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Hogan’s Alley Tradicionalmente, la historia de los estudios de la historieta en nuestro país ha sido, como no podía ser de otra manera, la cabezonería de luchar contra molinos de viento y llevar a cabo empresas imposibles por mor de una afición a la que dedicamos quizá más horas de lo que la cordura haría aconsejable (a fin de cuentas, ¿no sería Don Quijote el santo patrón de los frikis?). Dicho de otra forma: si la literatura, el arte, el cine tienen detrás una nutrida tradición de estudios y estudiosos, de revistas y de profesionales de la crítica y del análisis, el tebeo sigue siendo un campo minoritario donde los más conocidos y reputados ¿críticos? ¿historiadores? ¿estudiosos? ¿analistas? no son sino aficionados que dedican a los cómics buena parte de su tiempo, su talento y sus dineros. No existe una crítica puramente especializada en tebeos y no deberíamos confundir al crítico con el reseñador, al analista con el simple acumulador de datos, al estudioso con el plumilla que barre para casa y pone el listón de sus gustos y su subjetividad incluso por encima de la claridad expositiva de lo que está intentando defender o echar por tierra. Hay y ha habido buenas revistas dedicadas a la historieta, y posiblemente mejores libros dedicados al tema. Tenemos, en el fondo, todavía una tradición muy breve: ¿Fue Luis Gasca quien empezó con su fanzine Cuto hace casi cuarenta años? Poco importa. La sucesión de títulos importantes, desde Bang! a Sunday, desde el primer Nemo a Comics Camp, Comics In, desde Urich a Dentro de la viñeta sigue siendo, por desgracia, labor entusiasmada de unos pocos cabezotas que se embarcan en la historia de dedicar a la historieta el tiempo que no encontramos para dedicar a otras cosas. Pese a los adelantos técnicos, pese a la periodicidad envidiable que alguna revista (como Dolmen) ha conseguido, sigue pesándonos la falta de profesionalidad. Las revistas de hoy y siempre fueron y siguen siendo fanzines más o menos mejor editados, realizados por escritores con más o menos soltura, pero sin el rigor que marca, precisamente, saber que te dedicas profesionalmente a un trabajo que va más allá de la mera afición, un trabajo que se remunera y se aprecia por quien es tu editor. Ese concepto del estudio de la historieta ha sido, desde el principio de nuestra andadura, el objetivo de Yellow Kid. Hacer estudios y análisis, no críticas ni reseñas micronésimas. Dedicar a los tebeos que amamos y los autores que admiramos el espacio y el tiempo que se merecen, siempre con la intención de que la redacción de los textos estuviera cargada de esa emoción y esa calidad mínima en la expresión que permitan darle el necesario tono adulto y, a la vez, la imprescindible capacidad de comunicación que necesita nuestro medio. No sé si en estos seis números hemos conseguido siempre lo que queríamos, pero al menos hemos hecho lo que quisimos. Hemos hablado de tebeos, y nos hemos explayado a gusto hablando de tebeos. Y, lo más importante, desde el segundo o tercer números las ventas han permitido a nuestro editor (editor humilde, no lo olvidemos) remunerar a los autores de los artículos por sus trabajos. Reestructuraciones editoriales dejan en suspenso esta revista. Creo que, sin aspavientos, quizá la primera revista dedicada a la historieta que intenta la profesionalidad, en tanto que sus colaboradores han cobrado por su trabajo. Nuestro editor es pequeño y en momentos de crisis del sector editorial (la crisis de costumbre), nos deja la cabecera y concentra sus revistas en una sola, la revista insignia: Gigamesh. Yellow Kid, por tanto, está en manos de todos y de nadie. No cierra por falta de ventas, ni por falta de entusiasmo. Nos vamos con los tebeos a otra parte, con la ilusión intacta y el orgullo de haber intentado hacer el mejor trabajo. Trabajo, insisto. Esfuerzo dedicado a la profesionalidad de la crítica. Andamos a la búsqueda de nuevo editor. Seguimos queriendo continuar con nuestros monográficos, con nuestros autores de ahora y de toda la vida. Pretendemos seguir en la brecha. En cuanto encontremos esa parte indispensable que hoy nos falta de nuevo, el editor que reconozca que el trabajo del estudioso, del maquetista, del escaneador y el portadista y el director debe y tiene que ser remunerado, volveremos a la carga. Esto no es, entonces, el final. Los buenos tebeos siempre acaban con un «Continuará...». Rafael Marín |