GEORGE R.R. MARTIN
MUERTE DE LA LUZ
La novela más romántica y cautivadora Una historia de amor con las estrellas como telón de fondo Worlorn, durante su esplendor, albergó el fastuoso Festival de los Mundos Exteriores; ahora es un planeta moribundo que se aleja irremediablemente de la Rueda de Fuego para sumirse en una noche sin fin. A él viaja Dirk t’Larien con la esperanza de reencontrar el amor de Gwen Delvano y expiar errores del pasado; pero en su lugar hallará a Gwen unida por jade-y-plata a Jann Vikary y a su teyn Garse Janacek, en un vínculo incomprensible de amor y de odio, tan terrible y a la vez tan grandioso como el fin inevitable de Worlorn. Muerte de la luz es una de las historias de amor más hermosas jamás contadas. Su protagonista se debate entre el amor egoísta, que reclama el ser amado para sí, y la lealtad a un grupo, ese otro tipo de amor que es a la vez instinto de supervivencia en un entorno hostil como el de Worlorn. Martin, con su prosa delicada y sincera, hechiza al lector y lo conduce a través de ciudades y paisajes de ensueño hasta lo más profundo del alma humana.
Una apasionante y lúcida reflexión sobre los entresijos ocultos del alma humana. Worlorn acoge en sus ciudades vacías un reducido número de habitantes, entre ellos el noble kavalar Jaantony Riv alto-Jadehierro Vikary del clan Jadehierro, su teyn Garse Janacek y su betheyni Gwen Delvano. Gwen pide ayuda a Dirk t'Larien, un antiguo amante a quien abandonó en Avalón, y este acude a ella llevando en la mano la joya susurrante que una vez le regalase, símbolo de un lazo que pretendía durar para siempre, y las brasas del amor pasado aún encendidas en el corazón. Pero Jadehierro no es el único clan de Alto Kavalaan que permanece en Worlorn; su civilización arcaica y bárbara tiene su máximo exponente en los Braith y en la práctica de su deporte favorito: la caza de cuasi-hombres en los paisajes desolados del planeta. Muerte de la luz es la primera novela de George R.R. Martin y una obra de culto entre los aficionados a la ciencia ficción. Con maestría y elegancia, la novela evoca en la imaginación de quien se asoma a sus páginas un mundo condenado y decadente, cruel y despiadado y, aun así, maravilloso; un marco idóneo para una romance nada convencional, en el que los personajes tendrán que cuestionarse su condición humana para sobrevivir. Una síntesis maravillosa de la dialéctica entre el paisaje interior y el paisaje exterior en la historia reciente del género. Subyugante y conmovedora: una obra capital de la ciencia ficción moderna. EL AUTOR George R.R. Martin nació en 1948 en Bayonne (Nueva Jersey, EE.UU.). Se licenció en periodismo en 1970 y publicó su primera novela, Muerte de la luz, en 1977. Tras una carrera deslumbrante como escritor de ciencia ficción, terror y fantasía, pasó a ejercer de asesor y guionista en series como En los límites de la realidad y La bella y la bestia, que lo mantuvieron diez años apartado del género. En la actualidad, Martin es uno de los autores de mayor éxito de Estados Unidos con la saga Canción de hielo y fuego, cuyos tres primeros títulos han sido galardonados con el premio Locus a la mejor novela de fantasía del año, y el cuarto, A Feast for Crows, vio la luz en inglés en el 2005. Más información sobre el autor PRESENTACIÓN La ciencia ficción llega muy rara vez a crear nuevas civilizaciones con tal detalle que incluso presente estructuras sociales realmente innovadoras. Sólo recuerdo dos casos en los que se llegan a concebir mentalidades tan diferentes que transmitan sentimientos que al principio de la lectura podrían parecer absurdos, pero que a lo largo de ella llegan a formar parte del lector. Uno de esos casos es «Amor es el plan, el plan es morir», el maravilloso relato de James Tiptree Jr. El otro es la novela que tienes en tus manos. Hay algo raro acerca de Muerte de la luz. Los aficionados a la ciencia ficción parecemos aceptar tácitamente que existe un error básico en el mundo de la literatura general, una extraña clase de ceguera que evita que «ahí fuera» se den cuenta de que «aquí dentro» hay grandes obras, de verdad entre las mejores de la literatura contemporánea. Curiosamente, la propia ciencia ficción, a su vez, castiga con esa misma ceguera a algunos de sus hijos más destacados. Muerte de la luz no está considerada como una obra relevante en ningún listado de esos que los anglosajones son tan aficionados a acumular. Sin embargo, su fama entre los aficionados españoles ha ido aumentando sin cesar desde su primera edición de los años setenta en Edhasa y la ha convertido en objeto de culto. Es la novela que los veteranos citan con admiración y los novicios buscan. Recuerdo que el escritor Juan Miguel Aguilera jugaba hace unos años a preguntar a quienes encontraba en las convenciones por sus cinco novelas favoritas de ciencia ficción, y la oscura e inencontrable Muerte de la luz aparecía con tanta frecuencia como títulos inevitables del estilo de Dune, Pórtico o Las estrellas, mi destino. Las razones son sencillas. Muerte de la luz presenta la quintaesencia de lo que es la ciencia ficción primigenia: lugares nuevos y maravillosos, aventura en estado puro, inventos fascinantes. Hay muy pocos space operas inteligentes como este en la historia del género, aventuras espaciales que no sean fáciles trasuntos de los esquemas de la novela del Oeste o de la de piratas al espacio, y sólo por ello la novela ya merecería la pena. Pero contiene algo más, algo característico de la ciencia ficción pero que esta utiliza muy pocas veces contra sí misma: capacidad de subversión. Martin hace girar la narración en torno a un personaje perdedor, el típico intelectual con pequeños fracasos vitales con el que intuye que un gran porcentaje de sus lectores se identificará fácilmente. Pero en lugar de utilizarlo como foco de la narración, lo transforma en un espectador reflexivo que debe aceptar algunas verdades acerca del mundo. Y sus errores, que forman parte decisiva de su evolución, lo harán superar con mucho ese rol inicial. De la misma forma, todos los personajes que aparecen en esta novela, absolutamente todos, son mucho más de lo que parecen inicialmente. Especialmente gracias a sus sentimientos, esos sentimientos extraños pero progresivamente cercanos que vamos descubriendo en ellos. Quizá el momento más revelador de la novela es aquel en el que el personaje que, dadas las circunstancias, se erige como el mayor antagonista le dice a Dirk t’Larien: «Usted no lo entiende, pero me cae simpático». Y es verdad. Ni siquiera la historia de amor es lo que parece: es mucho más hermosa. Al margen de esa subversión, hay a la vez una reivindicación de valores desafortunadamente olvidados, que como en toda buena novela de aventuras cobran de nuevo textura real. El honor, por ejemplo, o la importancia de la palabra dada son aquí algo más que conceptos antiguos: forman parte del paisaje, tienen textura de realidad, y la traición no es simplemente incumplimiento, sino una prueba trágica de debilidad personal. Y todo ello, todos esos sentimientos encendidos, esas causas más grandes que la propia vida, se desarrollan en un marco inolvidable: un planeta en decadencia, abandonado tras haber albergado una fiesta más allá de lo que quepa imaginar, repleto de rincones en los que la luz crepuscular da lugar a un triste festín de los sentidos, rota por el salvaje instinto de la caza, el olor de la sangre y la muerte. Martin ha seguido con su labor de demolición para presentar una historia de vampiros completamente distinta a las demás en Sueño del Fevre y dar la vuelta a los tópicos de la fantasía en Canción de hielo y fuego. No es un escritor conformista. No sólo por sus temas, sino porque sus palabras son de las que le redescubren a uno la maravilla, tantas veces olvidada por nuestra mediocre cotidianidad, que se esconde en la vida. Estoy seguro de que leyendo esta novela evocaréis muchos momentos dolorosos. Pero cuando terminéis, miraréis con una sonrisa a vuestro alrededor, os perdonaréis por esos errores y querréis disfrutar un poco más de las posibilidades de lo que nos rodea luchando de nuevo. Os será difícil conformaros sin un poco más de aventura cada día. Julián Díez
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