JOHN BRUNNER
EL JINETE DE LA ONDA DEL SHOCK

La novela seminal del ciberpunk y la obra cumbre de la ciencia ficción sociológica

Un escritor visionario que, desde el pasado, nos ayuda a comprender el presente.

En un futuro en el que la datarred está monitorizada y los ciudadanos no tienen derecho a la intimidad, rebelarse está al alcance de muy pocos. Nick Haflinger, fugitivo del centro de adiestramiento gubernamental de Tarnover, programador experto y mago de la impostura, ha conseguido evadir al sistema durante años. Hasta que comete un error... y se enfrenta a un interrogatorio neurológico que amenaza con desvelar todos sus secretos.

Si ha habido alguien que supo entender, a la vista de los primeros síntomas, qué nos deparaba el futuro, ese alguien fue John Brunner (1934-1995). Y si ha habido un libro que supo retratar cómo somos y cómo nos sentimos ahora, ese libro es El jinete de la onda del shock (1975), la novela de ciencia ficción que logró dejar de serlo.

«Un futuro tan vívido que todavía me inquieta.»

Alvin Toffler


Si te dicen «en la red eres libre», los cables serán cadenas, y tus datos, los eslabones.

Nick Haflinger lo sabe... y por eso lleva años eludiendo el control del gobierno, cambiando de identidad en la datarred. Pero el azar lo enfrenta a una perversión del sistema, y comete un error. Una vez capturado, lo someten a una investigación que es a partes iguales recreación neurológica e interrogatorio tradicional. Sabe que le será imposible ocultar la verdad sobre sus acciones, sus objetivos, sus amistades y sobre Precipicio, una zona de exclusión desconectada de la datarred y fuera de la jurisdicción federal, donde tiene depositadas las esperanzas de un nuevo sistema que acabe con la manipulación del estado y haga del modo de vida conectado una opción viable para el progreso.

Publicada originalmente en 1975, el paso de los años ha convertido El jinete de la onda del shock en una de las novelas más proféticas e incisivas de la historia del género. John Brunner, el maestro de la ciencia ficción sociológica, se inspiró en El shock del futuro (1970), de Alvin Toffler, y predijo, entre otras cosas, una red de comunicaciones muy parecida a Internet y la proliferación de los virus y gusanos informáticos, al tiempo que componía una radiografía precisa de un futuro al que parecemos cada vez más abocados. Una verdadera obra maestra de un autor comprometido que dota a su ficción de una potencia hipnótica y vertiginosa.

Internet, la saturación informativa y su control, previstos con inusitada lucidez.


EL AUTOR

John Brunner (1934–1995) nació en 1963 en Preston Crowmarsh (Inglaterra). Fue un escritor prolífico, que durante la década de 1950 se especializó en space opera para, posteriormente, despuntar como uno de los autores de ciencia ficción más innovadores y destacados de la New Wave. Su Trilogía del Desastre (Todos sobre Zanzíbar, Órbita inestable y El rebaño ciego), un fresco estremecedor sobre el futuro cercano, y la ulterior El jinete de la onda del shock están consideradas conjuntamente como uno de los grandes logros de la ciencia ficción moderna. Falleció de un infarto en 1995, durante la WorldCon de Glasgow.


PRESENTACIÓN

Cuando en 1975, John Brunner presentaba al mundo El jinete de la onda del shock, la civilización occidental se enfrentaba a una pavorosa crisis moral, económica, política y social al haber pasado en solo unos años de la esperanza revolucionaria a la depresión más absoluta, circunstancia bien aderezada con los turbios asesinatos de grandes figuras de la década anterior, la decepción ya evidente del «paraíso socialista» del Bloque del Este, las masacres de Vietnam y Oriente Próximo, los escándalos políticos (Watergate, 1974) y el nacimiento de una conciencia ecológica que auguraba una rápida caída al desastre. Y todo ello bajo un constante y omnipresente rumor: el latido de más de cinco mil cabezas nucleares acomodadas en sus silos con calefacción central, repartidas entre tres continentes, a solo un botón de distancia del Apocalipsis. Hay quien se pregunta el porqué del auge de las drogas más destructivas en los setenta; yo diría que el verdadero fenómeno fue que hubiera gente capaz de aguantar aquello consciente.

Evidentemente, la ciencia ficción no podía quedarse al margen de lo que estaba ocurriendo, o mejor dicho, de adónde podía llevarnos. De hecho, el género llevaba años dedicado a presentar futuros cada vez más pesimistas, a medida que los escritores de la llamada Nueva Ola incorporaban las tendencias de un mundo que no tenía grandes incentivos para la confianza. Y si las perspectivas de futuro no eran excesivamente alegres en muchos autores de la Edad de Oro, la influencia de los acontecimientos cotidianos en la nueva generación de escritores no producía precisamente ideas alegres. Sociedades asfixiantes, entornos contaminados, una depreciación creciente del positivismo científico, superpoblación, manipulación social, desconfianza hacia el poder… Los nuevos futuros oscuros empezaron a competir con el desastre nuclear.

Y esos futuros oscuros calaron en la sociedad más allá de la literatura. Los más evidentes, en forma de constructoras de refugios nucleares para viviendas y otros tipos de edificios. Otra fue la formación de sociedades de pirados atrincheradas en zonas aisladas, grupos armados hasta los dientes que hacían acopio de agua y gasolina a la espera (casi con la esperanza, se diría) de que una hambruna repentina, una pandemia artifical o el exceso de políticas de ayuda social (en opinión de los chalados republicanos y de Leigh Brackett) acabara con todo de una vez.

Resulta curioso que, con el ritmo de los acontecimientos, muy poca gente creyera posible el futuro de Brunner. O quizá fuera de esperar que especialistas y escritores de la época encontraran hostil y extraño un lenguaje con terminales, redes, gusanos, cifrados y volcados de datos. Una vez más, la corriente principal de la ciencia ficción había pasado de la complejidad tecnológica a la psicológica sin prestar atención a la realidad cotidiana. Absortos en la representación de la soledad del hombre del mañana, pocos autores se rebajaban a considerar si dicho hombre seguiría tirando de la cadena del baño, si llevaría bolsillos para monedas o si aún depositaría su voto en una urna aunque todo estuviera ya decidido de antemano, sencillamente porque la gente necesita conservar ciertos gestos.

Brunner, en un pasmoso ejercicio de deducción, tomó las posibilidades abiertas por los primeros ordenadores personales en los albores de la informatización de la telefonía, la importancia pujante de las transmisiones electrónicas en los recursos bancarios y financieros... y las colocó en el día a día, sopesando las consecuencias reales en la vida cotidiana. Establecido el nuevo entorno, reflexionó sobre cómo esas nuevas condiciones transformarían los hábitos y la economía, del mismo modo que el ferrocarril o el teléfono lo habían hecho sin que nadie se diera cuenta.

¿Cuáles serían las consecuencias políticas y económicas? ¿Cómo gestionarían los poderes tradicionales un mundo nuevo y cambiante en el que ya no resultaría tan sencillo ejercer el control por los viejos métodos, pero con nuevos métodos aterradoramente eficaces a cambio? Brunner nos sorprende con preguntas como adónde pueden llevarnos las exigencias del nuevo capitalismo, qué pasa con la democracia representativa cuando las empresas esgrimen la movilidad laboral como uno de los pilares del desarrollo económico o en qué queda nuestro poder de decisión cuando las corporaciones financieras son capaces de manejar las crisis económicas como una herramienta más, una red lanzada al océano a la pesca de pingües beneficios mientras mareas humanas vagan por el mundo en busca de nuevos trabajos, cual temporeros de una cosecha económica que el capital planta aquí y allá, impidiendo que arraiguen, obligando a la sociedad a bailar a su son permanentemente.

En el libro que nos ocupa, la ficción especulativa va mucho más allá de sus posibilidades. Como Casandra, la princesa troyana de quien nos hablaba el viejo poeta griego, Brunner afrontó la maldición de haber visto el futuro sin que casi nadie se tomara en serio sus predicciones. Y a la luz de la sociedad actual, hipnotizada por el brillo de una TDTinmunda, con un capitalismo desatado y lleno de nuevos y viejos trucos, una masa social desmovilizada, una clase trabajadora convertida al credo de su propia explotación, una clase política hundida en la corrupción más abyecta y un atontamiento general que deja en pañales el consumo de drogas de los setenta, cabría desear que El jinete no hubiera sido el futuro adivinado, y que cualquier otro de los negros porvenires, incluso el postatómico, hubiera resultado cierto.

Confiemos, en todo caso, en que mientras exista una idea independiente y crítica existirá cierta esperanza. Quizá aún estemos a tiempo de inocularnos la vacuna: Leamos a Brunner.

Javier Cuevas


Ficha técnica:
John Brunner, El jinete de la onda del shock (The Shockwave Rider, 1975)
Gigamesh Ficción, núm. 47
Colección dirigida por Alejo Cuervo
Traducción de Antonio Rivas
Nihil obstat de Natalia Cervera
Presentación de Javier Cuevas
Ilustración de portada de Alejandro Terán
ISBN 978-84-96208-85-8
P.V.P. 20,00 €
331 págs.