ARKADI Y BORÍS STRUGATSKI
DESTINOS TRUNCADOS Una de las obras cumbre de los maestros de la ciencia ficción rusa
El retrato tierno y descarnado Un centro de investigación moscovita ha desarrollado el prototipo de una máquina capaz de evaluar la calidad y comercialidad de los textos literarios. Los responsables del centro piden a diversos escritores que les lleven un texto inédito para evaluarlo. Cuando Félix Sorokin, un escritor mediocre y ya maduro, hace entrega de uno de sus manuscritos, se ve abocado a una espiral de sucesos que lo enfrentarán a todos sus demonios personales. Destinos truncados ahonda en las constantes expuestas por los Strugatski en buena parte de su obra: el absurdo del sistema burocrático, el miedo a todo lo nuevo y extraño y una clara apuesta por el progreso del hombre a través del conocimiento. Su estilo, deudor de autores como Bulgákov, Zamiatin, Maiakovski y Pilniak, constituye un gozo para quien se adentre entre sus páginas.
Evocadora y desasosegante, una lúcida crítica de las contradicciones humanas. Félix Sorokin vive solo en Moscú, escribiendo novelas de encargo mientras su vida se diluye en la mediocridad. En sus frecuentes visitas al club de escritores, donde comparte vodka con colegas de talento dispar, se percata de que es el único que aún no ha cumplido con el encargo de llevar un texto inédito al Instituto de la calle Bánnaia. Allí los científicos evalúan un prototipo de máquina que mide la calidad y futuro éxito de textos literarios. Sorokin no se decide a entregar una antigua historia inconclusa sobre un joven escritor de una ciudad desconocida donde nunca llueve y donde suceden hechos extraños. Entre ambas vidas, la de Sorokin y su álter ego literario, existe un lazo que va más allá del mero apunte autobiográfico. Los hermanos Arkadi y Borís Strugatski rubricaron en equipo algunos de los títulos más importantes de la ciencia ficción, no sólo soviética, sino universal. Cabe destacar dos aspectos de Destinos truncados que son constantes en la extensa bibliografía de los Strugatski: la unión del rigor científico con un estilo depurado y evocador, digno heredero de la extensa y rica literatura rusa; y el homenaje que se rinde a la novela de aventuras y de ciencia ficción anglosajona, que supieron asimilar en su propia obra aportando una visión humanista y vital arrebatadora. La reivindicación de dos autores fundamentales en la historia de la ciencia ficción. LOS AUTORES Arkadi Strugatski nació en Georgia en 1925, mientras que su hermano Borís Strugatski vio la luz en Leningrado en 1931. La práctica totalidad de su obra la escribieron a cuatro manos, aunando los amplios conocimientos lingüísticos y literarios de Arkadi, traductor de japonés e inglés, con la sólida formación científica de Borís, astrónomo. Su obra conjuga la rica tradición literaria rusa, un humanismo que se revela aun a través de las argucias usadas para sortear la censura soviética, y su amor por los autores clásicos de la novela de aventuras y de ciencia ficción. Arkadi falleció en 1991; Borís reside actualmente en San Petersburgo (Rusia). Más información sobre los autores PRESENTACIÓN Ponemos en manos del lector una novela de Arkadi y Borís Strugatski nunca antes traducida al castellano: Destinos truncados. Es una obra de complicada gestación, escrita y publicada en dos partes por separado y que sólo apareció, en el formato en que aquí se presenta, en el año 1989, hacia el final de la perestroika. La novela está estructurada en dos relatos independientes, que los críticos y estudiosos de la obra de estos dos grandes de la ciencia ficción denominan relato «interno» y relato «externo». El relato «interno» fue escrito en 1967, con el título de “Los cisnes feos”, el mismo del capítulo octavo de la presente edición. Tuvieron que transcurrir varios lustros para que los autores se decidieran a reunir las dos tramas en una sola. El relato «externo» nos lleva al mundo intelectual soviético de los años sesenta y setenta, en la época del estancamiento brezhneviano, preludio de la caída ineludible del gran experimento social que constituyó la URSS durante más de siete décadas. La existencia comedida y cuidadosa del escritor Félix Sorokin, cuya biografía no difiere significativamente de la de la mayoría aplastante de su generación, transcurre entre el absurdo y la mediocridad, entre chispazos de talento y rebeldías mínimas que siempre terminan aceptando los caprichos del poder y las modas sociales en boga. Quienes rodean a Sorokin y se sientan a su mesa en el club de los escritores, comparten las delicias gastronómicas del momento y beben vodka con él, constituyen un muestrario convincente de la fauna literaria de aquella época. Los pequeños conflictos y las grandes miserias que atenazan a los personajes, algunos de ellos gente de gran talento, están reflejados con precisión y sin piedad. Igualmente, la soledad voluntaria del protagonista, la amargura que marca sus recuerdos, la resignada comprensión de que lo mejor de su obra se daría a conocer después de su muerte, fueron durante décadas rasgos distintivos de los que, sin buscar el enfrentamiento, elegían el exilio interior como forma de disensión. El relato «externo» discurre casi hasta el final por un camino realista, ajeno a cualquier intromisión de la fantasía. Los elementos fantásticos pertenecen a la otra mitad de la novela, al relato «interno», cuyos hechos tienen lugar en una extraña ciudad, sumida siempre en la lluvia, donde el escritor Bánev, álter ego de Sorokin pero con menos años y más furia en el cuerpo, hunde su perplejidad, su inconsistencia y su desprecio ante la realidad en ingentes cantidades de alcohol. Ese relato «interno» es el contenido de la Carpeta Azul, la que Sorokin esconde con cuidado y revisa sólo en momentos de inspiración. Es la obra que ha de concluir si quiere que su vida signifique algo. Al menos, eso le asegura Mijaíl Afanásievich, el misterioso operador de Metales, la máquina que mide el talento literario y cuyo origen parece perderse en el tiempo. “Los cisnes feos”, el relato «interno», reúne en sus páginas los conceptos filosóficos centrales que contiene la obra de los Strugatski, los mismos que motivaron la feroz campaña de hostilidad lanzada contra ellos por grupos fundamentalistas dentro de la renacida Iglesia ortodoxa rusa entre 1985 y 1992, y a la que no fue ajeno el tenaz antisemitismo ruso. La ciudad en la que nunca escampa es escenario de un cambio trascendental que nadie se atreve a predecir adónde llevará. Bánev, la bella Diana y el doctor Gólem ven un mundo que se derrumba en torno a ellos y contemplan el espectáculo con agrado, participando de una u otra forma en un proceso que presumiblemente los destruirá a ellos mismos, pues en la nueva realidad no parecen tener sitio. ¿Qué los mueve? Quizá un deseo de justicia, o el hastío ante una realidad contradictoria, incapaz de avanzar o transformarse. Los niños, los adolescentes, son los abanderados de lo nuevo, de eso que nace bajo el cuidado solícito de los «leprosos», extraños enfermos que mueren cuando se les aparta del conocimiento. Oscuros personajes recorren la trama. Desde los matones de Flamin Yuventa hasta los servicios especiales, encarnados en Pavor Summan. Otras fuerzas intentan mantenerse al margen o, al menos, no impedir lo que consideran que podrán manipular. Bánev se mueve entre todos ellos, hablando con los niños iluminados e implacables, dándose puñetazos con los mamporreros, haciendo que los servidores del poder se enfrenten entre sí. Pero nadie comprende el significado de ese nuevo mundo, que para reafirmarse no necesita ni siquiera aniquilar el antiguo, condenado a perecer por sus propias e insalvables contradicciones. Y es precisamente la idea de que la salvación de la especie humana, balbuceante y absurda, sólo podrá surgir de ella misma, sin intervención de fuerzas sobrenaturales o deidades todopoderosas, la afirmación de que sólo el conocimiento (no el dogma del signo que sea) es la semilla capaz de engendrar esa salvación, lo que situó a los Strugatski en el punto de mira del fundamentalismo religioso ruso finisecular. Pero este, al igual que décadas antes los guardianes de la pureza ideológica en nombre del partido único, se vio obligado a callar. Porque es verdad que un libro nunca es más fuerte que un acto de represión. Pero éstos se olvidan y la belleza del relato, del poema, permanece. Y en eso reside la grandeza de la buena literatura. Justo E. Vasco
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