GEORGE R.R. MARTIN
DANZA DE DRAGONES

Canción de hielo y fuego: Libro quinto

La novela río más espectacular jamás escrita

Daenerys Targaryen intenta mitigar el rastro de sangre y fuego que dejó en las Ciudades Libres al erradicar la esclavitud en Meereen. Mientras, un enano parricida, un príncipe de incógnito, un capitán implacable y un enigmático caballero acuden a la llamada de los dragones desde el otro lado del mar Angosto, ajenos al peligro que se cierne sobre el Norte, y que solo las menguadas huestes de uno de los reyes en discordia y la Guardia de la Noche se aprestan a afrontar.

George R.R. Martin sigue añadiendo sutiles e intrincadas tramas a su impresionante retablo de intrigas y pasiones, y sumando admiradores incondicionales. Rebasa las barreras de los géneros como si nunca hubieran existido: Danza de dragones marca su consagración definitiva entre los más grandes creadores de la historia de la literatura, más allá de cualquier distinciónde etiquetas.

«Tolkien ha muerto. Larga vida a George Martin.»

Dana Jennings, The New York Times


El preludio de una danza de dragones que regresa, después de siglos, a los Siete Reinos.

Tras un largo e infructuoso peregrinaje por las Ciudades Libres para recabar recursos que le permitan reclamar el Trono de Hierro, Daenerys de la Tormenta decide asentarse en Meereen y gobernar la ciudad. Pero esa labor tampoco está exenta de peligros: sus enemigos proliferan, y en los Siete Reinos se tejen redes de conspiraciones de variada índole, todas atraídas por el inmenso poder que le confieren sus dragones. Mientras tanto, en el Norte, asolado tras la guerra y abandonado a los salvajes que han logrado cruzar el Muro, Jon Nieve se ve obligado a ejercer una delicada diplomacia para preservar la vigilia de la Guardia de la Noche frente a la amenaza que se aproxima implacable y ominosa hacia Poniente.

George R. R. Martin demuestra de nuevo su genio narrativo al retomar personajes y tramas e hilvanar con todos estos elementos una entrega que, pese a su tremenda complejidad, no decae un ápice en interés ni intensidad. Danza de dragones jalona hasta el momento una saga que, gracias a su impecable adaptación televisiva, pero sustentada en todo momento por sus propios méritos, ha logrado trascender las barreras de los géneros y se ha convertido en un fenómeno mundial y en una de las obras de referencia de la literatura contemporánea. Mientra el trono de Poniente sigue en el aire, Martin se ha erigido ya en soberano indiscutido de verdaderas huestes de lectores de toda ralea.

Una saga que está cautivando, a fuerza de tesón y talento, a toda una generación.


EL AUTOR

George R.R. Martin nació en 1948 en Bayonne (Nueva Jersey, EE.UU.). Se licenció en periodismo en 1970 y publicó su primera novela, Muerte de la luz, en 1977. Tras una carrera deslumbrante como escritor de ciencia ficción, terror y fantasía, pasó a ejercer de asesor y guionista en series como En los límites de la realidad y La bella y la bestia, que lo mantuvieron diez años apartado del género. En la actualidad, Martin es uno de los autores de mayor éxito de Estados Unidos con esta Canción de hielo y fuego cuyas sucesivas entregas le han granjeado un puesto de honor en la historia de la literatura fantástica.

Más información sobre el autor


PRESENTACIÓN

A la hora de aconsejar lecturas de género a amigos que no frecuentan estos territorios, siempre he sido prudente con el grosor del lomo y cuidadoso a la hora de elegir obras capaces de suscitar interés. Por ejemplo, la novela que más veces he regalado, Las estrellas, mi destino, de Alfred Bester, es un libro más bien fino cuyo prólogo, resumido a viva voz, consigue despertar la curiosidad del lector ajeno a la ciencia ficción en seis minutos. Probadlo, os juro que funciona. Sin embargo, Canción de hielo y fuego, a priori, lo tenía más bien crudo. ¿Cómo le justifico a mi amiga que, tras el último Houllebecq, debería abordar el primer tomo de una saga inacabada, repleta de intrigas y batallas? Y si pregunta si hay dragones, ¿qué le digo? Pero un nuevo argumento vino a echarme una mano: «Además, parece que va a ser la nueva serie estrella de la HBO».

Danza de dragones es la primera entrega que se publica tras la eclosión del fenómeno mediático, que ha impulsado la popularidad de la obra de George R.R. Martin a cotas raras veces vistas en la literatura «adulta». Para los fans con trayectoria, la serie nos permitía reencontrarnos con la saga en un formato que no le era del todo ajeno (Canción de hielo y fuego ya nació con vocación de culebrón superevolucionado), y con marchamo de calidad. También nos brindaba la posibilidad de compartir el relato con aquellos a los que no les conseguimos enchufar el ladrillo de seiscientas y pico páginas. De disfrutar, con una mezcla de envidia y sadismo, de los golpes de efectos a través de los ojos de una nueva generación de seguidores; del rostro desencajado de los lectores de Houllebecq en cierto momento del noveno capítulo de la primera temporada... Por supuesto, hablo de la ejecución de Ned Stark: el impensable descabezamiento del cásting de la serie, el asesinato del personaje encarnado por la estrella de mayor renombre. En un instante, la serie se quedaba huérfana de líder dramático (y, de paso, un tercio de los protagonistas, de padre). Para los recién llegados, la ejecución del pobre Ned fue como ver a MacGyver saltar en mil pedazos o a Homer Simpson fallecer de paro cardíaco.

En escasos minutos, los foros de Internet se incendiaron con un curioso enfrentamiento entre los espectadores sorprendidos y los lectores veteranos, cuya única duda era ver cuánta distancia rodaría la cabeza. Los primeros exclamaban que la serie se había disparado en el pie, que la muerte del personaje central resultaba irracional y hasta ofensiva; los segundos, con varios miles de páginas a sus espaldas, defendían la ejecución como parte del legado irrenunciable de la saga. Como en las novelas de Martin, todos, a su manera, tenían razón. La muerte de Ned Stark es a la vez un atentado contra el espectador/lector y un excitante punto de no retorno para una ficción que empezaba a diseminarse en direcciones inquietantes...

Pero ¿por qué tomó este camino el autor?

En el capítulo vigésimocuarto de Tormenta de espadas, a petición de un aburrido Bran, la joven Meera narra la historia del Caballero del Árbol Sonriente, un relato dentro del gran relato de la saga. Mientras se va desgranando el cuento, una pequeña trama de superación y venganza, Bran y los demás oyentes no ocultan su excitación. El pequeño interrumpe una y otra vez, adelantándose a los hechos, y entendemos que, en su cabeza, alimentada por cientos de narraciones similares, el cuento ya existe en lo esencial, lo que no le quita el placer de escucharlo de viva voz.

Pero el desenlace, aun satisfactorio, descoloca al niño. El Caballero del Árbol Sonriente triunfa, pero se trata de una victoria parcial, anticlimática. Los villanos acaban siendo castigados, pero no con la rotundidad esperada. Quedan preguntas por contestar, emociones que gratificar. Es un final que se diluye, sin estridencias, en una rara verosimilitud que nadie esperaba. Bran reconoce que el relato está bien, pero replica cómo debería haber terminado. O sea, cómo hubiese encajado al cien por cien con el arquetipo que ya habitaba de antemano en su imaginación.

George R.R. Martin demuestra con Juego de tronos el dominio absoluto de ese complejo equilibrio entre la necesidad de satisfacer las expectativas del lector y la de frustrarlas. Entre llevar a cabo los rituales que el lector, consciente o inconscientemente, presupone, y hundir sus previsiones al servicio de algo que deviene, al mismo tiempo, sorpresa y frustración. Se trata de una tensión con la que tiene que lidiar cualquier narrador, pero que alcanza cualidades de ciencia imposible si se somete al público masivo de una franquicia de éxito internacional. Y añadamos a todo eso las excepcionales circunstancias actuales, que convierten a los fans en un grupo de presión al que no costaría imaginar levantándose en armas contra Dios si George R.R. Martin falleciese antes de terminar su Canción de hielo y fuego.

Ante nosotros, por fin, se abre Danza de dragones, un nuevo tramo en este complejo sendero en el que nuestras expectativas y sospechas, nuestras empatías y odios serán manipulados a conciencia por un escritor consagrado a un relato que, como Bran, conscientemente o no, estaremos adelantando en nuestra cabeza. Podría añadir más, pero tengo la sensación de que, a estas alturas del prólogo, es inútil. Imagino que pocos lectores se han parado en estas líneas antes de abalanzarse sobre el primer capítulo. De esos pocos, imagino que ninguno ha conseguido dominar su impaciencia y alcanzar este párrafo. Sospecho que en estos momentos no estoy escribiendo para nadie y que podría entenderse que este prólogo, antes de concluir, ha muerto, víctima de un justificable desinterés. Y es un honor: ¡La primera muerte de Danza de dragones! ¿Qué otra cosa cabía esperar?

Nacho Vigalondo


Ficha técnica:
George R.R. Martin, Danza de dragones (A Dance with Dragons, 2011)
Gigamesh Ficción, núm. 49
Colección dirigida por Alejo Cuervo
Traducción de Cristina Macía
Nihil obstat de Eva Feuerstein
Presentación de Nacho Vigalondo
Ilustración de portada de Enrique Corominas
ISBN 978-84-96208-95-7
P.V.P. 38,00 €
616 págs. (Tomo I) y 608 págs. (Tomo II)