RICHARD CALDER
CHICAS MUERTAS
La obra más polémica Un retrato mórbido del futuro que nos acecha En el siglo XXI, una enfermedad nanovírica transforma a las jóvenes prepúberes en una especie de muñecas ávidas de sexo, mitad humanas y mitad ginoides. Ignatz Zwakh, un adolescente enamorado de una de estas «chicas muertas», huye con ella de Inglaterra con destino a los suburbios de Bangkok en un periplo en el que la inocencia de ambos es la primera víctima. Chicas muertas supuso la tarjeta de presentación de Richard Calder, una obra que revela a un autor de estilo embriagador cuya imaginación desbordante es capaz de enamorar, impactar y escandalizar a partes iguales. Calder despliega en esta primera novela sus mejores armas a lo largo de una trama hipnótica y una sucesión de escenarios inquietantes.
Si amarla fuese delito, ¿quién no huiría con la bella ninfa de suave piel de plástico? Un nanovirus de transmisión sexual que infecta el cromosoma X provoca que las muchachas nacidas con el genoma modificado sufran profundos cambios. Su piel se polimeriza y desarrollan un apetito sexual insaciable, irresistiblemente seductor para todos aquellos que necesitan desatar su lujuria extrema. A las aquejadas de este mal se las conoce como chicas muertas. Una de ellas, Primavera, escapa con un compañero de escuela, Ignatz Zwakh, de un Londres convertido en un gueto de refugiados y familias de chicas muertas. Iggy está locamente enamorado de Primavera, a la par que «enganchado» a la voraz sexualidad de la joven, mientras que ella lo necesita para sobrevivir en un mundo desquiciado. Chicas muertas es la primera novela de Richard Calder, la más osada y quizá la más personal de este autor atractivo y delirante. Retrata un futuro cercano en el que el egoísmo y la incomunicación generan nuevas necesidades, satisfechas mediante la producción de seres artificiales o la manipulación de seres humanos para dar híbridos que permitan dar rienda suelta a cualquier tipo de deseo latente. Erótica, mórbida y alucinante, Chicas muertas dio paso a una trilogía que Calder completó con Dead Boys y Dead Things. Sugerente, atrevida y provocadora, una obra para disfrutar con todos los sentidos. EL AUTOR Richard Calder nació en Londres en 1956. Después de trabajar en una emisora independiente de televisión y para el departamento de prensa de la embajada estadounidense, trasladó su residencia a Tailandia. Su primera novela, Chicas muertas, apareció en 1992 y causó un verdadero revuelo en el género; desde entonces viene desarrollando una de las obras más personales de las letras inglesas, destacando por su estilo barroco y personajes inmersos en entornos donde la moral se desestima en aras de la supervivencia. Tras unos años en las Filipinas, ha vuelto a su antiguo Este, el East End londinense. Más información sobre el autor PRESENTACIÓN El arrollador debut como novelista de Richard Calder con Chicas muertas, ya presagiado por la aparición en Interzone de cuentos tan inolvidables como «Mosquito» (en Gigamesh 36), ofrece una peculiaridad realmente notable dentro de lo que es habitual en el género porque se aplica con una devastadora eficacia a la labor de hacer saltar por los aires la convención básica de sus mecanismos narrativos. A primera vista, la patética huida envuelta en peripecias sangrientas de los dos jóvenes enamorados acosados por las potencias hostiles del mundo adulto que son Ignatz y Primavera es, meramente, el prolegómeno inevitable de un recorrido enmarcado dentro del bildungsroman en el que los protagonistas irán cubriendo etapas hacia la edad adulta y el conocimiento del universo que los rodea para, tras haber superado uno tras otro todos los obstáculos de rigor y mostrado a la mirada del lector los aspectos más vistosos de la teratología dentro de la cual se mueven, recalar finalmente en la solución que metamorfoseará los aspectos más claramente ofensivos y equivocados de cuanto había estado tratando de hacerles la vida imposible, indigna y/o inasequible. Es, evidentemente, una remodelación del viaje más allá del horizonte de sucesos, la búsqueda de la singularidad oculta en el centro del cosmos o la caza del arma irresistiblemente efectiva que permitirá hacerse con el control de la situación. Es, de manera igualmente evidente a la que uno lee la novela de Calder con los ojos mínimamente abiertos, una mera cortina de humo protector detrás de la que se alza un dictamen mucho más oscuro y deprimente del derrotero por el que se mueve el mundo real, transfigurado en Chicas muertas en una Europa sumida en la decadencia que malvive de pasados esplendores decorativos mientras aplasta implacablemente las escasas reservas de marginación juvenil que todavía agonizan dentro de su seno. Porque lo que hace de Chicas muertas una lectura inquietante y conmovedora es, todavía más que la extraña sinceridad con la que plasma ese lugar común de los dos jóvenes amantes acosados, la perspicaz radiografía del mal de la época que acosa al mundo real fuera de su marco literario: la trascendencia ha desaparecido después de ser minuciosamente analizada, diseccionada y deconstruida, y los únicos móviles que siguen estando al alcance de la mente europea son los bajísimos y viles afanes de la pasarela de modelos, la haute couture y el vacío recubierto de complicados engranajes tachonados de joyas. Eso es lo que define y caracteriza la triste silueta oscura del doctor Toxicófilo, el explorador del corazón cuántico y las posibilidades del cambio inmotivado e incontenible que trajo a Europa la plaga de las muñecas porque, harto de dedicar su incalculable talento a una meta demasiado próxima, le dio abruptamente la espalda y volvió su mirada hacia las historias oscuras, las fantasías y delirantes imaginaciones de los escritores decadentes y los cuentos de hadas negras presididos por la ominosa evanescencia de Titania, la Reina de las Muñecas. La puerta del consuelo radicado en un Más Allá quizá inalcanzable, pero aun así digno de ser, ya que no perseguido, al menos sí contemplado, ha sido cerrada por los implacables mecanismos empresariales de la búsqueda del beneficio, y el doctor Toxicófilo, después de mucho debatirse a la caza de alguna solución, terminará descubriendo —y, de paso, revelándonos a quienes asistimos a su apático soliloquio— que no existe más puerta accesible que la del espejismo de sus muñecas condenadas a consumirse rápidamente en el cumplimiento de su misión. El espejismo, por lo menos, dará a luz las dos estampas del martirologio que son Ignatz y Primavera, y les permitirá precipitarse hacia una loca huida saturada de disparos, revelaciones de infierno turístico y análisis de un Oriente completamente desnaturalizado. El estremecedor y bellísimo final de la novela lo deja muy claro: la huida, por su misma naturaleza, termina llegando a su agotamiento cuando se hace evidente que no hay adónde huir, y entonces ya sólo queda el lamento agónico del enamorado que se ve obligado a decir adiós a sus últimos sueños y esperanzas. Calder lo dejó muy claro en Chicas muertas, y el desarrollo posterior de su brillante carrera ha venido a confirmarlo una y otra vez: después de la ¿definitiva? muerte de la trascendencia dentro del género, ya no hay salida posible. Albert Solé
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