Se suele decir que una cosa lleva a la otra. Así, para hablar del Sandman de Neil Gaiman hemos de hablar primero de La Cosa del Pantano de Alan Moore. O quizá, yéndonos algo más lejos, podríamos hablar de un muchachito de Liverpool de aspecto angelical llamado Clive Barker que, en un momento en que la literatura fantástica de terror parecía condenada al callejón sin salida en el que la había metido la psicología de salón de Stephen King, sacudió por completo el género poblándolo con algunas de las imágenes más aterradoras, inquietantes y fascinantes de los últimos años.
Barker es un escritor de escenas, de secuencias. Quizá por eso sus cuentos cortos son casi perfectos y sus novelas resultan fallidas en su mayor parte, pese a algunos momentos de indudable brillo. Su primera obra larga, El juego de las maldiciones (Damnation Game), con un principio y un final soberbios, vaga sin rumbo, no obstante, durante las casi quinientas páginas restantes. Algo similar sucede con Sortilegio (Weaveworld) y El gran espectáculo secreto (The Great and Secret Show), novelas indudablemente infladas y lastradas por su vocación de best-sellers, en la extraña teoría editorial de que más, por fuerza, debe ser siempre mejor; pese a ello, el planteamiento de sus novelas resulta casi siempre prometedor y a menudo encontramos en ellas algunos momentos de altura que casi (pero sólo casi) compensan por el resto.
Pero, como he dicho, en los relatos breves es donde el autor inglés nos da lo mejor de sí como narrador: lejos de la psicología barata, la imagen maniquea del mundo y los a veces decepcionantes finales felices de Stephen King, Clive Barker no concede piedad a sus lectores. No adopta una postura moral en lo que nos cuenta ni defiende (como en el fondo hace siempre King) un mundo burgués y conservador (la familia, los valores eternos, el amor que todo lo puede, la amistad); se limita a narrar sus espantosas historias, sin juzgar, sin condenar, de una manera fría y eficaz, dura, sin concesiones.
El uso de referencias «cultas» sabiamente integradas en la ambientación de sus relatos es sin duda otro de los factores que definen a Barker como narrador. Pero sobre todo, ya lo he comentado, su mayor virtud es la de ser capaz de conjurar imágenes aterradoras en las que lo repugnante, lo asombroso y lo cotidiano se mezclan sin solución de continuidad: la muerta viviente que le hace una felación a su antiguo amante, los gigantes creados por los cuerpos de los habitantes de dos pueblos, la estatua que reclama sangre, el rostro frío y amoral de Pinhead, el mundo regido por genios idiotizados que deciden su destino con juegos de azar. No cabe duda que este tipo de imágenes influirán notablemente en Neil Gaiman cuando se ponga a la tarea de resucitar (o quizá sería mejor decir recrear) a Sandman.
Mientras tanto, el guionista inglés Alan Moore entra en una serie que parecía condenada a la cancelación: La Cosa del Pantano. Sin dejar de ser coherente con el pasado del personaje, Moore lo renovaría y lo redefiniría completamente en una historia que por sí misma es un clásico, la brillante “Lección de anatomía”, que utilizaría como enlace místico entre los superhéroes en leotardos y el Más Allá. Exorcistas posmodernos (e ingleses, por supuesto) conviven en sus páginas con héroes disfrazados, criaturas elementales, científicos locos, fantasmas, demonios, vampiros y extraterrestres. Alan Moore coge todos los tópicos de la literatura y el cine de terror y les da un giro nuevo, fresco, inesperado. Relaciona la licantropía con la menstruación; nos muestra las distintas jerarquías del infierno; nos conduce por una casa encantada por la que vagan los fantasmas de los que han muerto a lo largo de cien años a causa de los disparos de una copia barata del rifle Winchester; nos permite asistir, como testigos maravillados, al amor entre una mujer humana y una criatura vegetal (convertido en un viaje psicodélico que parece directamente extraído del Sgt. Pepper’s o tal vez del Her Satanic Majesty Request); nos vende una butaca de primera fila para que podamos contemplar un imposible Ragnarok cristiano, en el que el Bien definitivo se enfrenta a la Oscuridad total y en el que todo cambia sin que nada cambie. Muchas de estas ideas están apenas esbozadas, y algunas no serían aprovechadas por los jerifaltes editoriales, pero no cabe duda de que fue Alan Moore el primero en entrar en los personajes sobrenaturales de la DC Comics y desarrollar una jerarquía coherente con ellos. Caracteres que antes estaban dispersos, sin relación entre ellos (y a menudo relegados al limbo narrativo), se incorporarían a esta visión del Más Allá del guionista británico con una posición, en unos casos bien marcada y en otros sólo esbozada. Deadman, el Fantasma Desconocido, el Espectro, Etrigan, Caín y Abel; todos tendrían cabida aquí.
Es cierto que Moore, en muchos casos, no entraría a fondo y se limitaría a dejar marcadas posibles tramas o apuntar futuros desarrollos para distintos personajes o ambientes, casi como si estuviera preparando el terreno a su sucesor. Y, en efecto, en 1989 llegaría Neil Gaiman. Recogiendo la antorcha de Alan Moore (quien por entonces ya había dejado la DC para dedicarse a proyectos más personales) terminaría de estructurar los aspectos sobrenaturales de los cómics DC, añadiendo detalles de su propia cosecha, muchos de ellos directamente entroncados con las imágenes inquietantes que Clive Barker nos había mostrado en sus libros y sus películas.
Morfeo, Oneiros, Cai’Ckul, L’Zoril, Sandman... todos ellos son distintos nombres para un mismo personaje, el Señor del Mundo de los Sueños, uno de los siete Eternos que, además de una inicial común (Destino, Delirio, Desespero, Deseo, Muerte —Death—, Sueño —Dream— y Destrucción, del cual al principio el lector desconoce el nombre y sólo sabe de él que ha huido hace tiempo), comparten su parentesco como hermanos. Cada uno de ellos representa lo que indica su nombre y, aunque algunos ya existían en los comics DC (como Destino), la mayoría serían creados por Gaiman, quien se centraría sobre todo en Sueño (no en vano es el supuesto protagonista de la serie) y su hermana Muerte.
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1990 -
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Neil Gaiman, Malcolm Jones, The Sandman: The Doll’s House (originalmente en Sandman 8-16). Titan Books, Londres
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1992 -
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Neil Gaiman, Kelley Jones, Mike Dringenberg, The Sandman: Season of Mists (originalmente en Sandman 21-28). DC Comics, Nueva York
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1993 -
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Neil Gaiman, Shawn McManus, Collen Doreen, The Sandman: A Game of You (originalmente en Sandman 32-37). DC Comics, Nueva York
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Neil Gaiman, Brian Talbot, Stan Woch, The Sandman: Fables and Reflections (originalmente en Sandman 29-32, 38-40, 50, Sandman Special 1, Vertigo Preview), DC Comics, Nueva York
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Neil Gaiman, Chris Bachalo, Death: The High Cost of Living. DC Comics, Nueva York
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1994 -
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Neil Gaiman, Jill Thompson, Vince Locke, The Sandman: Brief Lifes (originalmente en Sandman 41-49). DC Comics, Nueva York
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Neil Gaiman, Michael Allred, Gary Amaro, The Sandman: The Worlds’ End (originalmente en Sandman 51-56). DC Comics, Nueva York
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1995 -
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Neil Gaiman, Sam Kieth, Mike Dringenberg, The Sandman: Preludes and Nocturnes (originalmente en Sandman 1-8). DC Comics, Nueva York
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Neil Gaiman, Kelley Jones, Charles Vess, The Sandman: Dream Country (originalmente en Sandman 17-20) DC Comics, Nueva York
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1996 -
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Neil Gaiman, Mark Hempel, Richard Case, The Sandman: The Kindly Ones (originalmente en Sandman 57-69). DC Comics, Nueva York
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Neil Gaiman, Chris Bachalo, Death: The Best Time of Your Life. DC Comics, Nueva York
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1997 -
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Neil Gaiman, Michael Zulli, Charles Vess, The Sandman: The Wake (originalmente en Sandman 70-75). DC Comics, Nueva York
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1999 -
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Neil Gaiman, Yoshitaka Amano, The Sandman: The Dream Hunters. DC Comics, Nueva York
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