.000 ejemplares; al llegar la noche, no queda ni un solo ejemplar en los kioscos. Es el comienzo de una nueva época, no sólo para Charlier y sus camaradas, sino para todo el cómic francófono.

El arrollador éxito de la pequeña sociedad es la causa de que todos los antiguos editores del trío intenten recuperarlos. Al no conseguirlo por las buenas, comienzan las zancadillas y todas las puñaladas traperas imaginables para hundir la pujante Pilote. Una de las peores y más sucias se las propina la propia empresa distribuidora, deseosa de hacerse con una participación en el negocio: retiene las devoluciones durante varios números, para hacerles creer que no hay tales y obligarlos a aumentar la tirada, y que luego realiza de golpe a partir del número 8. El golpe es brutal, pero Pilote resiste el envite. Desgraciadamente, Cloteaux y luego los impresores retiran sus participaciones, y todas las editoriales intentan ocupar su lugar. Georges Dargaud, editor a la sazón de la versión francesa de Tintín, es el que acaba llevándose el gato al agua. Finalmente, una ampliación de capital que el trío fundador no es capaz de igualar los obliga a vender sus participaciones a Dargaud, que a partir de ese momento se convierte en el editor y propietario de la revista, arrebatándosela a sus fundadores.

Dargaud, hábil financiero, pero torpe editor, tiene la genial idea de convertir Pilote en una revista pop, y las ventas de ésta caen en picado, hasta el punto de ponerla al borde del cierre. Por fortuna, tiene un atisbo de sentido común y nombra redactores en jefe a Charlier y Goscinny. Pilote vuelve a salir a flote, aunque nunca llegará a alcanzar las ventas de aquellos gloriosos primeros números. Son los cómics los que sacan adelante la revista, especialmente Astérix y las series de Charlier, cuya efervescencia creativa no se detiene: en 1961 da a la luz una nueva serie de intriga y aventuras, Guy Lebleu, con dibujos de Poivet. Ésto es más meritorio aún si se tiene en cuenta que, mientras tanto, prosigue su producción regular para Spirou.

Charlier viaja a Estados Unidos para reunir documentación para Buck Danny, y descubre el Oeste americano. Deslumbrado, regresa a Europa con el firme propósito de realizar un western. Piensa inicialmente en su viejo amigo Jijé, creador de Jerry Spring, serie del Oeste de singular fuerza y belleza. Jijé tiene mucho trabajo y declina la oferta, pero le recomienda a un joven debutante que le ha ayudado en su último álbum. Así es como Jean Giraud entra en Pilote y comienza, con textos de Charlier, lo que en principio había de ser un western muy clásico, Fort Navajo, muy pronto reconvertida en Lieutenant Blueberry, serie que, en pocos años, eclipsará a todas las demás y que, junto con Astérix, se convertirá en el máximo exponente del cómic europeo, sin rival hasta el día de hoy.

Llega Mayo del 68, y la redacción de Pilote se ve sacudida por el mismo vendaval que recorre las calles de París. Goscinny y Charlier se ven poco menos que obligados a comparecer ante un «tribunal popular» —según expresión de Charlier— formado por dibujantes, entre ellos Gotlib, Mandryka y Giraud, es decir, la nueva generación de jóvenes autores ansiosos de romper los límites y los corsés a los que hasta el momento han estado ceñidos los tebeos en el ámbito francófono. Se reprocha a ambos estar en el bando de los «patronos», por ser los representantes de la dirección, y a Goscinny en particular que gane el dinero que gana con Astérix. Goscinny sale de aquello muy dolido e irritado contra aquellos jovenes a los que, en muchos casos, ha dado su primera oportunidad. Pilote está al borde de la desmembración, así que Dargaud nombra director a Goscinny, quedando Charlier como redactor jefe y actuando como intermediario entre los dibujantes y Goscinny, a quienes éste, resentido, no quiere ni dirigir la palabra.

Mayo del 68 queda atrás, pero Goscinny queda convencido de la necesidad de renovar Pilote, al que, siguiendo el modelo de la americana Mad intenta convertir en una revista satírica. Da carta blanca a los autores para que hagan lo que quieran, y Pilote se convierte en un laboratorio de experimentación gráfica y de exploración del medio. Nace una nueva forma de entender los cómics, y una nueva generación de autores, hijos del Mayo francés, se unen a los ya citados y reciben su bautismo de fuego: Claire Bretécher, Enki Bilal, Lauzier, Druillet, Lob...

Todo esto, sin embargo, cambia la revista hasta tal punto que el mismo Charlier se ve obligado a reconocer que las series clásicas de aventuras ya no tienen cabida lógica entre sus páginas, y así, una tras otra, cancela y despide cada una de las creaciones que han hecho grande Pilote: en 1968, es Barbe-Rouge la que interrumpe su andadura, en parte también por el cansancio de Hubinon, en mitad de una larga saga que queda sin concluir; en 1971, Tanguy et Laverdure, dibujada durante los últimos años por Jijé, que al menos termina su última historia; en 1973, por fin, es el mismísimo Blueberry, a pesar de ser una serie mucho más evolucionada a nivel gráfico, narrativo e ideológico que las anteriores, y que se despide dejando también una saga inacabada.

Todo ello es causa de que el público tradicional, desconcertado, vaya desertando en masa. La misma pervivencia en la revista de contenidos «pasados de moda» frena también al nuevo público potencial, y Pilote sobrevive a pesar de todo, aunque a costa de reducir su periodicidad de semanal a mensual a partir de 1974. Pilote, para entonces, y desde ese momento, apenas tiene ya nada en común con aquellos primeros números de 1959 más que el título.[5]

Como director literario de Dargaud, Charlier se ha ido despreocupando de Pilote y centrándose en la edición de álbumes. En desacuerdo cada vez más profundo con Dargaud a causa de la política de este último de saturación del mercado de álbumes, que está provocando en las filas de la editorial, de rebote, una sangría de dibujantes insatisfechos, y tras un último encontronazo con él, que le acusa de querer llevarse a los autores para un proyecto editorial propio, Charlier tira la toalla y abandona el imperio editorial que él mismo había creado de la nada y contribuido como nadie a mantener a lo largo de quince años, los más intensos y fructíferos de su carrera.

Estamos en 1974, y Charlier, lejos de desanimarse, ha encontrado un nuevo medio de expresión que centra a partir de ese momento y durante muchos años toda su atención: la televisión. De hecho, ya en 1966 había hecho su debut en ella al escribir los guiones de la serie Les Chevaliers du ciel, trece episodios en que se adaptaban las aventuras de Tanguy et Laverdure, cuyo éxito propició la producción de otras dos tandas más, hasta 1972, sumando un total de 39 episodios de media hora cada uno, protagonizados por Jacques Santi y Christian Marin interpretando respectivamente a Tanguy y Laverdure. Liberado de Dargaud, y a propuesta de Jean-Louis Guillaud, de la cadena FR3, realiza una serie de documentales de una hora con el título genérico de Les dossiers noirs, para los que recorre el mundo realizando una especie de periodismo de investigación, filmando, entrevistando a personajes y testigos de sucesos importantes de nuestra historia reciente, buscando documentos de difícil acceso... Los temas son muy variados: el asesinato de Kennedy, la Mafia, los Tigres Volantes, Pancho Villa, el FBI, la guerra de Katanga, el caso Staviski, Eva Braun... Quizás por primera vez en muchos años, Charlier se siente como pez en el agua, disfrutando intensamente con el trabajo que hace, sin las cortapisas ni los conflictos con los editores. Más tarde, seguirá escribiendo guiones para otras series de telefilmes, como Les Diamants du President o Le fou du desert. Tanto en éstos como en sus documentales, no es difícil encontrar elementos temáticos familiares y recurrentes de sus series de cómics.[6]

Con todo, nuestro hombre no abandona por completo su labor de guionista de cómics, aunque la cadencia de aparición de los nuevos episodios de sus héroes de siempre se hace cada vez más espaciada. En 1975 pasa a convertirse en director de Tintín France donde publica las nuevas aventuras de Tanguy et Laverdure, así como la esperada continuación y momentáneo desenlace de la saga de Blueberry, Angel Face. Sin embargo, se produce un conflicto con el editor belga —Lombard, la casa madre de la genuina revista Tintín—, que exige que dos tercios de la revista se dediquen a la reedición del material belga, lo que en opinión de Charlier impide hacer una revista de tebeos al gusto del público francés, muy diferente del belga; al cabo de sólo dos años, abandona la revista.

En 1976, aparece en el nuevo Pilote Mensual un nuevo western dibujado por Giraud, “Missisipi River”, un total de diecisiete páginas que no habrían de ser continuadas hasta 1979, en que los Humanoïdes Associés publican la historia, ahora ya terminada, en álbum, con el título genérico de Jim Cutlass, una nueva e interesante serie con ribetes de Lo que el viento se llevó que ya no sería reemprendida en vida de Charlier. También es en ese mismo año cuando la revista de los Humanoides, Metal Hurlant, la cabecera que representa todo aquello que, en opinión de Charlier, ha hundido Pilote y su forma clásica de entender los cómics, la que, paradójicamente, publica, por mediación de Giraud/Moebius, Nez Cassé, el esperado regreso de Blueberry.

Poco antes, la editorial alemana Koralle, de Hamburgo, ha contactado con él para sacar adelante una nueva revista de ámbito europeo que tendrá edición multilingüe. Es decir, se sacará a la calle al mismo tiempo la versión alemana, holandesa, francesa... incluso italiana y española. El mismo contenido para toda Europa, pero apareciendo en cada país en su propio idioma. Para este ambicioso proyecto, Charlier no sólo continúa con Blueberry, sino que reemprende una vez más Tanguy et Laverdure, siempre con Jijé, y resucita, por fin, tras una década de hibernación, a Barbe-Rouge, también con dibujos del anterior. No contento con desempolvar sus viejos héroes, crea también una nueva serie, la ambiciosa Les gringos, con el español Victor de la Fuente, ambientada en la Revolución Mejicana, en la que el protagonismo inicial de dos aventureros yanquis de personalidades completamente contrapuestas es pronto eclipsado por el del mismísimo Pancho Villa. Un nuevo y prometedor periodo parece abrirse ante Charlier...

La revista Super As, como es bautizada, sale por fin a la calle, en 1979, con un gran número de cómics de diferentes autores, tanto clásicos como modernos... Pero el experimento fracasa; en menos de un año la nueva revista cierra dejando un sinfín de historias inacabadas. ¿Qué ha ocurrido? Super As llega probablemente tarde, con un contenido quizás un tanto pasado de moda, a un mercado donde empiezan a dominar las revistas mensuales dirigidas al público adulto al estilo de Circus y A Suivre y donde el público, que además ya no es el de antes, empieza a preferir los álbumes a las escuetas entregas de dos páginas semanales con la fórmula «continuará». Semanarios tradicionales como Tintín y Spirou aguantan gracias a su prestigio y a la fidelidad de sus lectores habituales, pero no parece haber lugar para una nueva cabecera que no ofrece apenas ninguna innovación y cuyos responsables, además, no parecen tener claro a qué público se dirigen, al mezclar, en una misma revista, las sagas aventureras de Charlier con la versión en cómic de los personajes antromórficos de Hanna-Barbera.[7]

Esta vez con la editorial Novedi, de Bruselas, Charlier hace un último intento de lanzar a la calle un nuevo suplemento de cómics para los periódicos, del que llega a salir un número 0, incluyendo sus series de siempre. Pero el mercado, decididamente, ha cambiado, y las historias se realizan ya directamente para su publicación en álbum; su prepublicación en revista —no necesariamente de cómics— cada vez más infrecuente. La actividad se reduce, y cada álbum tarda más en salir que el anterior; los lectores a veces tienen que esperar años antes de ver una continuación. Les gringos, tras dos álbumes, queda en dique seco, pero, a lo largo de los 80, aparecen varios álbumes de Blueberry, de Tanguy et Laverdure y, sobre todo, de Barbe-Rouge, dibujados ya por todo un tropel sucesivo de nuevos y viejos dibujantes. Buck Danny continúa publicándose previamente en Spirou, pero ahora dibujado por Francis Bergése.

Y es que sus viejos compañeros de fatigas, Hubinon y Jijé, además de Goscinny, han desaparecido, uno tras otro, entre 1977 y 1980. Con ellos desaparece toda una época y una forma de hacer los cómics. La carrera de Charlier entra en declive, y la mayor parte de sus trabajos pecan de rutinarios y repetitivos. La impresión que da es que prosigue muchas de sus series únicamente por la demanda del mercado, no por el interés que pueda seguir teniendo en ellas.

A pesar de todo, hasta el último momento seguirá trabajando, escribiendo nuevos episodios de Les chevaliers du ciel para televisión y creando nuevos personajes: “Chuck Dougherty, le privé”, con Alexandre Cutelois, para L´echo des Savanes, y, ya en 1989, Ron Clarke, con dibujos de Jacques Armand.

El 10 de julio de ese mismo año, en la localidad de Saint Cloud, a los 64 años de edad, Jean Michel Charlier acaba su último guión.

Su hijo Philippe, convertido en albacea literario de su obra, vigila la continuación de la misma a cargo de muchos de sus antiguos compañeros, en muchos casos reemprendiendo los guiones que dejó inacabados tras su muerte. Sus viejos personajes siguen publicándose, con desigual fortuna y resultado, pero el maravilloso fabulador que los creó ya no está entre nosotros.


Notas

[1] Esas primeras páginas son tan malas, tanto a nivel de dibujo como, sobre todo, de guión, que vistas fuera de contexto cuesta trabajo comprender cómo la serie llegó a convertirse en la obra que hoy conocemos.
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[2] A la vista de las enormes limitaciones que tenía Hubinon como dibujante en aquella época, la impresión que uno saca es que Charlier le tenía que hacer los barcos y los aviones, sencillamente porque el pobre Hubinon ¡no sabía dibujarlos! Impresión reafirmada tras contemplar algunos de los dibujos de Charlier realizados en esos años, y contrastarlos con los realizados por Hubinon al mismo tiempo en Buck Danny. Paradójicamente, este dibujante habría de convertirse en uno de los mejores dibujantes de barcos y aviones de la historia de los cómics.
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[3] Conviene añadir que cada uno de estos episodios alcanzaba la friolera de 60 páginas, y habían sido publicados en Spirou a razón de una o dos páginas por semana.
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[4] Hay diferentes versiones sobre este suceso. En diversas entrevistas, Charlier afirma que fueron despedidos los tres, mientras que Goscinny y Uderzo dicen que fue Goscinny el único despedido y que Uderzo, por solidaridad, se fue con él. Otras fuentes señalan que Charlier se fue por la misma razón, también por solidaridad hacia Goscinny.
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[5] En la misma entrevista a la que me he referido, realizada en 1978 por Henri Filippini, Charlier aduce que el error grave de Goscinny había consistido en realizar, o dejar realizar, aquella revolución en las páginas de Pilote, en vez de crear una nueva cabecera donde dar cabida a todas aquellas tendencias de vanguardia. Visto el resultado, el que suscribe no puede por menos que darle la razón.
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[6] El tema del asesinato de Kennedy nos hace pensar, obviamente, en Angel Face, como Pancho Villa en Les Gringos, realizada muy poco después; los Tigres Volantes en los álbumes sobre el mismo tema de Buck Danny. En Le fou du desert, por otra parte, se presentaba una serie de personajes diversos en busca de un filón de esmeraldas en el Sáhara, que es fácil relacionar con La mina del alemán perdido y otras muchas historias de Charlier.
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[7] Como el pobre Charlier solía apostillar a pie de viñeta de muchos de sus cómics, debo añadir: Auténtico. Esta delirante circunstancia la descubrí personalmente en un viaje que hice a París en 1980. En una página teníamos “Le longue marche de Blueberry”, en la de al lado, “La Hormiga Atómica”. Quedé literalmente estupefacto. Un articulista francés reseñó, algún tiempo más tarde, que Super-As se había ido al garete por haber reunido «lo mejor y lo peor». No pudo expresarlo mejor.
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