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Hogan’s Alley Hay autores que dejan marcada su huella no sólo en generaciones, sino en el medio. Son gigantes que abren caminos, que crean piedras angulares que no pueden eludirse, porque explican su época de tal manera que sin ellos el paso del ser humano por su tiempo no puede ser entendido ni asimilado. Es el caso de Molière en el teatro neoclásico francés, por ejemplo; el de Harold Foster, Winsor McCay o Lee Falk en la historieta. Es, sin duda, el caso de Héctor Germán Oesterheld, el escritor argentino a quien dedicamos este tercer número de Yellow Kid. Oesterheld es el gran forjador de la historieta argentina y, quizás, uno de los pioneros a la hora de comprender que un tebeo era una forma de arte mayor, paralelo a la literatura y a la pintura, que se mide y se debe a la calidad de lo que se narra y escribe. En la Argentina de los años cincuenta, antes que en la Francia de los años sesenta, podríamos señalar el nacimiento del cómic adulto, sin concesiones. Oesterheld fue un contador de historias por encima de todo, un creador de personajes inolvidables, injustamente desconocidos en su gran mayoría en España, un forjador de ambientes iniguanable. Y, sobre todo, un magnífico escritor. Su estilo musical y bello tiene mucho de poético, sin las retorcidas alambicaciones de otros escritores más recientes a la hora de ilustrar sus textos. Como otros guionistas posteriores a él, la gran baza de Oesterheld está en acercar el cómic a la literatura, nutriéndose de ella y de su riqueza en vez de hacerlo de los convencionalismos del cómic mismo. Asesinado junto con sus hijas («desaparecido», como decimos con tonto eufemismo), Oesterheld corrió suerte paralela a Víctor Jara o a nuestro más cercano Federico García Lorca. Como de costumbre, los alcabaleros de la muerte no sabían que estaban eliminando a un hombre a cambio de crear, para siempre, un mito. Rafael Marín |